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Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
¿DE PANZAZO, DE PECHITO O DE REVERSA, MAMI?
Por Erika Ruiz Sandoval
24 de febrero, 2012
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Kinshasa, 24 de febrero de 2011.

 

¡Ajajá! ¿Qué dijo usted, querido lector? ¿“Ésta ya se dio a la fuga, se pintó el pelo y huyó al extranjero”? Pues no. Aquí estoy. Sigo viva. Esto no quita que siga como perico a periodicazos y como gallina en corral ajeno, todo a la vez, pero aún respiro. Y me muevo. Y sigo teniendo esa vocecita interior que me obliga a ver mi entorno con ojo crítico.

Estoy pasando por lo que se conoce como “curva pronunciada de aprendizaje” o, lo que es lo mismo, estoy acojonaíta perdida en mi nuevo hábitat, en el que, además, se trabaja de forma muy distinta a cualquiera de mis encarnaciones previas, se trate del servicio público o de la academia. Para que usted me entienda, querido lector, me está pasando como en ese episodio de la serie televisiva The Big Bang Theory en el que Sheldon va a la librería a buscar libros sobre cómo hacer amigos y se encuentra uno que se llama Stu the Cockatoo Is New at the Zoo (Stu la cacatúa es nueva en el zoo). Y, sí: yo soy la cacatúa.

Estoy aprendiendo mucho, si es que eso le sirve de consuelo, querido lector, y espero que me lo tome a mí como disculpa por las múltiples semanas que he estado en silencio. También empiezo a pensar que esto de reinventarse periódicamente es sano, aunque requiere una fortaleza que, con los años, se va menguando si uno no la ejercita.

En todo caso, aquí estoy, como siempre, a título personal, para contarle sobre todo aquello que me hace exclamar ¡qué necesidad tengo yo! En esta ocasión, quiero hablar de De panzazo, documental que se estrena hoy en múltiples salas en todo el país. Dados mis nuevos encargos, pude ver la cinta en premier la semana pasada, oportunidad que agradezco profundamente y más aún cuando este proyecto incorpora un tema que, como bien sabe, querido lector, me apasiona (psst… es la educación…) y también porque en él han trabajado arduamente amigos entrañables a quienes les tengo un enorme respeto por su seriedad de propósito y su entrega.

Si usted ya vio el tráiler del documental (infelizmente, el tráiler, a mi juicio, devela más de lo que debería), creo que no le estoy aguando la fiesta de ir a ver la película completa ni le voy a contar el final porque ultimadamente no lo tiene. Si tiene usted la mínima información, sabrá que es un documental sobre los severísimos problemas de la educación básica en México y de cómo ésa es una asignatura pendiente que no se ha podido resolver en décadas. Por el contrario, la situación empeora cada año y, en comparación con otros países, ya no sólo estamos pasando “de panzazo,” sino que da la sensación que vamos “de reversa, mami”, como dice el infausto reggaetón de bodas y fiestas de quince años.

Sin embargo, quiero proponerle que vaya a ver el documental con ojo crítico y lleve en mente algunas reflexiones. De panzazo, como tantas otras cosas en este país, exhibe un problema conocido por todos, aunque no al detalle (y créame que entiendo la dificultad de hacerlo en una cinta de hora y pico). También en un estilo muy de nuestro México, señala con dedo flamígero a los villanos que, de tan malos, terminan siendo personajes de caricatura. Entiendo que, si uno tiene a mano a un personaje como Elba Esther Gordillo, es difícil escaparse de nombrarla máxima villana. Cuando sale en pantalla, a uno le corre un escalofrío (¿de verdad era necesario el close up?) y, en la función en la que yo estuve, su mera aparición en el filme hizo que se atorara el Blu Ray y tuviéramos que esperar a que reiniciaran la proyección. Sin duda, con su aparición en la película se pone de pechito (no me refiero a aquella vez que se le bajó la blusa y supimos que era un mamífero… es una expresión común)…

Así las cosas, pareciera que la bronca de la educación básica en México es culpa de Elba Esther y de quienes, como ella, han hecho del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación la réplica de la cueva de Ali Baba. La educación pública en México pasa por uno de sus peores momentos porque, aunque se le dedica una parte sustantiva del presupuesto y mucho más dinero que en otros países que obtienen mejores notas en este rubro, el dinero se malgasta, no se invierte en infraestructura (believe it or not, hay telesecundarias sin electricidad y, ergo, sin tele) o desaparece en las garras de directivos y maestros corruptos que, para colmo, no se presentan en las aulas o, si lo hacen, contestan el teléfono celular a media clase.

Hasta ahí, aunque dantesco, el panorama apuntaría a una solución. Habría que hacer una purga estalinista y luego ofertar las plazas liberadas para que las ocuparan maestros con verdadera vocación y preparación, como algunos de los que verán ustedes en De panzazo. Sin embargo, creo que la cosa no va por ahí.

El problema de la educación en México supera, por mucho, a la Sra. Gordillo, al SNTE y a los maestros que no rebuznan porque no saben la tonada. Y en la misma película se puede ver por qué.

Empecemos con si la educación pública es peor que la privada. A juzgar por lo que se pone en el documental, no es así. Ni los niños de escuela pública ni los de la privada son capaces de sacar una proporción. No saben multiplicar, lo cual implica que tampoco saben sumar. Esto nos debería llevar a concluir que no es un tema de dinero, como apuntan unos niñitos repelentes de escuela privada que aparecen en el documental, sino que se trata de algo más.

¿Los maestros de escuela privada no contestan el celular a media clase? No me cite, querido lector, pero conozco más de uno que en prestigiosísimas instituciones de educación superior hacen eso y cosas peores.

En diversas partes de la película se verán dos cosas fundamentales. Por un lado, que, en ausencia de los maestros, los niños y niñas hacen escándalo, se tiran al suelo, se pegan entre sí, arrojan objetos, juegan cartas y hasta componen canciones. A mi juicio, si así son las cosas, no se necesitan maestros, como piden desesperadamente las madres de familia, sino domadores con látigo que controlen a estas fieras que incluso se dan, como los carneros, cabezazos entre sí y se dejan arrastrar por el suelo por sus “compañeros”.

En otras escenas, se aprecia que la escuela en la que se graba está totalmente vandalizada: los pupitres están dañados, las ventanas están rotas, los bebederos tienen todos los mosaicos hechos añicos y la escuela está llena de grafiti. De hecho, durante la secuencia que se filma ahí, los estudiantes que se quejan del estado del inmueble pintan un grafiti más, con faltas de ortografía obviamente. ¿Es labor de los maestros evitar esto también?

En otra secuencia más, los alumnos le hacen “bolita” a un profesor. Lo rodean y brincan a su alrededor, no sin achucharlo. ¿Cuándo se le habría ocurrido a usted, querido lector, hacer lo mismo con cualquier maestro suyo, sin importar si era en primaria, en secundaria, en bachillerato o ya en la universidad o en el posgrado? ¿Eso es algo que tendrían que enseñar los maestros o se trae de casa?

Para mí, entonces, a estas alturas tenemos ya dos villanos: Elba Esther y similares y los maestros faltistas y contestadores de celulares, pero también los padres de familia que no le dan a sus hijos la mínima educación para convivir en sociedad.

Yo nunca he dado clases en educación básica ni en media superior. Sin embargo, en instituciones universitarias públicas y privadas del mayor prestigio me he visto en la penosa necesidad de llamar la atención a mis alumnos por comportamientos que deberían saber desde casa que no son tolerables ni en la escuela ni en ningún otro sitio en el que se deba convivir con otras personas: contestar el celular, no bañarse, subir los pies al asiento o mesa de enfrente, usar cachucha o lentes oscuros dentro del aula, usar ropa transparente sin prendas interiores, darse el lote con el novio/a en la puerta del salón a la vista de compañeros y profesores, bostezar como el león de la Metro Goldwyn Mayer en la mismísima cara del profesor y hasta dejarse la ropa interior en la h. h. h. biblioteca. Sume también, querido lector, la incapacidad para controlar esfínteres durante hora y media sin que medie cistitis alguna, lo que se traduce en la interrupción de la clase o de la película, la obra o el concierto.

El documental hace también comparaciones internacionales. Asumo que me debo fiar de los datos ahí presentados, aunque consideren a Shangai un país… Bueno, supongo que eso pasa justo porque la educación es mala en México. Pero cabe ir más allá. ¿Por qué la educación en Finlandia es mejor que la nuestra? ¿Tendrá que ver, por ejemplo, con el frío infinito o con que son mayoritariamente luteranos? ¿Por qué tiene mejor nivel la educación en Uruguay? ¿Tendrá que ver, entre muchas otras cosas, con que son como 4 uruguayos y es una sociedad tremendamente homogénea que vive en un país del tamaño de una nuez? ¿Por qué los coreanos van mejor? ¿Será porque viven en una sociedad en la que la comunidad pesa más que el individuo, como en tantos países asiáticos, y tienen disciplina confuciana? Yo quisiera que lleváramos las comparaciones internacionales más allá y miráramos de verdad qué es lo que está pasando, más allá de que ni la SEP ni el SNTE sepa cuántos maestros hay en México.

Mi intuición dice que una de las cosas que nos tenemos que poner a ver es qué le ha pasado a nuestra sociedad. ¿Por qué en casa ya no se aprenden las conductas mínimas para convivir en sociedad? Y también hay que preguntarnos si de verdad nos importa tanto la educación. Cuando cualquiera se entera del titipuchal de años que he pasado con la nariz metida entre los libros y lo que le pagan a un profesor, la mayoría no entiende por qué me dediqué tantos años a eso. Pensemos un momento si en nuestra sociedad actual el papel del maestro es apreciado. Piense usted, querido lector, si le gustaría que sus hijos o nietos se prepararan durante años para ganar una bicoca al mes que no les permite siquiera pagar una renta, así que olvídese de formar familia o de cualquier otra cosa.

Por último, ¿de verdad podemos ver a nuestros niños y jóvenes y decirles a la cara que, si estudian, van a superar a sus padres y tendrán un trabajo legítimo y digno para luego formar una familia y llevar una vida plena en México, tal y como aconseja cualquier episodio de telenovela? ¿Sigue viva aquella máxima de “hijo de campesino, licenciado”? ¿Podemos seguir llenándonos de licenciados que terminarán de taxistas o tianguistas? ¿Usted le aconsejaría a alguien que hiciera una maestría en un centro de excelencia con una beca de 4,000 pesos mensuales o, peor aún, un doctorado con un estipendio de 5,400 pesos para que, cuando lo termine, le digan que no hay plazas y se vuelva milusos o que, si las hay, le pagarán 12,000 pesos al mes?

¿Será que la lógica infelizmente ya cambió y entonces nos movemos más por el dinero de tanto ver a sabandijas como “La Barbie” que prefieren “vivir como rey que trabajar como buey”, aunque sea en una actividad ilícita? ¿Dinero mata a educación?

Vaya a ver De panzazo. Qué bueno que sirva para detonar la discusión. Eso sí: le suplico que llevemos la reflexión hasta el fondo. Metámonos hasta la médula y, por favor, querido lector: no sigamos repitiendo los “mantras educativos” que, durante años, nos han traído hasta aquí.

 

EsotÉrika

Esta sección podría estar repleta de anécdotas, pero me han pedido que ejerza la moderación. Le contaré más cosas, querido lector, en mi próximo.

Palabrotas y frases domingueras

Poner (a alguien) como chupa de dómine

 1.  loc. verb. coloq. poner como un trapo.

Poner (a alguien) como un trapo

1. loc. verb. coloq. Reprenderle agriamente, decirle palabras ofensivas o enojosas.

 Ejemplo: De panzazo pone a Elba Esther como chupa de dómine.

 

Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 22ª ed., (DE, 24 de febrero, 2012: http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=chupa).

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