¿Dónde estás, Capitán América? - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
¿Dónde estás, Capitán América?
Por Erika Ruiz Sandoval
28 de enero, 2011
Comparte

A principios de la década de los cuarenta, justo cuando el mundo se encontraba en plena Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos estaba por dar el paso para convertirse en una superpotencia –ya no sólo por su poder, sino también porque estaba dispuesto a serlo–, el Capitán América, superhéroe de cómic, vio la luz por primera vez. El Capitán América era el alterego de Steve Rogers, un joven enfermizo, nacido durante la Gran Depresión, sin padre ni madre, que, por medio de un arriesgado experimento, alcanzaba la perfección humana.

Quizá ésta sea la mejor característica del Capitán América: tenía el cuerpo más perfecto que se pudiera tener, pero no perdía su condición de humano. Era ágil, fuerte, rápido, resistente y con gran velocidad de reacción, pero sus “poderes” eran realmente resultado del entrenamiento físico y táctico –con una “ayudita” de un súper suero– y ninguno lo hacía inmune a las vulnerabilidades humanas. Con su traje rojo, blanco y azul, se convirtió durante la Segunda Guerra Mundial en un símbolo de libertad, de justicia y de la efectividad de Estados Unidos.

El Capitán América, para mí, englobaba todo lo que durante décadas quiso ser/fue Estados Unidos y, por eso, siempre he usado ese nombre para referirme a ese país cuando intento explicar el mundo de la segunda posguerra. En aquel ambiente turbulento y desesperanzador, ese Estados Unidos equiparable al Capitán América –fuerte, rubio, ojiazul y vigoroso– sirvió de referencia al resto del mundo y sentó las bases de un sistema internacional que hoy se encuentra en plena transformación.

Esto no significa que quiero poner a Estados Unidos en un pedestal. Desde luego que en sus luchas contra el nazismo, el fascismo, el comunismo, el anarquismo y el terrorismo –por cierto, todos enemigos también del Capitán América en los cómics de distintas épocas– también creó otros problemas cuyas consecuencias hoy vive este mundo globalizado, pero también tremendamente desigual. En muchas ocasiones, las posiciones estadounidenses fueron simplistas, reduccionistas y maniqueas. En otras, la ingenuidad de su idealismo creó más problemas que los que podía solucionar. Y en otras tantas más se comportó como la superpotencia que era, para algunos incluso como imperio, aunque siempre sui géneris.

No obstante, quizá como pasó con el fin de la Guerra Fría, hoy se extraña la certidumbre relativa que daba tener a Estados Unidos como ese policía mundial (por voluntad propia o por defecto) o, al menos, como la voz más fuerte en Occidente que servía de referencia para el resto. Podía uno estar de acuerdo o no con las posiciones estadounidenses, pero su cuasi omnipresencia no se cuestionaba. El pináculo de ese poder vino con el fin de la Guerra Fría, cuando el término de “superpotencia” ya no era suficiente para describir el poder que había acumulado y hubo que inventarse el de “hiperpotencia”.

Sin embargo, a partir de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, el poder estadounidense empezó a cuestionarse. No me malinterpreten: Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso del mundo. No obstante, las reacciones posteriores al 11-S, y en particular la invasión a Iraq, empezaron a mostrar a un Estados Unidos que se asemejaba más a un elefante en una cristalería que al “líder del mundo libre”.

Hoy, Estados Unidos está sumido en una profunda crisis interna. A la división ideológica entre las costas y el centro del país, que se ha ido profundizando con los años, hay que añadir las consecuencias de la grave crisis económica que tiene los niveles de desempleo en cifras récord. Ni siquiera Obama, que por contraste con Bush llevaba las de ganar, ha conseguido revivir a aquel Capitán América.

El martes, Obama presentó su segundo discurso sobre el estado de la Unión. El discurso ya lo quisiéramos para un día domingo los que tenemos políticos de caricatura que usan frases como “haiga sido como haiga sido” y otras joyas semejantes. Sin embargo, por buena que sea la oratoria de Obama y por significativo e inspirado que sea el texto, no manda buenas señales para el resto del mundo.

Estados Unidos seguirá concentrado durante un buen rato en temas internos. El exterior es una preocupación secundaria, aunque los retos sean inmensos. Afganistán, Iraq y ahora también Irán siguen siendo temas pendientes sin solución aparente y, además, su resolución es condición necesaria para poder desarrollar una estrategia con respecto al resto del mundo. El ascenso de China resulta amenazante para un Estados Unidos que se siente vulnerable. Sus socios tradicionales, los europeos, también tienen suficientes problemas internos como para no poder echar una mano.

Si a esto se suma el bochorno producido por los Wikileaks y la incipiente revolución en cadena que se está desarrollando en Túnez, Egipto y Yemen, sin que hasta ahora se pueda predecir hacia dónde conducirá, Washington no está pasando por un buen momento y uno siente la necesidad de gritar aquello de “¿y ahora quién podrá defendernos?”. Basta ver la cara de la Secretaria de Estado, Hillary Clinton: de aquella mujer fuerte y decidida queda poco. Se le ve agotada y con ganas de volver a una vida mucho más tranquila. Es como si el Capitán América se hubiera quedado sin aliento.

¿Esto es bueno para México? Para muchos que ven esta situación desde aquí, ésa es una buena señal. ¡Por fin Estados Unidos entra en franco declive! Debe ser que los domina el antiyanquismo genético del que adolece este país, ése que describe a la Coca Cola como “las aguas negras del imperialismo yanqui” y que se siente en todo su esplendor en las comidas familiares de los domingos.

Yo no creo que haya que alegrarse. Por el contrario: la falta de Capitán América para México es una muy mala noticia. Si el declive estadounidense es un hecho, agárrense porque caemos con ellos. Para muestra, hay que echar un vistazo a la visita de la secretaria Clinton a México para tratar de llevar a cabo una “operación cicatriz”, una vez que los Wikileaks revelaron lo que los mexicanos ya sabíamos pero que, dicho por bocas estadounidenses, “cala” un poco más: Estados Unidos no confía en las instituciones mexicanas que participan en el combate al narco, porque son corruptas, están descoordinadas o todas las anteriores y muchas más. Sin embargo, el discurso público y oficial es que Estados Unidos apoya “all the way” al presidente Calderón en su lucha contra el narcotráfico.

Hasta en eso se nota la fatiga de Estados Unidos con su vecino del sur y consigo mismo: sabe que las cosas no van bien pero ante la galería hay que apechugar y apoyar, porque eso es lo políticamente correcto. Y esto es una mala señal, porque significa que los mexicanos estamos prácticamente solos con nuestras miserias. Me invade la nostalgia: ¿dónde estás, Capitán América?

EsotÉrika

Abro este colofón porque siempre se me queda algo en el tintero. Esta vez tengo dos episodios que contarles:

1. Esta semana me correspondió hacer entrevistas de ingreso para una licenciatura de la rama de las Ciencias Sociales. Entre las niñas que han sido socializadas para parecer frívolas e “ingenuas”, y que recurren a clichés como “quiero estudiar esta carrera para ayudar a mi país y al mundo” –mientras baten las pestañas como si estuvieran poseídas por Clarabella–, y el sujeto que dijo que él pensaba “empezar desde abajo” en la Suprema Corte (¿?), no me queda más que concluir: ¡qué necesidad tengo yo!

2. Ayer fue un día de pesadilla vial en el Distrito Federal. La protesta de unos pocos se convirtió en el infierno de muchos. ¿La autoridad? Ausente. El problema es que estos días se vuelven cada vez más comunes. Y, además, si no está uno atrapado en el tráfico infernal, sufre las consecuencias de un servicio de telefonía celular deficiente, de la falta de agua por las fisuras del sistema Cutzamala, de la falta de energía eléctrica por las ineficiencias de una “compañía de clase mundial”, de la falta de servicio de televisión por cable, de la caída de la red y, a veces, de todo a la vez. Y encima toca apechugar con discursos gubernamentales incoherentes y medios de comunicación que hacen y reproducen basura, síntoma de que esta sociedad está enferma, muy enferma. Si sumamos la violencia que se ve, se respira y se padece, habría que advertirle a los “tomadores de decisiones” (whatever that means) que estamos en estado almodovariano, es decir, al borde de un ataque de nervios. Ya sé que el dicho dice que la vida es difícil en el trópico, pero, si de eso se trata, ¿dónde están el mar, la hamaca y la piña colada? Una vez más: ¡qué necesidad tengo!

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.

close
Información verificada del COVID-19 #CoronavirusFacts