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Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
De por qué no fui a la marcha aunque esté hasta la madre
Por Erika Ruiz Sandoval
8 de abril, 2011
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Kinshasa, 8 de abril de 2011.

 

Yo sólo me he manifestado una vez. Lo hice el 12 de marzo de 2004, en Barcelona, un día después de los atentados perpetrados en los trenes de cercanías de Madrid. Cuando mi santa madre se enteró de que iba a manifestarme, estuvo a dos de prohibírmelo; no importaba que hubiera un océano de por medio y que yo pasara ya de los 30, porque mi madre es mucha madre. Pero, como le dije, era salir a la calle a compartir la pena con el resto de la gente o seguir llorando como magdalena sola frente al televisor, conforme pasaban más imágenes del horror.

De esa manifestación aprendí mil y un cosas. Probablemente la más importante sea que, en sociedades democráticas, cuando ocurre algo tan horrible, tan deleznable, tan brutal como un atentado terrorista, no importa si lo hizo la ETA o Al Qaeda o si el gobierno es de izquierda, de centro o de derecha. Ancianos, adultos, jóvenes, niños, bebés y hasta mascotas tienen que salir a la calle y con un silencio contundente a más no poder mostrar su rechazo a conductas que no son aceptables en una sociedad que se rige por normas y valores de corte democrático. No se gritan consignas. No se apoyan grupos políticos. No se echan culpas al azar. No se busca sacar raja de la tragedia. Se sale a plantar cara frente a quienes buscan destruir un sistema de vida, sin miedo, para decirles con toda la fuerza de una sociedad unida que NO, que así NO, y que no hay bandera ni causa que amerite matar inocentes y aterrorizar a hombres y mujeres de bien.

La marcha que se convocó el miércoles pasado, con el lema de “Estamos hasta la madre” y convocada por un padre roto de dolor porque le mataron a su hijo, me parece que no terminó siendo un ejercicio similar. Se mezcló el “estamos hasta la madre” –son taaaantos los motivos en este país para declararse en ese estado que cuesta trabajo decantarse por uno– con el “no más sangre” –¿de todos, de los míos, de quién?– y con cuanta preocupación extra se tuviera en ese momento. En ninguna parte del país, según lo que cuentan quienes estuvieron en esas otras movilizaciones, dejó de haber una politización de la protesta.

Y es justo por eso que me parece que la protesta perdió toda fuerza y razón por la que no me apersoné. Pareciera que los mexicanos estamos siguiendo una estrategia de escopetazo, en la que nuestras demandas terminan dispersándose y perdiendo punch, porque nos lanzamos a la calle con una protesta tutifruti sin entender qué canal corresponde a cada una: que cambie el gobierno, que se vaya Calderón, que gane el Chicharito, que se acabe la violencia, que no haya fraude, que suba el salario, que no haya más feminicidios, que no haya pobres, que no haya sobrevuelos de Estados Unidos, que se acaben los monopolios, que saquen al Ejército de las calles, que haya banquetas donde no las hay, que haya agua, que no se vaya la luz, que haya trabajo, que no haya ninis pero que no los toquen, que haya justicia en el caso ABC, y así un larguísimo (pero que muy largo) etcétera.

En esta gran manifestación fue imposible salir a decir ¡BASTA! y decírselo a quien hay que decírselo, para empezar: a los criminales. Oigo y leo propuestas de que hay que pactar… ¿pactar con quién? ¿En qué términos? ¿A partir de qué códigos? ¿Cómo pactar con quienes ahora me impiden circular libremente por el país, con quienes matan sin piedad, con quienes descuartizan y no tienen respeto alguno por la vida? ¿Con quienes cuelgan mantas y cadáveres aterrorizantes? ¿Con quienes no tienen respeto alguno por la ley ni divina ni humana, ni local ni federal ni internacional? Y créame, querido lector, que esas voces me asustan, y mucho, porque significa que los mexicanos no tenemos un límite y que definitivamente la ley pareciera que nos es ajena: todo es transable, todo es negociable. Ahora me explico por qué la lumbre nos llega a los aparejos… Porque lo hemos permitido.

Y pues no, querido lector. No todo se vale, no todo es negociable y no todo es transable. No en el México que yo quiero para mí y para los míos, y al que he vuelto cuantas veces me he ido para tratar de trabajar por él.

Podemos estar hartos del gobierno del presidente Calderón. Y es normal. No ha sido un gobierno exitoso, el “estilo personal” del señor Presidente no inspira más que rechazo y su estrategia contra el narco es de horror. Podemos disentir en ese sentido y pensar que está intentando matar moscas a cañonazos y que los costos de su guerra no los podemos aceptar. Pero para cambiar eso no se necesita una marcha; tenemos elecciones en 2012 y cambiará el titular del Ejecutivo y, si así lo queremos los votantes, el partido en el poder. Y se podrán seguir cuantos caminos ofrece la ley para hacer pagar a quienes optaron por una estrategia que lleva poco menos de 40,000 muertos; 5,000 desaparecidos; y 240,000 desplazados.

Pero aun no estando de acuerdo con la estrategia que ha seguido el gobierno del presidente Calderón en lo relativo al combate al narco, y sabiendo que ha sido un enorme error poner al Ejército en las calles para una tarea como ésta (simplemente porque ésa no es su labor y punto y atacarlo como institución es un sinsentido), no creo que haya estrategia alguna que pueda tener éxito si no se parte de un rechazo generalizado por parte de la población al crimen organizado en su totalidad y al narcotráfico en particular. Hasta que en este país no estemos listos para salir a decir un ¡BASTA! a los delincuentes, desde todas las corrientes, desde todos los partidos, desde todos los estratos y desde todos los puntos cardinales, veo difícil que podamos poner la primera piedra del nuevo país que queremos construir.

 

EsotÉrika

 

1.   Kinshasa es de muerte lenta, señores. Esta semana no sólo he pasado incontables horas-nalga (cuyo precio no le quiero ni contar) en el auto por la manifestación, por la obra, por la hora pico, por el atarugamiento generalizado producido por el horario de verano, porque ya necesitamos vacaciones otra vez, porque, porque, porque… En mi nueva investigación, averigüé que vivo a 18 km de mi trabajo. Tiempo promedio de desplazamiento: 80 minutos. Más me valdría desplazarme en una Avalancha con ruedas de patineta y con tracción de 20 zarigüeyas… Creo que llegaría más rápido.

 

2.   La Compañía Federal de Electricidad, sí, ésa de “clase mundial”, se  ha dedicado a jugar al apagón en mi colonia. Parece que alguno de sus empleados se quedó con la fijación de aquella canción de Yuri, pero a mí me está partiendo la vida. Ya las lámparas de emergencia no funcionan. La tele nueva está que explota. No hay despertador, alarma, minutero de cocina o programación de cafetera u horno que aguante este ritmo. Ya tuve que subir los ocho pisos que van del lobby a mi habitáculo con una vela cual monje loco. Excuso decirle que me duele hasta el miringo… ¿Y quién paga los daños?

 

3.   Esta semana doy inicio a una nueva saga. Se llama la “Saga IMSS” y tiene que ver con que tan glorioso instituto me ha enviado un citatorio para que “declare conforme a mi derecho convenga” con respecto a un cobro fraudulento de incapacidades médicas. Yo sólo me he parado en el IMSS una vez, querido lector: el día que fui a darme de alta y a sacar el carnet. Desde entonces, no he vuelto ni a mi clínica ni al hospital de especialidades que me corresponde ni mucho menos. Tampoco he solicitado incapacidad alguna y tampoco he padecido un embarazo tipo elefante de 24 meses. El lunes me apersonaré en las oficinas centrales para intentar aclarar esta situación. Ya tengo listos mi primer zapatito (cobrizado, comme il faut), mi primer diente, un mechón de pelo, la pulsera original del hospital en que nací, el acta de nacimiento en original y 60 copias (llevo una enmicada también, por si acaso), la hoja rosa, la hoja azul, la hoja amarilla, mi diploma de kínder, la fe de bautismo, un trozo de mi cordón umbilical (en formol, en un frasco de Gerber) y mucha paciencia, como hay que hacer cada vez que uno tiene que hacer un trámite en este país. Deséeme suerte, querido lector.

 

4.   La psicosis anda a peso. A pesar de que me he autoimpuesto límites (sí, como en la Iniciativa México), y sólo me permito cinco muertos al día (sean de realidad o de ficción, lo cual implica que si veo el noticiero o leo prensa no puedo ver CSI y viceversa), creo que ando con los nervios como cuerda de violín. Esta semana iba yo alegremente rumbo a una sesión de reflexología, dizque para relajarme, cuando, al cruzar Ave. Cuauhtémoc a pie, descubrí que había una enorme marcha de Antorcha Campesina que se dirigía a las oficinas de Sagarpa que están en Municipio Libre. En lo que trataba yo de dilucidar qué decía el “ideólogo” del altavoz (¿a poco no los que van gritando consignas con megáfono se escuchan igual que la maestra de Charlie Brown? Es una cosa tipo “wa wa, compañeros, wa wa wa, oligarquía, wa wa wa, no conseguimos sobrevivir, wa wa wa…”), ¡zas! ¡Que suena un bombazo/disparo! Por poco me tiro pecho tierra en pleno asfalto. Claro, cuando vi que el poli fosforito ni se inmutó, recapacité y me evité el desfiguro (además, no confiaba en que el sujeto en cuestión me levantara del suelo). Que no fue disparo ni bombazo, sino una palomota como de 100 pesos… Y digo yo: ¿qué ganan los manifestantes con ir explotando cohetones a su paso? Gaznápiros. Excuso decirle para qué me sirvió la reflexología que, como era de esperarse, estuvo amenizada por más cohetones y los entrañables claxonazos del respetable que no podía cruzar Cuauhtémoc… ¡Qué necesidad tengo yo!

 

Palabrotas

 

A sugerencia de un lector de esta bitácora electrónica (aka blog) y entrañable ex alumno, recupero una tradición de hace tiempo que consistía en poner cada día en la puerta de mi oficina una palabra o frase con su significado. Empiezo con la que él me envió en un tuit.

 

pomada.

(De poma).

 

1. f. Mixtura de una sustancia grasa y otros ingredientes, que se emplea como cosmético o medicamento.

2. f. coloq. Círculo de personas que por su prestigio o influencia ocupan una posición social o profesional privilegiada. Eran los triunfadores, la gente que estaba en la pomada.

3. f. Arg. betún (‖ para el calzado).

estar alguien en la ~.

loc. verb. coloq. Arg. Conocer un tema a fondo.

 

Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 22ª ed.

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