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Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
De la amoralidad, la inmoralidad y la candidez
Por Erika Ruiz Sandoval
29 de abril, 2011
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Kinshasa, 29 de abril de 2011.

 

Esta Semana Santa fui a ver dos películas que me dejaron pensando en tres cosas: la amoralidad, la inmoralidad y la candidez de los estadounidenses, pueblo al que, por cierto, los mexicanos creemos conocer, pero, en el fondo, lo que conocemos es un estereotipo formado por nuestros propios prejuicios y no necesariamente una realidad. Las películas, aunque distintas, tratan sobre el mismo tema –la ambición– y ambas me dejaron con una sensación profunda de desazón, amén de que creo haber confirmado que los vecinos del norte son, cuando menos, very exotic, very strange cuando se les ve desde nuestra propia perspectiva.

 

Limitless / Sin límite

 

En esta película, estelarizada por Bradley Cooper, el quid está en zamparse una pastillita transparente que permite hacer uso del 100% del cerebro y no el 20% que habitualmente ocupamos. Gracias a esta pastillita, el protagonista pasa de ser un verdadero don nadie sin inspiración, desaliñado y sin dinero a ser una máquina que termina de escribir un libro en cuatro días, aprende idiomas en un parpadeo y entiende a fondo el movimiento de la bolsa de valores en un pispás para hacerse millonario.

Contrario a lo que uno está acostumbrado a esperar de las películas de Hollywood, ésta no tiene moraleja ni sanción. El protagonista que, formalmente, hace trampa tomándose la dichosa pastilla y pone en riesgo su vida y la de aquéllos cercanos a él, termina el filme siendo el mismo sujeto amoral al que no le importó pasar encima de quien tuviera que pasar. Peor aún, para cuando termina la película (y si no la ha visto, siento arruinarle el final), el tipo está en el pináculo del poder, a punto de convertirse en senador.

No creo que sea una casualidad que el personaje pase de escritor fracasado a escritor exitoso, jugador de bolsa, millonario y luego senador. Tal parece que la cadena del éxito en estos días está definida así. El bicho menos poderoso de la cadena alimentaria es aquel que hace trabajo intelectual y que se debe a sí mismo y a su comunidad respeto y honestidad porque vive de sus ideas. A éste le sigue el que es mucho menos risk averse y puede lanzarse a jugar en bolsa, con su dinero o con el de alguien más. Para hacer eso ya hay que tener menos Pepes Grillos en la cabeza y estar dispuesto a casi todo. Si se tiene suficiente talento y suerte, uno acaba siendo millonario. ¿Y para qué le sirven los millones? Para comprar todo y a todos, y, más importante aún, para comprarse una campaña al Senado estadounidense y ahí sí tocar el cielo con las manos, sin vocecitas de angelitos que hagan preguntas incómodas.

Tal parece que Hollywood, a la vez que está reviviendo a héroes del pasado como el Capitán América (sobre quien ya escribí en este espacio) o Thor, está abriendo la puerta a un nuevo tipo de héroe, completamente ajeno a los valores tradicionales del estadounidense promedio. ¿Qué tipo de reacción estará generando esto allende el Bravo?

 

Inside Job / Dinero sucio

 

Limitless/Sin Límite es una obra de ficción. Éste no es el caso de Inside Job/Dinero sucio que, más que un filme, es un documental de ésos que lo dejan a uno con cara de mu sostenido y con ganas de recoger el alma del suelo y meterla en el vaso de refresco vacío, nada más para no dejarla en la sala de cine.

Este documental explica, paso a pasito, la crisis económica que dio inicio en Estados Unidos en 2008 y que, al día de hoy, hace que se siga escribiendo sobre cómo conseguirá ese país salir de ese berenjenal (y, por cierto, nosotros con ellos, para el mediano y largo plazos). Y así como Limitless es una película cuya premisa base es la amoralidad, en este caso la base de todo lo que se ve ahí es la inmoralidad de todos los involucrados y de cómo se hacen unas conexiones fraudulentas entre el poder, el dinero y la academia que dan asquito.

Más allá de que el documental sirva por fin para entender cómo estuvo esto del colapso de Lehman Brothers y todo lo que pasó después, Inside Job también sirve para ver cómo una visión particular de la economía consiguió penetrar hasta lo más profundo del sistema financiero y del poder del país más rico y más poderoso del mundo hasta hacerlo reventar. Como yo me dedico a la contemplación del universo, la parte que más me llamó la atención tiene que ver con la puerta giratoria que hay entre la academia, las instituciones económicas y el poder político, y cómo las reglas de la academia no consiguen trasladarse a las otras dos esferas, sino que, por el contrario, las de las otras dos esferas terminan por contaminar la academia.

Si tiene oportunidad, querido lector, no se pierda este documental, pero también le pido que traiga lo que ahí sucede a la realidad de nuestro Mexicalpán de las Tunas Moradas. Si hiciéramos el mismo trazado de vínculos que se hace en Inside Job con nuestras élites académicas, políticas y económicas, ¿qué encontraríamos? Obviamente esto implicaría rescatar las biografías de Salinas, Zedillo, Aspe, Gil y Ortiz, entre otros, y revisar los currículos de las Facultades de Economía más prestigiosas del país… ¿Qué tanto lo que ahora se enseña en esas facultades tiene que ver con la realidad o es que, al igual que en Estados Unidos, hemos pensado que desde la teoría se puede construir una realidad? Quizá así es como tiene sentido eso del “para vivir mejor” o los infames 6,000 pesos del Secretario de Hacienda que, por cierto, me parece que es idéntico a Nermal, el gatito repelente al que odia Garfield.

 

¿Y la candidez?

Ya sólo me queda hablar de la candidez del pueblo estadounidense. Creo que ambas películas revelan lo duro que está siendo para nuestros vecinos del norte adaptarse a nuevas reglas del juego que tienen mucho menos que ver con lo que, hasta hace poco, era su brújula moral y sí mucho más con el mundo despiadado que conocemos el resto de los ciudadanos del mundo desde hace mucho.

Los estadounidenses siempre se han considerado un pueblo excepcional y, sí, muchos de los que hemos leído sobre el excepcionalismo estadounidense empezamos la lectura con cara de “ay, sí tú” sólo para concluir, al final, que sí son más raros que un perro verde. Si ya después se tuvo ocasión de vivir en aquel país, no puede más que confirmarse que son un pueblo muy distinto.

Se lo pongo en plata: ¿ha leído alguna vez la Constitución de Estados Unidos? Incluye, entre los derechos, “la persecución de la felicidad”. Dígame usted, querido lector, qué se puede pensar de un pueblo que se rige por un documento que incluye semejante cosa…

Ok, ok… Si eso no le convence, ¿ha visto los billetes de Estados Unidos? Ponen “In God We Trust”. Ay, nana… Cualquiera que viera eso en nuestros cada vez más feos, plastificados y colorinches billetes exclamaría un sonoro “ay, nomaaaaa”, porque no es un juego de monopoly. ¿O qué? ¿Resulta que el dólar vale gracias a Dios? Pues, believe it or not, así es.

Los mexicanos tenemos esta idea de que los gringos son posmodernos y disolutos, y que todos son como los pospubertos que antes de la no guerra caían en las playas mexicanas para el spring break. Y resulta que no: son un pueblo tremendamente religioso, probablemente mucho más que lo que resulta de nuestra muy particular interpretación de la religión, en la que se mezclan el comunismo de champán con el culto guadalupano y el sanjudismo.

¿Eso tampoco le parece suficiente para pensar que a los estadounidenses los han cortado con una tijera distinta? Está bien, está bien… Pero yo le pregunto: ¿ha llenado alguna vez un formato para la visa de Estados Unidos? ¿Notó que le hicieron preguntas muy raras? Por ejemplo: le preguntan que si usted colaboró con los nazis, que si pretende ingresar a Estados Unidos para llevar a cabo actos terroristas o si tiene alguna intención de derrocar al gobierno estadounidense. Eso sí le tiene que dejar a cualquiera que no sea de ese país con cara de what?! Desde nuestra particular mentalidad cochupera, coyotera y mochadora, uno no puede evitar preguntarse quién, en su sano juicio, se atrevería a contestar que sí a cualquiera de esas preguntas. Y, sin embargo, las preguntas llevan ahí mucho tiempo y me parece que, como dijo Don Teofilito, seguirán ahí, dado que el pueblo estadounidense sí cree en que uno contestaría con la verdad.

Por último le cuento una anécdota personal: cuando estudiaba yo la maestría en Estados Unidos y me tocó presentar el primer examen, me quedé de a seis. Resulta que el profesor anunció que podíamos hacer el examen donde quisiéramos y luego traerlo al salón y que sabía que no copiaríamos porque estábamos sujetos al código de honor de la prestigiosísima institución en la que nos encontrábamos. No le mentiré, querido lector: todos los estudiantes latinoamericanos (éramos cuatro gatos, pero escandalosos) de inmediato intercambiamos miradas con ojitos brillosos como de gallina que ve lombriz. Y que conste que yo siempre he pensado que copiar es como pedir limosna de cerebro, pero creo que está en nuestro ADN suponer que, si no hay autoridad, “¡ya la hicimos!”. No pasó ni un nanosegundo para que nuestras miradas de “yes!” se toparan con las de profunda reprobación de nuestros compañeritos anglosajones… Excuso decirle que cada quien hizo su examen por separado, porque la sanción del grupo para quien hubiera osado actuar diferente hubiera sido demasiado para soportarla.

Con todo esto lo que quiero decir son dos cosas. La primera es que pobres vecinitos… El mundo les está dando lecciones durísimas que los están obligando a perder la fe en quienes eran. Cualquier estadounidense que haya visto cualquiera de estas dos películas seguramente tuvo que empezar a tomar Prozac, si no lo hacía ya. La segunda es que creo que los mexicanos no podemos seguir viviendo de estereotipos sobre Estados Unidos. Urge que nuestra academia se dedique a estudiar con más detalle quiénes fueron, quiénes son y quiénes serán, simplemente porque estamos atados a ellos ya no sólo del ombligo sino de muchas partes más. Quizá si los conociéramos mejor, dejaríamos de tenerles el miedo atávico que, aparentemente, se mama en este país y también dejaríamos de suponer que sus acciones y decisiones surgen de los mismos impulsos que las nuestras.

 

EsotÉrika

 

1.   Llevé mi vehículo automotor al servicio en la agencia. Resulta que, como era de esperarse, se les atravesó Semana Santa y me dejaron sin auto todo el fin de semana. El lunes que fui por él el señor mecánico, muy amable, me explicó que le habían cambiado la pichancha, el bucle reverberador y la chafaldrana. Excuso decirle mi cara de mu sostenido. En eso, me dice que le cambiaron el filtro de la gasolina, que es un cedazo, y empieza a disculparse por usar “lenguaje técnico”… A ver, señor: una cosa es que a mí la mecánica me venga valiendo un verdadero rábano y otra que no hable yo español. Para rematar, me dice que me deja en la cajuela las piezas que le cambiaron para que se las enseñe “a mi esposo”. Á-ni-mas. ¿Por qué esta gente tiene que asumir que una es una mujer desvalida que depende de la mano firme y recia de un señor esposo? ¿Qué no estaban expidiendo la factura a mi nombre y no estaba yo pagando los sepetecientos mil pesos que costó el chiste con mi tarjeta, a mi nombre? ¿Acaso la agencia proporciona un marido para estos casos? Nos queda mucho camino por recorrer en materia de igualdad. Y si rematamos con el de la gasolinera que tuvo a bien decirme “damita”, ya ni le digo qué pensé, querido lector.

 

2.   Ya se casaron Guillermo y Catalina y podemos respirar aliviados. Nadie plantó a nadie en el altar y todo salió como se esperaba… bueno, no todo. Estíbalis, “la loca de la embajada”, no consiguió llegar a Londres para la boda… Qué caray… Y, sí, se le ha tildado de loca en más de una red social y en más de un foro, pero me temo que esta chata refleja en buena medida mucho de lo que somos los mexicanos. Me explico: tenemos dificultades para estar preparados, no planeamos con cuidado nuestras estrategias y acciones, nos apanicamos ante la autoridad, mentimos y luego queremos vivir de la caridad de los extraños para cumplir “nuestros sueños”, amén de hacer santo o santa a cualquiera (véase la obsesión de esta nena con Lady Di)… ¿Le suena familiar? Sí, esta historia se parece mucho a cualquiera que salga en La rosa de Guadalupe, Cosas de la vida o cualquier programa de concursos para ayudar a la señora con la mano en el ombligo a los que nos tiene acostumbrados la televisión nacional.

 

 

Palabrotas

 

pasota1.

(Der. irreg. de pasar).

 

1. adj. coloq. Indiferente ante las cuestiones que importan o se debaten en la vida social. Actitud pasota. Apl. a pers., u. m. c. s.

Ejemplo: Frente a las reformas que están debatiéndose, los diputados tienen una actitud pasota.

 

Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 22ª ed.

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