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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Yo, bruta
Por América Pacheco
2 de junio, 2011
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Para brócoli & menonita, mis más logrados inventos.

 

Soy bruta.

 

Lo digo claro, rotundo. Sin rodeos ni eufemismos baratos. Las razones que tengo para sustentar mi flamante declaración anterior son extensas, contienen referencias médicas y anecdóticas. No me avergüenza en lo más mínimo, por lo que considero pertinente compartirlas sin remilgos.

 

Los orígenes de mi condición empezaron a ser evidentes en el primer contacto que tuve con la escuela de educación básica.

 

Una de las primeras cosas que entendí sobre mi naturaleza a muy temprana edad, es que yo no tenía la capacidad para aprender a la par de mis compañeros de clase. Se me dificultó severamente la memorización y escritura, tanto del alfabeto como de los números. Lo peor vino cuando este déficit se extendió a los campos de la comprensión de lecturas simples o a la sencilla práctica de cualquier deporte.

 

Mi nivel de atención y concentración en las clases eran tan efectivos como las nobles intenciones vegetarianas de Anibal Lecter  frente a una quesadilla de sesos.

 

En la escuela primaria viví los seis años más humillantes de los que tenga registro mi infancia.

 

Aunado a mi pobre desempeño escolar, tuve que lidiar con las obsesiones paternas. Mi padre -quién por alguna disfunción asociada con la negación patológica- nunca entendió que yo nací con dos importantes características.

 

La primera: un aparato reproductor femenino. La segunda: una motricidad deficiente para ejercer con éxito cualquier tipo de deporte.

 

Sin prestar el menor caso a lo anterior, y sin echar mano de la lógica más elemental, mi señor padre se obsesionó en convertirme en la mejor catcher en la historia de Santa María la Ribera. En esas épocas, dos frases me provocaban espeluznantes escalofríos: “América, vamos a hacer la tarea” y “América, tráete la manopla, vamos a practicar al parque”.

 

Mi pánico no era gratuito. Sabía que la primera me acarrearía sus gritos de desesperación por mi nula capacidad para aprenderme la tabla del siete y que la segunda, me dejaría golpes y raspones gracias a que nunca fui capaz de cachar una miserable bola de beisbol. Si algún día les ha golpeado en la nariz una bola profesional del rey de los deportes, saben que no hablo de cualquier tipo de chingadazo. En ambos casos -tarea o práctica en el parque- el resultado siempre era el mismo: mis ojos hinchados de tanto llorar.

 

Al parecer, mi pésima coordinación psicomotora –demostrada vergonzosamente, cuando me rompí el tobillo en dos partes brincando la cuerda…¡la cuerda, carajo!– lo desanimó por completo. Mientras tanto, yo, con muletas bajo el brazo, daba gracias a toda la corte celestial por el yeso en mi pierna izquierda. Paradójicamente, una delicada fractura me salvó para siempre de humillantes exhibiciones de torpeza en el jardín izquierdo.

 

Sin embargo, no hubo accidente capaz de salvarme de la escuela.

 

Las tortuosas sesiones de estudio en casa parecían empeorarlo todo, nada parecía funcionar; tampoco las  regularizaciones en periodos vacacionales. Mis padres comenzaron a preocuparse en serio, pensaban secretamente que habían engendrado a una hija tonta, con torpeza congénita…sin ninguna esperanza de esplendor académico.

 

Finalmente, cuando cumplí 9 años, mi madre encontró por medio de un amigo neurolinguista, cuál era la razón de mi bajísimo desempeño escolar y de mi exasperante torpeza. Yo encajaba en todos las características propias de la dislexia.

 

La dislexia –para aquellos no familiarizados con el término- no es otra cosa que un déficit de aprendizaje que le dificulta a un individuo la comprensión adecuada de la lectura, escritura, lenguaje y fonética. Las personas que padecen este peculiar modo de percepción, tienden a distorsionar las letras y/o números en espejo o en su orden inverso (siendo esta última, la característica más frecuente).

 

 

Los niños disléxicos, tienden a ser desordenados en grado severo (o en contraparte) ordenados compulsivos, torpes, con una pobre coordinación que los limita (más no los imposibilita) para practicar juegos de pelota o deportes en equipo.

 

Sus habilidades psicomotoras finas los enfrenta a grandes retos porque el simple concepto: izquierda-derecha-arriba-abajo, pueden provocarles grandes confusiones.

 

Estos niños no padecen ninguna enfermedad, ni mucho menos una lesión cerebral o retraso mental moderado. Sencillamente se les dificulta traducir pensamientos en palabras porque piensan predominantemente con imágenes. Su cerebro tiene un desarrollo cognitivo distinto.

 

 

El cerebro humano tiene la capacidad de  pensar en dos formas básicas: conceptualización verbal y no verbal. Todos podemos hacer uso de ambas, pero cada individuo tiene la habilidad de desarrollar una más que otra (o ambas magistralmente, en algunos casos).

 

Cuando se piensa primordialmente con imágenes (conceptualización no verbal), es virtualmente imposible pensar en palabras cuyo significado no se pueda traducir en imágenes porque el pensamiento funciona de manera multidimensional y utiliza para ello todos los sentidos. Un niño disléxico, nace dotado de una capacidad única para desarrollar la imaginación alcanzando proporciones creativas notables, siempre y cuando no sean coartados por padres y maestros.

 

Pero el mayor antagonismo al que se enfrentan estos niños, lo encuentran en las aulas de la educación tradicional básica, porque esta se fundamenta a través del trabajo de los símbolos en conjunto de los sonidos del lenguaje. Es aquí donde su percepción distorsiona la información que termina por confundirlos una y otra vez. Comienzan a perder el interés, para ser invadidos por la frustración que deriva en rezago intelectual.

 

La presión no sirve más que para desajustar emocionalmente a estos pequeños que empiezan a perder seguridad y amor propio ante su inevitable encasillamiento de tontos.

 

Mi caso es el ejemplo más gráfico que puedo darles.

 

Por ejemplo: tengo un pésimo sentido de la orientación, así que la gente que realmente me conoce, sabe que si desea acabar perdido en ninguna parte o víctima de un asalto en una remota ranchería, sólo necesita preguntarme como llegar al metro Chabacano.

 

Tengo más cicatrices en el cuerpo consecuencia de mis múltiples caídas, que diplomas de aprovechamiento por mi amplio dominio de las ciencias y la tecnología

 

El historial de exabruptos provocados por mi nula atención en cuestiones de relevancia absoluta, es leyenda entre mis allegados.

 

Tanto mi familia como amigos cercanos saben que no lo hago a propósito. Todos ellos podrían declarar ante un juzgado civil o penal, que si mi hijo de un año rodó catorce escalones en una escalera de concreto fue a causa de mi súbita pérdida de equilibrio. . .

 

Si olvidé mi tarjeta bancaria en un cajero electrónico tantas veces como ratas tiene un caño. . .

 

Si perdí mi celular siete veces…en un año…

 

Si olvidé las llaves de la casa –dentro de casa- cada mes, cada semana, cada día, aún ahora…

 

Si llegué finalmente al edificio que me costó siete vidas encontrar y no recuerdo a qué demonios fui…

 

Si en la aduana del aeropuerto descubrí que olvidé el pasaporte de mi hijo en el hotel del país que estoy a punto de dejar…

 

Si recordé que me correspondía llevar el pastel a esa reunión, justo cuando toqué la puerta…

 

Y que si invertí fechas de cumpleaños, bautizos, bodas, no llegando a tiempo a ninguna o con el regalo equivocado; sucedió porque mi cabeza  se encontraba en los pasillos del mercadito de la agrícola oriental preguntando por el alza en los precios del dulce de guayaba o quizá, viajando profundamente en las entrañas de un libro de Julio Verne, soñando despierta, otra vez.

 

A estas alturas de la vida, debería suponerse que mi condición debería estar bajo el control más estricto, así como mis sentidos agudos, en absoluta alerta. Mi elección ha sido permanecer como siempre lo fui. No sé manejar un auto –por ejemplo- y tampoco me preocupa hacerlo algún día.

 

Quizá me guste ser distraída para tener el inapelable salvoconducto de mi torpeza para justificar olvidos imperdonables. Mis tres yesos en ambos tobillos dan fe, testimonio y legalidad de que existen cosas que son inalterables en mi vida a pesar del inexorable paso de los lustros.

 

No quiero cambiar, no necesito hacerlo.

 

Cuando mis padres entendieron cuál era mi condición, acordaron de manera unánime  no medicarme con ritalin. Decidieron aprender a ver el mundo como yo lo veía (con más penas que glorias) pero eligieron amarme y aceptarme tal cual soy. Quizá lo más importante de todo, es que YO me quiero, me acepto. Más que nadie, más que nunca.

 

He dejado de ser esa niña gordita y sin talento aparente, a quien los infumables chicos del barrio miraban caminar detrás de su padre, rumbo al parque; cargando el bat y manopla bajo el brazo con el mismo ánimo que debió hacerlo Robespierre en su triste camino a la guillotina.

 

Pero sigo siendo la bruta de siempre. Lo reconozco sin un ápice de menosprecio.

 

La única diferencia es que ahora utilizo cada que puedo, mi pensamiento multifuncional, mi creatividad y mi imaginación perenne, para crear atmósferas sorprendentes que seguirán compensando cualquier afrenta, olvido o disfunción pasada o venidera.

 

También hago uso de este talento para burlarme de todo, incluso de mi misma.

 

Es tan divertido. . .

 

América Pacheco.

 

*Nota.

 

Es importante que los padres que detecten que alguno de sus hijos posee algún tipo de déficit de atención, se documenten para proporcionarles una guía, ampliamente funcional que les sirva para desarrollar sus propios talentos que serán únicos e irrepetibles. Si los niños son educados sin que sea suprimida su percepción sensorial, pueden desarrollar una inteligencia más alta que la normal porque su intuición es altísima al ser profundamente conscientes de su entorno.

 

Dislexia fue el primer término general utilizado para describir varios problemas de aprendizaje. Con el tiempo, éstos fueron subdivididos y categorizados para describir los diferentes problemas de aprendizaje. Debido a esto, podríamos llamar a la dislexia la madre de los Problemas de Aprendizaje. Hasta la fecha, se usan más de 70 nombres para describir sus diversos aspectos. El más utilizado actualmente es ADD o SFA (Síndrome de Falta de Atención).

 

Fuente: Nathalia Calderón Astorga, Licda. Natalia Calderón Astorga. M.Sc. Terapeuta del Lenguaje Oral y Escrito. Especialista en Dificultades del Aprendizaje. PEDAGOGA. Administradora Educativa. Universidad Nacional de Costa Rica – Universidad Católica de Costa Rica/ Centro de desarrollo infanto juvenil  CERIL.

 

 

 

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