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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
The Passenger
Por América Pacheco
15 de septiembre, 2011
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Para Diana y Jis. Para Ana Laura y Karla . . .
porque viven un año más.

Feliz cumpleaños, canallitas.

 

“I am the passenger/And I ride and I ride/I ride through the city’s backsides
I see the stars come out of the sky/Yeah the bright and hollow sky
You know it looks so good tonight . . .”

Iggy Pop – The Passenger-

Si alguien me pidiera autodefinirme en un escueto vocablo, podría afirmar con soltura que me considero un pasajero. Así, a secas.  Soy una mujer que ama con toda su alma viajar, pero que en contraste, detesta con todas sus vísceras volar. Y no exagero. El despegue, el trayecto y aterrizaje de un avión, se traduce como mi fobia más grande y provoca reacciones en mi organismo bastante lamentables. Al momento de abordaje, comienzo a experimentar ese inconfundible cosquilleo que inicia de la punta de mis dedos con destino a la nuca. Este ingobernable temblor es producto del pánico más absoluto y no termina hasta que termina. Me invaden las alergias, los tics, la comezón, el malestar estomacal, las taquicardias y las ganas de llorar. Lo curioso, no es el padecimiento de esta fobia, ya que es compartida por muchísima gente -y que en tantas ocasiones rehúsan confesar- sino que muy a pesar de todo lo anterior, debo admitir que los aviones y los aeropuertos son unos de mis lugares favoritos en todo el mundo. Me resultan santuarios fascinantes. Los aeropuertos, las pistas de aterrizaje, los aviones y sus diminutas ventanas, son materia prima inagotable en la fábrica de historias y que dotan de cualidades narrativas únicas a cientos de miles de novelas, cuentos, poesías e incluso, a obras maestras de la cinematografía (Que nadie olvide Casablanca o Bitter Moon, por citar un par de ejemplos). En mi caso particular, los aeropuertos han sido protagonistas -de primera línea- más que simples escenarios en esta bizarra película que es mi vida. La metáfora de un arribo o de una partida, adquiere registros poéticos, trágicos, hilarantes o lastimosamente cómicos. Como una muy digna  representante del vergonzoso campo de la cursilería, reconozco mi debilidad por las historias que se tejen en su interior. El “adiós”, el “bienvenido”. El abrir de las puertas y mirar el rostro de quien te espera. O buscar a tu alrededor y darte cuenta que nadie llegó. Que nadie te acompañará. La postal de que existe alguien abajo esperando que desciendas del cielo. El hasta nunca. La ambigüedad del “hasta pronto”.


Permítanme que les regale estas breves postales.

Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Mis padres, mis hijos, mi mascota y la Fabulosa Hija de Perra, me acompañaron a la Terminal 2 para cerciorarse que esta muñeca llegara de pie hasta el acceso L1 de vuelos internacionales. Llevaba tres semanas con una alergia que al principio confundí con acné. Me gasté el equivalente a una beca en artes plásticas en la Sorbona, en un maldito tratamiento facial que resultó ser tan eficaz como las gestas heroicas de Juan Charrasqueado. Mi rostro de cacahuate garapiñado se evaporó en cuanto pude bajar del avión después de 12 horas tortuosas. Nunca nadie había sido testigo de la transformación facial más impactante desde los tiempos inmemorables del Guapo Ben. Lo juro ante notario público.

Aeropuerto Internacional de Orly. Lo busqué por todos los pasillos, no pude encontrarlo, no contestaba su teléfono. Después de una hora entendí que no llegaría.  Decidí no documentar mi maleta para ingresar a la sala de espera cuanto antes porque mis lágrimas saldrían en cualquier momento. Hice fila atrás de una impresionante mujer Senegalesa, aunque casi era una anciana. Ella intentaba convencer al oficial de aduana que dejara pasar un sospechoso frasco que contenía un viscoso menjurje que guardaba el mismo aspecto que la mermelada de tamarindo (si es que algo así existe). Miré con enfado a la necia mujer que no paraba de suplicar en jergonanza inentendible (el oficial de aduanas y yo jamás supimos si era la sopa de su madre, o el remedio para curar el cáncer) que le permitieran llevar consigo el frasco que abrazaba con fuerza contra su pecho, mientras tanto la fila crecía al infinito. Fue inútil. Sus ojos se nublaron cuando le fue arrebatado lo que tal vez era un tesoro y acabó al fondo del contenedor de basura. Yo era la siguiente. “Señorita, no puede ingresar al avión con esto” me dijo el apuesto francés señalando un estuche que encontró al interior de mi maleta. Me miró ligeramente asustado cuando no pude evitar reír a franca carcajada. Era el estuche de limpieza facial que costó el equivalente a una beca en la Sorbona y que encontró un digno final, al fondo del mismo contenedor de basura que la mermelada de tamarindo. Reí hasta ocupar mi lugar en el avión que me llevaba rumbo a Barcelona. Al ponerme los audífonos del ipod y descubrir que el “sufflé” había elegido “Sunrise” -pieza de piano compuesta por el pasajero que dejó el asiento vacío junto al mío-, me acordé de la mujer senegalesa y la insondable tristeza de su rostro. En ese momento, dejé de reír. Desvié mi mirada a la ventanilla para observar la hélice izquierda del avión. Los ojos que se nublaron en ese instante, fueron entonces los míos.

Aeropuerto Internacional Queztalcóatl (“aka” Aeropuerto de Nuevo Laredo). Misteriosas providencias me arrojaron a ese tugurio, una helada noche de diciembre. Eran casi las diez de la noche y no se veía un alma bendita en ese establo que se encuentra perdido en medio de la nada (porque no creo que los tres sujetos gigantes, con sombrero, botas vaqueras, armados y de gafas oscuras que rondaban el aeropuerto a esa hora, poseyeran algún tipo de alma. Además, podría asegurar que estos mozuelos no estaban esperando a su abuelita enferma o un cargamento con víveres a casa hogar). Después de una hora de espera y estando a punto de abrazar al catolicismo sin reservas y dedicar mi vida a la oración,  sonó el claxon. Era Gabriela, que al fin había llegado a recogerme.  No recuerdo haber sido tan ligera. Nunca corrí tan ágil con dos maletas.

Regresé a ese mismo aeropuerto tres días después de realizar algunas compras en Laredo, Texas. Esta ocasión no hubo rancheros malencarados viéndome con lujuria. En esta ocasión fui objeto de sospecha por parte de los policías de aduana. Al deslizar la más grande de mis maletas por los rayos X –que contenía todos los regalos de navidad para mi descendencia- se me detuvo con sequedad. El policía que miraba la pantalla, abrió sus ojos con incredulidad mientras hablaba por walkie-talkie a otro de sus secuaces – mismo que llegó corriendo a observar fijamente la pantalla-. Después de un rato entendí su cara de pendejos. Miraban a Óscar. Óscar es un perro de latón. O más bien, la SILUETA tamaño natural de un perro scotch terrier que acababa de comprar. Los chaparritos y simpaticones policías de aduana estuvieron a punto de hablar a control animal.

Aeropuerto de Barcelona. Mi primer viaje trasatlántico estuvo salpimentado con un errático encuentro en este hermoso aeropuerto catalán. Mi amigo Julio vivía en esa ciudad e hicimos una suerte de planes para lograr encontrarnos esa noche. Yo provenía de Orly y traía el corazón hecho migajas de pan rancio. Él no lo sabía, obviamente. Y el imbécil tampoco sabía que las llegadas internacionales ahora estaban ubicadas en la terminal T1 estrenada pocos meses atrás. El muy inocente fue a esperarme  lleno de alegría a una puerta por la que jamás saldría. Cuando crucé la salida de arribos internacionales vi  montonales de rostros provistos de las expresiones más variopintas. El problema es que ninguno de esos rostros me prestaba atención y en ninguno de ellos encontré el de mi amigo de la infancia. Lo esperé más allá de mi propia resistencia. Yo sólo quería escapar de ahí. Tomé un taxi rumbo al barrio gótico. En el instante en que abordé el auto, Julio entró corriendo a la terminal. Se dio cuenta de su torpeza demasiado tarde. No pudo alcanzar al taxi, no pudo alcanzarme a mí.

Aeropuerto de Copenhague- Kastrup. Nueve grados bajo cero me recibieron en el impresionante aeropuerto de la capital danesa. Y también Julio, mi tristemente célebre amigo de Barcelona. En esta ocasión estuvo esperándome una hora antes de que mi vuelo llegara. Tres sentencias de muerte hubieran caído sobre su cabeza de no haber estado puntual, para recibirme con el abrazo de hermanos que me debía desde un año antes.  Lo reconocí antes de que me viera entre el gentío. Fuimos muy felices entre la nieve, mi hijo, las Elephant Carlsberg´s, David Lynch y nuestros recuerdos de media noche. Berlín ahora espera por nosotros en 2012.

Aeropuerto Internacional de Monterrey Mariano Escobedo. Lo miré una y otra vez. Lo abracé por la espalda mientras lo despertaba con un tibio beso en su nuca.  “Debo irme” dije quedamente en su oído izquierdo. Le entregué mis brazos, mis manos como mi memoria no alcanzaba a recordar cuándo había hecho algo similar.  Él lo notó, incluso lo dijo mientras me besaba con dulzura a ojos abiertos, mientras acariciaba mi rostro con sus largos dedos. Ahora él era el que me miraba sin parpadeos. Me perdí en la laguna de sus hermosos ojos azules. Ustedes nunca han visto un azul tan bóveda celeste como yo ese amanecer. Ojos de nube de Atlántico. Ojos de mar muerto. Los ojos de su tierra. Mi taxi llegaría en cualquier momento. Me suplicó que no me fuera, que desayunáramos juntos. No podía. Corría el riesgo de perder mi avión. Me odié por no regresar a envolverme entre su pecho y sus sábanas. Sonó el timbre. Me despedí por última vez con un beso fugaz. Bajé las escaleras de su departamento y abordé mi taxi. Cuando llegué al aeropuerto y cerré la puerta del vehículo, sonó mi celular. Era un mensaje: “dejaste tu pasaporte en mi casa”. No pude más que sonreír y agradecer por primera vez en mi vida, uno más de mis estúpidos olvidos. Entendí que existen aviones que bien valen la pena perderse.


Aeropuerto de París Charles de Gaulle (Aeropuerto Roissy). Este es mi lugar favorito como ningún otro. Es difícil explicar la razón, porque tengo un puñado de razones. No acabaría. Tengo historias entrañables del restaurante Paul  y sus chocolatines, de los supervisores de RER, del Roissybus, de la única tienda de regalos para niños “Quand le Chat n’est pas là”- donde compré mis esferas del principito-, de la misma manera que de los baños públicos. CDG es amado testigo de encuentros inolvidables, de soliloquios inolvidables, de garrapateos en un puñado de hojas blancas sin publicar. Si pudiera escoger un rincón favorito, elegiría el mirador de la terminal 2E del segundo aeropuerto más grande del mundo. En ningún otro lugar he visto una panorámica tan estética de un despegue hacia la nada.


Aeropuerto Internacional de Toluca. En el preciso momento que ustedes estén leyendo estas líneas, me habré convertido en el pasajero 14A de un avión con nombre y número de vuelo imprecisos. Todo lo que sé de cierto, es que mi aeronave me arropará hacia un punto ciego del sinuoso camino. Mi camino. El destino es Guadalajara, Jalisco y las razones de mi viaje no vienen a cuento, pero  pueden estar seguros que seré recibida con amor del bueno.

 

Amo viajar. Amo las tonalidades violentas que adquieren las nubes ante los caprichos del tiempo o la humedad. Tonalidades que coquetean con el oro, el púrpura. Tonalidades de lágrimas, de luz nevada, de incendios, de incontenibles y etéreas hemorragias. Los artistas de esta magia no son otros que las caricias y el desdén que el sol y la luna prodigan a estos hermosos caprichos de la naturaleza.

Pero de algo estoy segura. Si he de morir pronto, deseo  hacerlo siendo pasajera de un vuelo más. ¿Acaso no sería el tributo perfecto explotar en mil pedazos en el aire para no ser encontrada en ninguna parte, sin dejar rastro alguno, nunca, jamás?

Que así sea.

Sueños aéreos.

Un avión pasa como cuando despiertas y persigues o inventas la historia del sueño en la memoria

Y sólo encuentras algún sabor en la boca

y/o

miras la puerta hacia la que próximamente te levantarás.

Un avión pasa y te levanta el cuello y lo alcanzas

al vuelo de tus ojos

al vuelo

del avión de tus ojos

lo sigue el sabor de la memoria:

la línea lejana que alcanzas de pasada.

Pasa, despiertas y persigues

lo que era sueño

lo que con nosotros vuela.

Sueña

y/o suena

en nosotros los que soñamos

como los arreglos que le hacen las aeronaves a las nubes:

nuevas notas

y/o donas

y/o puentes

para revirar el aire

donde divaga la punta de una conciencia e inconsciencia

que atraviesa líneas

y/o

vidas

que son líneas

que son y/o´s

que son vuelos

que son sueños

que son aviones.

Javier Ludlow.

 

América Pacheco.

Notas: Gracias al extraordinario pintor y querido amigo, Samuel Bayardo Meléndrez por haberme prestado dos de sus cuadros (Avión y Bruja) que sirvieron para darle elegancia a mi texto de hoy, y con quién también comparto ese gusto sublime por los aviones y las nubes.

También agradezco al buen Javier Ludlow por haber escrito el hermoso poema “Sueños aéreos” publicado en el número 23 de la revista “Lenguaraz, literatura para no leer” y a Ximena Atristain, directora y editora de Lenguaraz,  la que se ha convertido en  mi revista favorita. Por si ocupan.

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