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COVID-19 sigue aquí y el trabajo doméstico no remunerado también
El agotamiento físico que experimentan muchas mujeres de forma cotidiana se ha visto agravado en la pandemia por COVID-19 y, con ello, los efectos en su salud mental.
Por Karen Villalobos
26 de julio, 2021
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El 22 de julio de cada año se conmemora el Día Internacional del Trabajo Doméstico, con el fin de reconocer las labores que millones de mujeres realizan en sus hogares sin recibir remuneración económica alguna.

La pandemia por COVID-19 ha hecho replantearnos con mayor fuerza una pregunta que la agenda feminista lleva años poniendo sobre la mesa: ¿cómo se sostiene la vida? Los cuidados también han cobrado mayor visibilidad en el contexto actual; lo bueno es que les dimos importancia, lo malo es que hubo consecuencias para quienes históricamente se han hecho cargo de esta labor.

En México, las mujeres cuentan con una educación similar a la de los hombres. De acuerdo con el INEGI, en la tasa de matrícula de educación media superior cubren 80.9%, mientras que los hombres 76.7%, y en la educación superior las mujeres alcanzan 29.6% y los hombres 29.2%. No obstante, entre enero y marzo de 2020, del total de mujeres en edad económicamente activas, participan 44.9% frente a 76.4% de hombres en la misma situación.

La crisis económica ha tenido efectos diferenciados que han profundizado las desigualdades estructurales por razón de género. Las mujeres inmersas en el mercado laboral disminuyeron con una magnitud de casi el doble que los hombres. A falta de un sistema nacional e integral de cuidados, ellas dedican lo equivalente a una jornada de trabajo completa a tareas del hogar y de cuidados sin remuneración económica.

Esto tiene su explicación en los roles y estereotipos de género, en los cuales las mujeres son consideradas como las principales responsables de las actividades familiares y domésticas, interfiriendo así con su pleno desarrollo educativo y económico. Las demandas del trabajo doméstico y de cuidados plantean el riesgo de que las mujeres se vean en la difícil decisión de no poder continuar con sus estudios o trabajos remunerados, especialmente aquellos que no se pueden realizar de manera remota.

El #QuédateEnCasa no fue nuevo para las mujeres: antes de la pandemia destinaban entre 22 y 42 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados. El hogar fue la trinchera para el cuidado colectivo y el cumplimiento de las medidas sanitarias, sin embargo, esto trajo otras consecuencias que trastocaron la vida de todas.

La consolidación de tareas que actualmente se llevan a cabo en el hogar generó un aumento en las horas que las mujeres dedican al trabajo no remunerado, ya que de un momento a otro se intensificaron las actividades de limpieza y preparación de alimentos, se realizaron labores educativas y de supervisión de las infancias, y con ello la necesidad de dedicarle tiempo al aprendizaje de uso de tecnologías de información y comunicación.

También hubo mayor atención sobre las personas adultas mayores y con enfermedades, ya que requerían apoyo para realizar actividades básicas como salir a hacer las compras o realizar algún trámite. La vida tuvo que reorganizarse tanto en el espacio público como en el privado, y esta reorganización recayó principalmente en las mujeres.

Si entendemos por trabajo las actividades que en un principio podrían remunerarse para que las haga otra persona, entonces las labores domésticas y de cuidados constituyen un trabajo que debe ser visto y atendido social y políticamente. En este sentido, el trabajo no remunerado debe estar en el centro de la discusión en el contexto de la pandemia y de la postpandemia (“cuando todo esto pase”).

Según el informe COVID-19 en la vida de las mujeres. Emergencia Global de los Cuidados de la Comisión Interamericana de Mujeres, para contrarrestar algunas de las repercusiones exacerbadas por el contexto señalado será necesario desarrollar estrategias en torno a cuatro nudos: el derecho de las personas a ser cuidadas, el apoyo a las familias desde los sistemas de protección social, la participación de los hombres en los cuidados y los cuidados como eje transversal.

Es importante señalar que, aunque la crisis actual desfavoreció a la mayoría de las mujeres, el impacto no ha sido el mismo para todas. Los hogares con menos espacio, recursos económicos, con poca accesibilidad a la tecnología han agravado las desigualdades que ya existían.

A las mujeres les preocupa enfermarse o enfermar a un ser querido, perder el trabajo, educar a niños y niñas en casa, el trabajo doméstico cotidiano, factores como la soledad, la desesperación y la falta de control sobre la situación actual. El agotamiento físico que experimentan muchas mujeres de forma cotidiana se ha visto agravado en la pandemia por COVID-19 y, con ello, los efectos en su salud mental.

Frente a este contexto es necesario redistribuir las tareas entre las y los integrantes de los hogares, e implementar políticas de conciliación entre la vida laboral, familiar y personal en los centros de trabajo, con el fin de favorecer la inserción y el desarrollo justo de condiciones de mujeres y hombres en todos los ámbitos de la vida pública, sin olvidar que esto es competencia también del Estado y la sociedad.

* Karen Villalobos (@Karenvillalobs) es integrante del equipo de Comunicación de @GIRE_mx.

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