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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en Negocios Internacionales, escritora amateur, colaboradora del diario Milenio, La ... Especialista en Negocios Internacionales, escritora amateur, colaboradora del diario Milenio, La Mosca en la red y Replicante. Sin filiación política debido a su dislexia crónica, amante del chocolate. Sólo desea no morir joven. Síguela en Twitter: @amerikapa (Leer más)
Vincent, eternamente Vincent
A ojo de buen cubero, y desde mi humilde trinchera, considero que el homenaje más perfecto que ha recibido la obra de Vincent es el luminoso y extraordinario museo construido en 1973 que lleva su nombre y que se encuentra en el circuito museográfico Museumplein en Amsterdam, capital de los países Bajos.
Por América Pacheco
5 de febrero, 2019
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“To express the thought of a brow by the radiance of a light tone against a dark background. To express hope by some star. Someone’s passion by the radiance of the setting sun. That’s certainly no realistic trompe l’oeil, but something that really exists, isn’t it?”.

Vincent Van Gogh

Llevo algunos años documentando mi fascinación por el misterio del azar y sobre todo, de las tarjetas postales que manda a mi alma a partir de cada solsticio de invierno. La última de ellas se relaciona con la primera vez que lloré como una niña frente a una obra de arte y con una fortuita colaboración que hice hace un par de días a una revista sobre viajes y viajeros. El mismo día que escribí sobre cuál museo y por qué es mi favorito, coincidió con la misma velada en que vi la más reciente película del cineasta norteamericano Julian Schnabel (The Diving Bell and the Butterfly) “At the gate of eternity” tremenda obra de arte en la que Willem Dafoe salpica por el mundo sin temor a multas o procesos en su contra al prestar huesos, ojos abismales y piel marchita a la leyenda más grande del impresionismo: Vincent van Gogh.

Hace algunos meses leí una crítica que cuestionaba si el mundo necesita realmente otra película inspirada en el pintor holandés considerando las memorables representaciones de Jacques Dutronc “Van Gogh” (1991), Tim Roth “Vincent y Theo” (1990), Kirk Douglas “Lust for life” (1956) o la reciente encarnación de Robert Gulaczyk en el deslumbrante experimento audiovisual “Loving Vincent” (2017) de Dorota Kobiela y Hugh Welchman. La respuesta es simple: SÍ, mil veces SÍ. Por cada remake de “A star is born”, al mundo le corresponden 3 homenajes fílmicos anuales al melancólico legado de Vincent Willem van Gogh.

A ojo de buen cubero y desde mi humilde trinchera considero que el homenaje más perfecto que ha recibido la obra de Vincent es el luminoso y extraordinario museo construido en 1973 que lleva su nombre y que se encuentra en el circuito  museográfico Museumplein en Amsterdam, capital de los países Bajos; museo que recibe 2 millones de visitantes al año y que, es a su vez homenaje a otro holandés, el arquitecto De Stijl Gerrit Rietveld. Las obras más famosas de Vincent se encuentran diseminadas en los museos más importantes del mundo, sin embrago, lo que distingue al Museo Van Gogh son principalmente dos factores: la primera es que resguarda la colección más grande del mundo de su autoría: más de 200 pinturas, 500 dibujos, objetos personales que oscilan entre las cartas originales enviadas a su familia, caballetes y hasta la supuesta pistola que acabó con su vida. La segunda es que dicha colección proviene directamente de Theo van Gogh, hermano menor y benefactor del genio.

En ningún otro lugar del mundo es posible encontrar más pinturas y dibujos del artista. La obra está estratégicamente dividida en sus periodos más representativos y el objetivo de la curaduría es que el visitante se sumerja a un océano plástico sin líquido para espantar tiburones, ni aguarrás. La manipulación es total: las obras fundamentales tienen suficiente espacio para destacar sobre las menos conocidas, las paredes están vívidamente iluminadas y el visitante se enfrenta de inmediato con un poderoso recurso emocional: los célebres autorretratos. Nunca se han colocado juntos tantos autorretratos de Vincent y están colocados con el objetivo de  explicar sin necesidad del uso de palabras su desolador desamparo.

Recorrer los pasillos del Museo Van Gogh y mirar la docena de rostros similares, aunque no idénticos, que se amontonan da una visión poderosa sobre por qué se convirtió en el maestro del autorretrato: él era el único modelo del que tenía a su alcance. Fue capaz de pintar su rostro de tantas maneras diferentes que pareciera que quiso despistar sobre la identidad del modelo, pero a nadie engaña. No importa si la pincelada es áspera, puntillada, sutil o naturalista. La melancolía es idéntica en cada uno de sus lienzos. Es fascinante la experiencia de contemplar la variación de estilo que existe entre cada retrato.

Dejarse engullir por este museo es tener el privilegio de observar de forma cronológica la evolución de sus experimentos  plásticos (desde las sombras torvas “The Potato eaters” hasta los girasoles vertiginosamente brillantes y célebres), pero también contemplar su lucha personal contra su propia locura y el frenesí de brillantez creativa que alcanzó su máximo esplendor hacia el final de su vida. El melodrama es intencional. Al final de la exhibición colocan como la última de sus obras Wheatfield with Crows porque los sombríos cuervos que cercenan el azul profundo del cielo sobre el campo tiene connotaciones mortuorias más  que  las pinceladas de fuego y vida de “The Roots” (su última pieza de acuerdo a versión de sus historiadores), bellísima pieza a la que la película de Schnabel realiza un soberbio homenaje en un duelo actoral entre Dafoe y Oscar Isaac.

El mérito más grande de la cinta de Julian Schabel es que obvia los primeros años de Vincent y se enfoca en mostrarnos su descubrimiento personal como misionero del arte. El inicio de sus ataques psicóticos son también alegoría de su heroísmo. Su batalla depresiva es narrada desde la lucidez de un hombre cuerdo que pernocta con una enfermedad absolutamente destructiva y de un sufrimiento taumatúrgico. Schnabel tomó sus propios pinceles para ofrecernos su personal retrato de un artista cuya mayor tragedia no fue haber vendido un solo cuadro mientras vivía, sino, ser caricaturizado y reducido a un fenómeno de circo mercadológico.

Schabel omite confirmar las airadas contradicciones de los historiadores que han intentado documentar todos y cada uno de los mitos que envuelven la pasión incontrolable que parecía despertar en él la presencia ponzoñosa de Gauguin y prefiere confirmar con sutileza el verdadero tamaño de herida que recibió Vincent en su disputa con Guguin: usa el dibujo realizado por el Dr. Rey en 1930 y que se exhibió al público hasta 2013, para mostrarnos que el corte sufrido abarcó toda la oreja. El doctor hizo un dibujo del corte  en 1930 para el autor Irving Stone, quien estaba trabajando en una novela sobre la vida de Vincent. Rey escribió al lado del dibujo: “La oreja fue cortada con una navaja como lo muestra la línea de puntos”. El guiño a este documento histórico aunque impreciso en su carácter histórico, es efectivo en términos narrativos en la cinta.

En vez de filmar una biografía plana que nadie necesita, optó por filmar un exquisito experimento usando como poderoso recurso plástico los ojos de Dafoe  y cámaras fébriles intrusivas y fuera de foco que emulan la perturbación o la quietud de naturaleza beata de un hombre que se comprende como un artista a quien Dios lo hizo pintor para una generación que no había nacido. La disertación filosófica que muestra en la escena  de Dafoe con Mads Mikkelsen es una pieza de tesitura genial, de pinceladas recargadas, como un retablo neoimpresionista. Adoro que la escena comience con un sacerdote tratando de hacer entender a un enfermo mental que carece de una pizca de talento y que después de un intercambio intelectual inusitado, acabe mirando al enfermo como a un beato.

Considero que la escena más poderosa “At the gate of eternity” es el fragmento de la reseña que el crítico de arte Albert Aurier escribió sobre la exhibición de la obra de Vincent que tuvo lugar el mismo año de su muerte y que porque nadie me lo impide comparto con ustedes:

“Bajo cielos que a veces deslumbran con zafiros facetas o turquesas, bajo la incesante y formidable corriente de todos los efectos imaginables de la luz.

En atmósferas pesadas y ardientes está el inquietante y perturbador despliegue de extraña naturaleza que es a la vez totalmente realista y sin embargo casi sobrenatural.

A menudo la naturaleza excesiva donde todo, seres y cosas sombras y luces, formas y colores se levantan con una voluntad enfurecida a aullar su propia canción esencial de lo más intensa y con un timbre muy agudo. Es materia y toda la naturaleza frenéticamente contorsionada. Es la forma que se convierte en pesadilla, el color que se convierte en llamas, la luz que se convierte en una conflagración, la vida como fiebre ardiente.

Tal es la impresión que queda en la retina cuando se ve por primera vez el extraño e intenso y febril trabajo de Vincent Van Gogh.

Nunca ha habido un pintor cuyo arte atraiga tan directamente a los sentidos del aroma indefinible de su sinceridad a la carne y la materia de su obra.”

Schnabel hace exactamente que los curadores del Museo Van Gogh: aterroriza al espectador con los aullidos de tortura y angustia que brotan del mejor lienzo que pudo conseguir para representar el célebre calvario del genio holandés.  Con total alevosía y ventaja, logró el mismo efecto en mi que los arrogantes pasillos del museo: hacer llover mis ojos una tormenta.

Larga vida a la manipulación emocional.

 

P.D. Los invito a dejarse llevar por este emotivo paseo digital.

@amerikapa

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