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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Un viaje es un viaje que es un viaje
He adquirido un hábito macabro los últimos cinco años. Cada vez que subo mi humanidad a un avión, es inevitable pensar: ¿ocurrirá esta vez? Me refiero específicamente a explotar entre las nubes.
Por América Pacheco
13 de noviembre, 2019
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A media noche encontré una rata agonizante junto a la puerta que conduce al patio trasero de la vieja casa donde nací.

-Hemos tenido plaga los últimos días. Yo puse esa trampa, explicó mi padre casualmente (así, sin tantita pena), en respuesta al tremendo grito que resonó por toda la casa, cortesía de su villana favorita.

A estas alturas del concierto, existen poquísimos elementos vivos que son capaces de arrastrarme al planeta terror. Esas bestias grisáceas lo consiguen sin esfuerzo alguno.

Encontrar una rata moribunda antes de tomar un vuelo trasatlántico podría interpretarse en el mejor estilo gitano como una señal de infortunio. Cinco horas después, el chillido agonizante de la colosal criatura atrapada por la efectiva trampa paterna todavía resonaba en mis oídos.

La visita a casa de mis padres tenía razón de ser porque es tradición personal elegir un libro favorito que sirva de anclaje al mundo al que pertenezco y que cumpla la función de acompañarme en viajes en solitario. Esta vez, quise llevar conmigo uno de los primeros libros que compré y que reposa (como la mitad de los libros que he adquirido en 25 años) en el hogar donde nací.

Me lleva la chingada. Obtuve roedor por Joyce.

He adquirido un hábito macabro los últimos cinco años. Cada vez que subo mi humanidad a un avión, es inevitable pensar: ¿ocurrirá esta vez? Me refiero específicamente a explotar entre las nubes.

Considero inapropiado morir víctima de alguna enfermedad crónica. O de un feminicidio. De una muerte lenta y dolorosa. Me rehúso enérgicamente.

La pasión más grande que poseo es viajar y en la carta a Santa de mi alma, este deseo encabeza el top parade: morir entre las nubes que tanto amo. Imposible no pensar la factibilidad del hecho si un descubrimiento macabro te saluda a mansalva antes del check-in.

En cuestión de horas, tomaré un vuelo a Madrid. Un vuelo adicional al historial de aventuras que salpimentan este espacio; aunque, esta vez, no será una una raya más al tigre. Lo saben mis huesos.

Los años me han convertido en una mujer de hábitos cansinos. Antes gustaba de planear sofisticadas aventuras a países con idioma exótico. De licenciosas y desconocidas costumbres. He dejado de hacerlo. Recién cumplidos los cuarenta años, comencé a elegir ciudades y amigos tan viejos como conocidos. Los hábitos hacen al viajante.

Mi primera vez en Madrid, también será el primer abrazo con amigos entrañables -curioso- casi todos virtuales. Como Paula, por ejemplo. Amiga que conocí digitalmente gracias al azar y a nuestra simpatía por un músico y bailarín francés, hace más de diez años. Intenté asistir a su boda hace un lustro, pero el diablo es puerco y ningún elemento sideral se alineo en ninguna fila para lograr el milagro. Pero ya nada de eso importa, el plan es abrazarnos al final de esta semana y si ningún producto del infortunio nos toca, lo haremos ligeramente en estado de ebriedad.

Es un viaje distinto, sí, porque la tercera edición del Festival Ñ se enorgullece en presentar a México como país invitado y podré cubrir para este espacio algunos eventos literarios encabezados por Fernanda Melchor, Luis Jorge Boone, Carlos Velázquez, entre otros.

El plus de lo anterior es que la editora españolísima Blanca Sotos de Marcablanca press presentará mi libro Pasajera en trance el próximo sábado 16 de noviembre en Peñuelas 33, Madrid, a las 19:00 horas. Todos ustedes están invitados, por supuesto.

¿Quien te llevará flores los domingos, Jorge?, me pregunto en voz alta desde la diminuta ventanilla del vuelo IB6402. Sonrío y pienso que en un puñado de horas pisaré por primera vez la ciudad en la que Jorge Ibargüengoitia se estrelló en mil pedazos el 27 de noviembre de 1983.

Es imposible dejar de pensar en los muertos, en desaparecer cerca de los nuestros. De los que nos importan.

Adiós, tontos.

@amerikapa

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