close
Suscríbete a nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
close
Por Un Mundo Sin Fronteras
Por Por Un Mundo Sin Fronteras
Sin Fronteras es una organización civil mexicana, laica, apartidista y sin fines de lucro, que t... Sin Fronteras es una organización civil mexicana, laica, apartidista y sin fines de lucro, que trabaja para contribuir al cambio de las condiciones en las cuales ocurren las migraciones internacionales y el asilo, a fin de que estos se den en un marco de plena vigencia de los derechos humanos de los migrantes internacionales, solicitantes de asilo, refugiados y sus familiares. Síguela en Twitter @SinFronteras_1 (Leer más)
Centroamericanos en México: aporte y retos
Creer que los migrantes son una población perniciosa por sí misma es una falacia equivalente a decir que todos los mexicanos que migran son violadores o narcotraficantes. Entonces ¿desde dónde lograr que salvadoreños, hondureños y guatemaltecos aporten al desarrollo de nuestro país?
Por Por Un Mundo Sin Fronteras
6 de febrero, 2019
Comparte

Por: Alejandro de la Peña

Con las llamadas “Caravanas migrantes” hemos visto de cerca a las personas centroamericanas, específicamente aquellas provenientes del triángulo norte de dicha región: Guatemala, El Salvador y Honduras. Esto produce que muchos sectores tengan sensibles dudas sobre los posibles efectos negativos de su presencia en el país, las cuales, lamentablemente, son respondidas con imprecisiones y prejuicios xenófobos que les ubican, falsamente, como personas relacionadas con actividades delincuenciales o nocivas para nuestras comunidades. El contacto con estas poblaciones nos muestra una historia distinta donde aportan al desarrollo de nuestro país y que cuando su presencia se ve relacionada con problemas sociales se debe a lo que como sociedad –especialmente desde el gobierno- hemos dejado de hacer.

Las poblaciones centroamericanas no son un grupo demográfico nuevo en México: arriban a nuestro país desde por lo menos los años 70 del s. XX por motivos económicos, sociales y de seguridad.

Si bien muchas de las personas que salen de estos países en la actualidad se dirigen hacia Estados Unidos de América, la experiencia nos ha mostrado que para muchas de ellas México es su país de destino original o se convierte en ello durante su travesía, ya sea porque les parece un lugar que les pueden brindar oportunidades de desarrollo o porque aquí se encontrarán con sus familiares que ya se han asentado. Solemos suponer que se trata de hombres, jóvenes, pobres y que tienen poco que aportar a nuestro país, sin embargo, en nuestra experiencia encontramos que son personas con variadas características: hombres y mujeres, jóvenes y adultos, mestizos, indígenas y afrodescendientes, analfabetas, universitarios y posgraduados. Ya establecidas trabajan en labores diversas y variadas, concentrándose en el sector servicios, trabajos manuales –albañiles u obreros, principalmente, pero también algunos se desempeñan como investigadores en instituciones científicas o ejecutivos de empresas.

En resumen, son una población variada que se ha incorporado al país y en la que la mayoría de sus integrantes intenta aportar con su trabajo diario al desarrollo de este.

Creer que se tratan de una población perniciosa por sí misma es una falacia equivalente a decir que todos los mexicanos que migran son violadores o narcotraficantes. Entonces ¿desde dónde lograr que salvadoreños, hondureños y guatemaltecos aporten al desarrollo de nuestro país?

En primer lugar, que la política migratoria del gobierno cambie auténticamente de posición: desde los 90 del s. XX a la fecha, la labor gubernamental se ha concentrado en detectar a las personas que no tienen documentos migratorios y expulsarlas del país, siendo las de estos países el principal objetivo -en el año 2018, 107 849 personas de estas nacionalidades fueron expulsadas, representando el 96 % del total en el rubro. Esto se debe no a su “tendencia natural” a migrar sin documentos, sino a un sistema administrativo migratorio que les discrimina con requisitos que muchos mexicanos no podríamos cumplir: por ejemplo, el acceso a una visa de entrada al país cuesta como mínimo $3,022.00 –que equivale al 50 % del ingreso medio mensual de casi la mitad de las personas trabajadoras en México, o que los caminos principales y viables para que estas personas puedan solicitar una estancia en el país son un vínculo familiar con mexicanos o ser contratadas por empleadores formales– paradoja dentro de un mercado laboral con alto grado de informalidad, este requisito no lo podrían cubrir 30.5 millones de mexicanos económicamente activos durante el segundo trimestre de 2018. Si bien el régimen actual tiene un discurso más asertivo con respecto al tema, su recientemente anunciada política de “ordenar” la migración haciendo los trámites desde los países de origen no será efectiva sino cambia este sistema administrativo, pues la migración con documentos seguirá siendo un privilegio para ciertos sectores que pueden cubrir los requisitos y la migración indocumentada permanecerá.

En segundo lugar, desde el gobierno y la sociedad civil, debemos trabajar por construir discursos inclusivos y combatir los excluyentes: en la actualidad observamos con preocupación la amplificación de afirmaciones xenófobas –como “No deberían de dejar k entren a México puros delincuentes” o “Muerte a los puercos centroamericanos ilegales. México para los Mexicanos”, por mencionar dos frases tomadas al azar de los comentarios de un video de YouTube sobre el tema– que bajo las condiciones de agitación o preocupación social adecuadas puede llevar a actos masivos de violencia –como sucedió con la persecución a los chinos en México hacia principios del s. XX o en los genocidios acaecidos a lo largo del mundo– o ambientes de violencia cotidiana y de baja intensidad donde las minorías encuentran significativas limitantes para el acceso a derechos como el empleo, la salud o la seguridad personal, en términos más precisos, estas palabras se pueden convertir fácilmente en actos de agresión, rechazo o violencia. En el panorama actual, no existe una acción clara del Estado Mexicano con respecto a este tema y quienes nos dedicamos ello, observamos el crecimiento de los discursos y actos racistas-xenófobos explícitos entre la población civil.

Ante ello, los ciudadanos podemos aportar brindando oportunidades laborales, residenciales o de desarrollo a las personas centroamericanas sin tomar en cuenta su nacionalidad: se trata de no poner más o menos trabas por su condición de extranjeros, sino tratarlos en condiciones de equidad. Para ello, pueden encontrarse diversas iniciativas desde la sociedad civil que se encaminan a estos esfuerzos como la “Ruta de la Hospitalidad” de Assylum Access, la “Red de Empleadores Solidarios” de Sin Fronteras o las acciones particulares que llevan a cabo instancias como ACNUR, FM4 o Programa Casa Refugiados .

El reto es construir una política de integración para que los centroamericanos vivan en condiciones de irrestricto respeto a sus derechos y, a la par, aporten al desarrollo del país –como ya han hecho hasta el momento. Como hemos relatado, entre ellas hay personas con grandes capacidades que, si queremos que se integren positivamente al país, deben ser objeto de acciones francas en pro de su asentamiento, las cuales deben ser encabezadas desde el gobierno a través todos sus niveles y poderes, incluyendo como mínimo la adecuación del sistema migratorio a la especificidad económica y social de nuestros migrantes –de lo contrario, no perderá su tendencia discriminatoria- y las construcción de acciones en pro de un lógica multicultural sostenida desde los diversos sectores sociales.

 

* Alejandro de la Peña es Subcoordinador del Área Psicosocial de @Sinfronteras_1.

¡Gracias por leer! Ayúdanos a seguir con nuestro trabajo. ¿Cómo? Ahora puedes suscribirte a Animal Político en Facebook. Con tu donativo mensual recibirás contenido especial. Entérate cómo suscribirte aquí. Consulta nuestra lista de preguntas frecuentes aquí.
Comparte