close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Punto G(ire)
Por Gire
El Grupo de Información en Reproducción Elegida es una organización que promueve el debate inf... El Grupo de Información en Reproducción Elegida es una organización que promueve el debate informado sobre derechos reproductivos con la convicción de que existe una relación entre autonomía reproductiva, derechos humanos y democracia. La interrupción del embarazo, la mortalidad materna y la reproducción asistida y otros temas relacionados con la reproducción, ponen de manifiesto los estigmas y las creencias de la sociedad alrededor de la maternidad y del lugar de la mujer en la sociedad. La información científica, el ejercicio de los derechos y el debate sin tapujos, aseguran leyes y políticas públicas equitativas y garantes de los derechos. Esa es la labor de GIRE. (Leer más)
Violencia obstétrica en tres actos
La violencia obstétrica constituye una serie de prácticas tan comunes y naturalizadas que quienes las producen y hasta quienes las padecen las consideran normales e inevitables
Por Gire
25 de noviembre, 2013
Comparte

El más pequeño de sus hijos se había quedado muy angustiado porque ella tuvo que irse al hospital. No sabía cuánto tiempo pasaría para verla de nuevo, tampoco todo lo que su mamá tendría que esperar para recibir atención médica. Rosa María, de 42 años, cursaba un embarazo de alto riesgo a causa de un mioma en la matriz. Cuando acudió a su cita de control en San Juan Chamula, el médico le informó que ya no se escuchaba el latido fetal. Éste era su cuarto embarazo, tenía 15 semanas de gestación y no supo en qué momento el bebé dejó de tener vida. El médico le recomendó acudir al Hospital de la Mujer de San Cristóbal de las Casas, pero cuando solicitó atención ahí le dijeron que estaban saturados, que fuera a la Clínica de Campo, perteneciente al IMSS. Su esposo la llevó y en ese otro lugar tampoco recibió la atención que requería. A pesar de que confirmaron la muerte fetal con un ultrasonido, el personal médico de la Clínica de Campo le negó la atención argumentando que no contaban con ginecólogo: “Vayan al Hospital de la Mujer, allá tienen la obligación de atenderla y si se muere será culpa de ellos”. Y con la negligencia de un “no hay problema, el único riesgo es que tenga una infección”, el personal de salud evadió la responsabilidad que tiene frente a toda emergencia obstétrica. Rosa María y su esposo regresaron a su casa. No tuvieron otra opción. Más tarde, ella empezó con dolor en la parte baja del vientre. Habían pasado más de seis horas desde que se le negó la atención cuando gracias a la intervención de unos amigos logró ser tomada en cuenta en medio de la saturación. En urgencias del Hospital de la Mujer le dieron un pase para que a la mañana siguiente le hicieran un ultrasonido y varios exámenes de laboratorio. Una vez más, Rosa María, en estado de shock y extenuada, tuvo que irse a su casa sin recibir atención médica. Según los doctores, no había de qué preocuparse mientras no presentara hemorragia. A las 7:30am ya estaba en el hospital y a las 9 le hicieron el ultrasonido para confirmar –otra vez—que no había latido fetal. Después de eso le realizaron los exámenes de laboratorio. Luego tuvo que esperar un par de horas para tener todos los “papeles” listos y poder solicitar el ingreso en urgencias. Más que el progresivo dolor en el vientre, a Rosa María le preocupaba mucho no estar con sus hijos. Constantemente pensaba en su niño de 8 años, en su angustia. Esperaba sentada en una esquina, quieta. Se veía desmejorada pero jamás se quejó. Apenas si se animó a decir, en voz baja, que tenía frío. Quienes estábamos cerca de ella sabíamos que empezaba con fiebre y que eso era una señal de infección. A medio día le entregaron todo y se dirigió a urgencias creyendo que por fin la atenderían, sin embargo la espera continuaría porque aunque fue ingresada pasaron 4 horas para que la intervinieran. Jeremías, su esposo, no supo nada de ella durante más de 8 horas. Nadie le informó qué procedimiento le harían, en qué momento y cómo se encontraba. El silencio y la preocupación fueron su única certeza. Para fortuna de Rosa María, una enfermera facilitó todo el proceso, aunque se encontraba en su día de descanso siempre se mantuvo cerca y al pendiente de la situación, y gracias a ella Jeremías pudo saber lo que pasaba “allá adentro”. Cuando esta enfermera salió para decir que Rosa María ya había sido intervenida y que se encontraba bien, a Jeremías se le iluminó el rostro: “Tu esposa está en recuperación y te manda un beso”. Él respiró profundamente y soltó una carcajada.

 

 

II

“Eres muy chiquita y por lo tanto candidata a cesárea”, le dijeron a Mildred en sus citas de control del embarazo. Estaba por cumplir 20 años y sabía perfectamente todo lo que le harían en el hospital cuando llegara la hora de parir: estaría acostada, canalizada y tendría que aguantar una episiotomía. En el Hospital General de Comitán no había camas. Todas las mujeres en trabajo de parto estaban sentadas. Al ingresar, le dijeron a Mildred que el latido fetal estaba bajo y que de seguir así la “meterían” a una cesárea. Siempre estuvo en una camilla de traslado y fue afortunada porque se hallaba cerca de una pared. Otras mujeres podrían caer al piso en medio de las contracciones. Le pusieron oxitocina en dosis exageradas sin informarle lo que pasaría con ese procedimiento. Comenzó a tener un dolor intenso: “sentí que me estaba rompiendo”. Sabía que ese dolor no era normal y para las enfermeras e internos era una mujer exagerada. Se burlaban de ella, de sus quejidos. Después de un tacto tras otro, el personal médico dijo que ya estaba completa, que empezara a pujar. Pero nadie le dio clases ni le dijo que había pujos mal y bien hechos, sólo le insistían en que debía hacerlo bien. Ella se esforzaba y entre las galletas y la música de los doctores sólo deseaba parir en paz. Como no lo estaba haciendo bien, los médicos decidieron “ayudarle” con una episiotomía. Aunque ella pidió que no se la hicieran, la ignoraron: “Adentro no puedes negociar absolutamente nada. Que te volteen a ver es ganancia”. Cuando nació su hija creyó que todo había terminado, sin embargo faltaba lo peor. De la oxitocina pasó al arranque de la placenta y luego a la limpieza: “Me empezaron a jalar, a darme masaje uterino. El dolor de la limpieza es el más horrible que he sentido en mi vida. Sientes que te están raspando. Es agresivo, fuerte y rápido. No te dan chance de regresar del parto”. Cuando la trasladaron del área de labor a piso no paraba de llorar, no entendía qué había sido todo eso. Se lamentaba por haberle dado la bienvenida a su hija en estado de shock. Sólo quería que alguien la acompañara y le tomara la mano, pero desde que ingresó al hospital perdió todo contacto con su familia. No veía la hora de que acabara todo y poder salir de ahí. Sin embargo, antes debía tomar un método anticonceptivo y sólo había DIU. “Estás tan dolorida e hinchada que lo último que quieres es que te toquen”. Con tal de salir aceptó que se lo pusieran, contra su voluntad pero firmando. Su prioridad era estar fuera y con su hija. Para Mildred la imposición de un método anticonceptivo fue algo muy violento: “¿Cuál es la necesidad de hurgar en el cuerpo de una mujer?”. Cuando salió del Hospital General de Comitán se sintió libre y convencida de que si tiene otro hijo jamás volverá a un hospital. Mildred está consciente de que lo que vivió se llama violencia obstétrica, pero en aquel entonces ni siquiera sabía que podía reclamar: “Debí informarme, eso hubiera cambiado la situación”. Hoy trabaja a favor de que las mujeres sean escuchadas, atendidas sin ser lastimadas y trata de impedir que se vuelvan propiedad del hospital.

 

 

III

Cuando le preguntamos si sabía lo que era la violencia obstétrica se sorprendió por lo complicado de los términos y contestó que no, pero al explicarle en qué consistía de inmediato supo de qué estábamos hablando: “Ah, sí, a mi prima la cachetearon porque no dejaba de gritar”. Y entre risas nerviosas dijo: “Y yo que soy tan gritona qué me va a pasar, qué me va a decir el doctor”. Le comentamos que todas las mujeres tienen derecho a ser tratadas con dignidad durante el parto y le sugerimos que se quejara en caso de ser maltratada. Preocupada, respondió: “Y qué voy a decir si de todos modos necesito al médico”. Lucy tenía 40 semanas de embarazo. Estaba alojada en el albergue del Hospital de la Mujer de San Cristóbal de las Casas en compañía de su hermana. Llegó ahí para contar con atención oportuna pues vive a varias horas del hospital. Es mamá de una niña de 2 años y tuvo que dejarla para recibir a su segundo hijo en condiciones seguras. Las 48 horas previas al parto las pasó realmente mal. Con mucho dolor. Su primera hija nació por cesárea y en esta ocasión sería parto normal, según los médicos. Constantemente solicitaba revisión médica en el área de urgencias para estar segura de que todo marchara bien y cada vez que acudía le decían que aún no estaba de parto, que volviera más tarde, y al volver le reprochaban que fuera tan seguido. Lucy enfrentaba el dolor de las contracciones caminando. Se le veía siempre de un lado a otro, del brazo de su hermana. Cuando por fin llegó el momento, la ingresaron en urgencias. Desde la sala de espera atestiguábamos su sufrimiento. Escuchábamos sus gritos desesperados y teníamos la angustia de que le llegara a pasar lo mismo que a su prima. La enfermera, la misma que ayudó a Rosa María, se encontraba de guardia esa noche. Le llamamos para que nos informara del estado de salud de Lucy y de paso le pedimos que la cuidara. Esa noche había muchas parturientas y la sala de espera en urgencias estaba abarrotada. De alguna manera, el haberle encargado a Lucy a la enfermera nos daba alivio y confianza de que sería atendida oportunamente y bien. El ambiente en el hospital era muy tenso. Entre la saturación y la angustia las horas parecían eternas. El parto fue prolongado y cuando la enfermera nos informó que todo había salido bien el tiempo dejó de ser importante. Lucy no pasó por la misma experiencia que su prima y en gran medida se debió a que contaba con una “palanca” dentro del hospital, pero… ¿y las demás mujeres?

La violencia obstétrica constituye una serie de prácticas tan comunes y naturalizadas que quienes las producen y hasta quienes las padecen las consideran normales e inevitables. El personal de salud no es consciente de su proceder y en esa inconsciencia cotidianamente va construyendo una cadena de atropellos a los derechos humanos y reproductivos de las mujeres que es necesario visibilizar y combatir. Este Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, desde GIRE damos voz a las mujeres que viven violencia obstétrica para que médicos, enfermeras y todo el personal de salud comprendan que la atención del embarazo, parto y puerperio debe respetar los derechos humanos, aún en las condiciones más adversas y con las carencias más elementales en sus centro de trabajo.

 

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte

¡Muchas gracias!


Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.