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Pluma, lápiz y cicuta
Por América Pacheco
Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarr... Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with care. Síguela en Twitter: @amerikapa. (Leer más)
Yo tan alfa y tú tan beta
Por América Pacheco
24 de noviembre, 2011
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Para Rafael Tonatiuh, mi dulce favorito.

 

Siempre fui gorda.

 

Cuando recuerdo mi época escolar o cuando veo las fotografías de mi infancia, no puedo más que deprimirme en serio. Una de mis principales batallas personales ha sido luchar contra mi propio peso. Podría decir a mi favor que es por herencia genética paterna, pero no lo haré. Siendo francamente honesta, debo decir que soy comedora entusiasta y casi compulsiva – lo cual no va del todo mal -, pero donde empieza a torcer el rabo la marrana es cuando reviso el historial de diabetes en mi familia.

Hace algunas semanas, me encontraba sentada en la terraza de un café mirando a la lontananza. Después de media hora de ociosa contemplación, terminé con un humor infernal. De cada 10 personas que desfilaron frente a mí, 10 eran obesas. Que no se confunda: yo no tengo rechazo de ninguna naturaleza por la muy respetable anatomía del ciudadano común, lo que en verdad me irrita son las consecuencias médicas que trae consigo el sobrepeso. Quizá mi trauma obedezca a que he mirado más cerca de lo que quisiera los estragos que trae consigo la diabetes provocada por el franco abandono de sí mismo. La diabetes se ha convertido en una pandemia de índices alarmantes, y no sólo en este país. Los focos rojos están encendidos en todo el mundo, por lo que es necesario entender qué es exactamente esta enfermedad, las diferentes causas que pueden provocarla y de qué manera podemos reversar esta plaga que, quizá, duerma ya en nuestro interior.

Para las personas que no estén familiarizadas con el tema, es necesario conocer que la diabetes (tipo 2) es el resultado de la muerte estrepitosa de las células Beta, y si queremos buscar al principal responsable de este crimen sin testigos, no tenemos más que contemplarnos en un espejo un largo tiempo.

 

 

 

 

Alfa eres y en Beta te convertirás: la diabetes tipo 1

 

Las células Beta viven en la comodidad del páncreas y su labor principal es la de producir la insulina, hormona vital que nuestro organismo necesita para procesar la glucosa y convertirla en energía pura. Mientras las Beta hacen esta chamba, las células Alfa trabajan con la insulina creando otra hormona llamada glucagón, con el que se regula el nivel de glucosa en nuestra sangre; es decir, sin la materia prima que la insulina significa, las células Alfa tienen poco o nada por hacer. Al morir las células Beta (que no tienen la capacidad de regenerarse) se desencadena una falla en el sistema inmunológico, provocando de forma irreversible la diabetes.

 

Existen estudios que demuestran que cuando el 95% de las células Beta mueren, sus socias en el negocio de la insulina, las Alfa, mutan para intentar tomar las riendas de la producción, pero a esas alturas ya es demasiado tarde.

 

Éste tipo de diabetes se asocia en gran medida con la genética (ahí es donde yo sufro), ya que la predisposición hereditaria influye en un 15% de los casos declarados. Aunque para que esto sea un riesgo más sensible, la herencia tiene que provenir del padre biológico (mi padre no es diabético, lo que disminuye sustancialmente el peligro), esto no es suficiente. Las células Beta mueren sin hacer distinción de credo, genética o raza. Sencillamente se mueren de cansancio ante el acoso del propio organismo.

 

 

 

Más que un cuerpo bello: como pesas, te tratan. La diabetes tipo 2

 

Si en México 8 de cada 10 diabéticos padecen de sobrepeso, hay razones poderosas para preocuparse por nuestro cuerpo, más allá del culto a la apariencia.

 

El consumo calórico alto es más que una simple llantita antiestética de acuerdo a los estúpidos cánones de belleza imperantes en la actualidad. Es más que eso. Consumir calorías durante periodos constantes se convierte en carbón inagotable que se deposita en una maquinaria que no descansa, que no para de correr. El deber de las Beta es convertir, sin distinción alguna, en energía cada caloría consumida, no importando si es a deshoras. Si nosotros no ayudamos a nuestro cuerpo con una rutina básica de ejercicio para agotar esa energía producida en exceso, estamos contribuyendo a sepultar paulatinamente nuestras irremplazables células Beta, que terminan por morir producto de un agotamiento estéril.  En Ginebra, científicos expertos en medicina celular hacen esfuerzos por conseguir trasplantar estas células, pero el sistema inmunológico las destruye sin remedio. Las Alfa las acompañan muriendo de tristeza e impotencia.

 

El sedentarismo y los pésimos hábitos de alimentación que reinan en nuestra población han traído como consecuencia que el 35% de los jóvenes cuya edad oscila entre los 20 y 40 años sean diabéticos, o que estén a sólo un pastel de serlo. Y si lo anterior no es información suficiente para tomar medidas urgentes, ni lo es el saber que en México cada año fallecen 74 mil personas a causa de esta enfermedad, no sé entonces qué deba hacerlo. Estamos hablando de que cada 24 horas mueren 203 personas a causa de una estúpida enfermedad que pudo haberse evitado muy a tiempo.

Dejemos a la ciencia la labor de encontrar la cura o el secreto para salvar a estas bondadosas células que salvarían la vida de millones de seres humanos que nacieron con esta despiadada enfermedad o la desarrollaron por un desorden genético. Nosotros, los que aún estamos sanos, echémosle una mano a estas pequeñuelas, que nada nos cuesta.

El costo que tiene para el IMSS el tratamiento a los diabéticos asciende a 34 mil millones de pesos, a la SSA a 20 mil millones de pesos, y para el ISSSTE 10 mil millones de pesos. Las últimas muestras indican que para el 2025 más de 380 millones de personas a nivel mundial estarán aquejadas por esta enfermedad.

 

 

 

El lado inmune de la moneda

 

Andrea es una brillante y guapa abogada con quién me reencontré venturosamente en un vuelo proveniente de Guadalajara hace un mes. Platicamos largo y tendido sobre su padecimiento. A mi querida Andrea se le diagnosticó diabetes tipo 1 cuando cumplió 23 años. Su tipo de padecimiento la obliga a cargar con un pequeño estuche quirúrgico que vale una fortuna. En su vida hay poca cabida a la espontaneidad. No puede decidir de última hora si lo que comerá será una arrachera con guarnición o una ensalada de berros. Tiene que calcular qué cantidad calórica consumirá cada día porque de eso dependerá la dosis de insulina que se inyectará en el vientre. Hay gente que carga con cartuchos de pólvora; ella carga con cartuchos de insulina metódicamente calculados. Procura llevar una vida normal, así que pocas personas podrían adivinar su enfermedad. Pero ella no lo hace, sería imposible no hacerlo.

 

Andrea sabe perfectamente que su enfermedad provoca deterioro orgánico múltiple e irreversible. No ignora que su organismo es propenso a un súbito infarto cerebral o cardiovascular, a fallos renales, cáncer, hipertensión, ceguera, amputaciones y un largo etcétera. Aunque los especialistas intentan animarla diciéndole que la ciencia da pasos agigantados en sofisticados tratamientos que, por fortuna, puede pagar, ella no consigue contagiarse del menor entusiasmo. Su vida de calidad será corta, pero aún así sonríe y vive la vida con entereza porque no le queda de otra. Cuando me pidió que escribiera del tema le prometí hacerlo, y con este texto cumplo mi promesa. No sólo a ella, también se lo debía a mi viejita linda.

 

Hace casi 20 años me despedí para siempre de una de las mujeres más dulces que hayan pisado este mundo. Crecí mirando la profundidad de sus ojos, cobijada por su sonrisa inigualable y abrazada por sus rollizos brazos llenos de calor y amor. La despedida de esa entrañable mujer no es lo que lamento, sino la manera en la que dijo adiós. Sus radiantes ojos azules estaban apagados desde hacía una década por la ceguera. Su cuerpo dijo adiós a este mundo mutilado y con una falla renal que hizo sus últimos días tortuosos, llenos de dolor. Era mi abuela, mi viejita diabética.

 

Si no somos alguien como Andrea, ni nacimos producto de diabetes gestacional, con algún desajuste glandular y padecemos sobrepeso, necesitamos entender que amarnos a nosotros mismos es más que aceptarnos tal y cuál somos. El tema no estriba en conocernos imperfectos o gordos y amarnos a pesar de ello. La autoaceptación y el amor es también vivir de tal modo que no tengamos que condenarnos a un futuro sin calidad de vida si en nuestras manos está evitarlo, al menos, mantenernos lo más lejanos a la estadística. Muchas veces no estamos solos: la diabetes provoca una serie de complicaciones que dejan una estela de dolor sin límites también para quienes nos toman de la mano, nos abrazan con dulzura, esperan que vivamos muchos años y que no desean vernos así, morir en pedazos.

 

Es más fácil, creo yo, ser más Alfa y cuidar a las Beta.

 

 

América Pacheco.

 

 

“Es importante que la gente conozca las cifras de lo que te puede pasar si estás obeso o si llevas pobre control de tu diabetes”.

 

“La transición epidemiológica trae beneficios como el aumento en la expectativa de vida, pero tiene como consecuencia que deban tomarse precauciones y señales de alerta, pues entre más vieja sea la población, está más expuesta a nuevos factores agresores del ambiente, como es una dieta inadecuada que nos llevará a obesidad o sobrepeso”

 

“las condiciones genéticas de los mexicanos favorecen que nuestra población sea diabética, .la lucha contra la enfermedad consiste disciplina y cultura médica”

 

 

FUENTE: Pedro Herrera, Médico, Profesor del Departamento  de células,  fisiología y metabolismo de la Universidad Génova Medical School, Suiza.

 

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