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Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
El extraño retorno tras la extraña desaparición: confesiones de seis semanas
Por Erika Ruiz Sandoval
9 de agosto, 2011
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Kinshasa, 7 de agosto de 2011.

 

Querido lector: es usted un santo por haber esperado la friolera de seis semanas para que quien esto escribe reapareciera y, encima, lo hago tarde. Por cierto, vaya paciencia de los amigos de Animal Político, que tienen tanta clase que no me han jalado las orejas ni me han perseguido cual apaches en busca de zarigüeyas para que diera señales de vida… Hay otros que tendrían que aprender de esto, caray. ¡Viva la libertad!

Total: he estado jugando al camuflaje, a fingir demencia, al “no sabe/no contesta” durante las últimas seis semanas. Usted no está para saberlo ni yo para contárselo, pero tengo una confesión que hacerle: odio los cambios. Los cambios me angustian, me deprimen, me matan, me inquietan, me provocan insomnio, me dan taquicardia y sacan, generalmente, lo peor de mí. Ah, ¡cómo sufro con cualquier modificación!

Si sospechaba usted que era conservadora (que no es lo mismo que panista), ahora tiene una confirmación. Muchas veces, mi viejita interior (estoy convencida de que todo mundo tiene uno(a), pero nadie lo confiesa… La mía se llama Ágata y ronda las 90 primaveras) es la que toma el control y es la que más patalea cuando hay que cambiarle la rutina. Los cambios macro (de trabajo, de domicilio, de país o de peinado, si es radical la cosa…) me sacan de balance, me agobian, me obligan a cuestionarme mil y un cosas…

Creo que ahí está el quid del asunto… Cada cambio implica una introspección y un recuento de pasado para saber cómo es que llegó uno ahí y preguntarse aquello de “¿y ahora?” que joroba a cualquiera. Y más le vale a uno que el dichoso análisis lo agarre a uno con la autoestima hasta arriba, porque, si no, empieza uno a devanarse los sesos con el tiempo verbal más inútil de todos: el hubiera. ¡Ánimas! Como diría mi tía abuela, ¡qué ganas de buscarle chichis a las culebras! Pero también sé que esto está en la naturaleza humana y pues hay que apechugar.

Este mes de julio trajo ese bendito momento… En mi encarnación anterior, andaba yo de visita y entonces me dijeron aquello de “las visitas tienen sueño, los sombreros aquí están, ya dirán sus mercedes si se quedan o se van” y tuve que tomar mis bártulos, dar las gracias y darme a la fuga. Por cierto, en caso de que a usted le inquiete, querido lector: van dos veces seguidas que me hago la loca y trato de impedir los cambios llenando mi oficina de adminículos, muebles, aparatos, papeles, libros, lámparas, sillones, electrodomésticos, decoraciones de Navidad y Día de Muertos… Y también dos veces he tenido que juntar una cincuentena de cajas y hacer la mudanza en dos días, porque ni siquiera el look hoarder (¿ya vio ese programa? Si tiene tendencias a la acumulación de cosas, le sugiero que le eche un vistazo) ha impedido que el cambio llegue.

Entonces ya me quedaron claras dos cosas: la primera es que no tiene sentido esto de atrincherarse porque el cambio siempre llega. Además, ahora tengo la cincuentena de cajas, más los muebles y aparatos, a media sala. Tengo el firme propósito de, esta vez, tener una oficina minimalista. La segunda es que, si tomara yo el Veritaserum de Harry Potter, pronto soltaría toda la sopa: cuando llegan los cambios a mi vida es porque son urgentes y los estoy pidiendo a gritos, aunque no me lo confiese ni a mí misma. ¿Se da usted cuenta de la paradoja? Me resisto como tortuga boca arriba a los cambios y, a la vez, yo misma los busco, los procuro, los necesito. Creo que aceptar esto es un signo de madurez (¡que no de vejez, eh!).

Total, que llegó el momento inevitable de hacer balance, verme al espejo, preguntarme qué quiero hacer ahora, sopesar pros y contras, mandar el ridiculum actualizado, hablarle a gente, repetir lo de “qué necesidad tengo yo” mil y un veces como mantra que es, trazar escenarios (incluido el de “¿y si me dedico a tejer escarpines en mi casa para Navidad?” y el de “con un par de cazuelas moleras en Portales ganaría yo más”), atormentar a mis amigos y familiares con lo de “no somos nada” o aquello de “para qué ha servido todo esto si hasta un mono de cilindrero ganaría más que yo que me he quemado las pestañas desde chica” y también el “por eso estamos como estamos” y el “dónde quedaron los valores”, amén de un larguísimo etcétera.

Al final, he dado un giro relativamente radical. Tengo en pausa la academia –por faltona, por ingrata, por pretenciosa, por cerrada, por frívola, por malinchista y por mamerta– y espero oxigenarme al estar en otro ámbito, conociendo a otra gente y haciendo otras cosas, aunque estoy convencida de que, en México, los seis grados de separación son realmente como tres o cuatro nada más y de que no tardaré en tropezarme con los usual suspects. Confieso que me pongo muy macha cuando digo o escribo esto, y racionalmente lo creo de verdad, pero en el fondo me corren dos lagrimones porque, por primera vez en diez años, no tengo planeado ni para el corto ni para el mediano plazos iniciar semestre con educandos nuevos… Estoy tratando de sobrellevarlo con visitas a mis distintas naves nodrizas y comprando papelería “para mi nuevo trabajo”, pero, en el fondo, duele. Creo que a veces también me posee el espíritu de Sara García, pero no se lo cuente a nadie, querido lector, que de por sí se piensa que soy un perro verde.

En las seis semanas que han pasado desde que no le escribo, querido lector, he andado en una suerte de montaña rusa emocional. Por momentos pensé en pintarme el pelo y huir al extranjero, pero al final sigo pensando que mi lugar está aquí, aunque ya no estoy tan segura de que “aquí” implique también Kinshasa, pero dejé esa preocupación para otra reinvención. Sigo pensando que, si todos nos damos a la fuga, esto de verdad se hundirá. Claro, tampoco me adorno pensando que mi presencia en el h. país impida su hundimiento ni mucho menos: Dios sabe lo que se han empeñado Felipito y secuaces de todos los colores para que este barco se vuelva el Titanic, pero no me veo en el papel de mandar todo a paseo y cambiarme el nombre a Helga.

Una vez decidido que el look L’Oréal no era lo mío, hubo que lanzar las redes lejos. Y de tan lejos que fueron a dar, resulta que me he topado con otra flora y fauna a la habitual. Aquí va otra confesión: yo nunca había pasado por un proceso de contratación estándar y, la verdad, ¡qué susto! Fui a entrevistas, tuve que llenar formatos, hacer examen médico y, peor aún, aprobar el examen psicológico. Por cierto, gente de Recursos Humanos: ¿por qué la solicitud de empleo incluye que uno ponga qué día empezó la educación primaria? ¿Eso a quién le importa? Uno asumiría que, si el candidato ya cursó el posgrado, en algún momento aprobó la primaria, ¿no? Y en cuanto al examen psicológico, “de valores” o como quieran llamarle, creo que sí hay un límite establecido por Naciones Unidas relativo a cuántas veces le puede usted preguntar al futuro trabajador si fuma mariguana o no sin violarle los derechos humanos. Con tanta preguntadera sólo están metiéndole en la cabeza al candidato en cuestión que tal vez la debería fumar…

En lo que andaba yo en eso, traía la cabeza en la luna de Valencia, supongo, y estampé mi vehículo automotor. Increíble, pero cierto, es la primera vez que algo así me pasa: nunca había chocado yo, pero sí me habían chocado, al punto que a uno de mis coches anteriores hubo que bautizarlo como Farinelli, pues le dieron tantas veces por atrás que le quedó claxon de soprano. De todas formas, y aunque reconozco que yo tuve la culpa, quiero aclarar que hubo circunstancias que me obligaron a chocar.

Le cuento, querido lector: iba yo alegremente subiendo por Reforma, rumbo a Santa Fe. De repente, en la primera curva de la carretera México-Toluca, la h. h. h. policía tuvo la feliz ocurrencia de poner un retén. Sí, en una curva, en una carretera (si usted es sueco y no comprende esto, no importa… Tenga la certeza de que no le miento y siga leyendo). Yo, que iba por el carril de la extrema derecha (de nuevo, esto no revela necesariamente mis preferencias ideológicas), tuve que cambiarme de carril para evadir quedarme parada como mema enfrente de un cono naranja. Para cambiarme de carril, tuve que acelerar. La maniobra se hizo con éxito, pero no contaba yo con que el h. h. h. oficial con cara de Weeble (¿recuerda usted esos muñequitos que no se caían nunca?) le hiciera el alto en seco a una camioneta que iba enfrente. La camioneta, obediente, se frenó en seco y se metió al retén. El coche que iba atrás, un Mercedes, alcanzó a frenar. Yo frené, pero me detuve con la cajuela del dichoso Mercedes. ¡Diantres!

Lo primero que hice fue bajarme a ver si la gente del Mercedes estaba bien. La señora que iba en el asiento de atrás ya le estaba diciendo sus verdades al policía, así que asumí que sí y me dispuse a llamar al seguro. Obvio, me tocó empezar a dar santo y seña al chato del seguro y rogarle a San Pafnucio para que vinieran pronto al rescate. Estaba yo en eso cuando uno de los h. h. h. policías empezó a golpearme la ventana y a hacerme señas para que la bajara. Obviamente yo le hice señas de “momentito” y resultó que el santo varón se ofendió. Cuando terminé la llamada y conseguí abrir la puerta (no estaba yo en condiciones de relacionar lo de poner la llave en el switch con bajar los vidrios), el policía me soltó un “no tiene usted siquiera la cortesía de bajar el vidrio para hablar conmigo” (¡qué séntido!). Le expliqué que estaba hablando al seguro y que, para mi desgracia, no podía yo hacer dos cosas a la vez. Acto seguido me salió con un “no vaya a llorar”, que le mereció la mirada 45 y un sonoro “si yo no lloro… nomás me acuerdo”.

Todo parece indicar que los Mercedes, al ser coches alemanes, tienen un trasero muy sólido. Mi vehículo automotor, que está hecho en Brasil y es una oda al plástico, aguantó lo que pudo, pero tampoco pudo mucho y le quedó el frente tipo Navarrete. Por cierto, ¿ya vio usted, querido lector, los espectaculares que puso este señor? ¿Verdad que parece el revival de la campaña aquella de protección infantil de “mucho ojo”? A mí particularmente me perturba eso de “No me sigas…” y estoy en total y entera disposición de obedecerlo y de decirle a cuanto menor de edad conozco que haga caso. ¡Brrr! ¡Mufasa!

Pero, volviendo al tema que nos ocupa, como a mi autito le empezó a salir vapor y también se puso a chorrear líquidos varios, hubo que esperar a la grúa. Afortunadamente, a nadie le pasó nada grave, el Mercedes prácticamente ni se inmutó y mi seguro respondió rápido y bien. Incluso la grúa llegó rápido, así que no tengo de qué quejarme. Eso sí: me quedé de peatona, que es una categoría de alto riesgo en Kinshasa, prácticamente un mes, pues apenas pude recoger el vehículo automotor ya compuesto el sábado pasado.

Ah, pero es que no le he contado, querido lector, por qué no me quejo: resulta que ahora trabajo enfrente de mi casa. In your face, Kinshasa! Ya no voy en auto al empleo, sino que camino con pasito tun tun hasta mi oficina, así que mi índice de quejumbres está en números rojos. Eso no implica, querido lector, que el trayecto hacia y desde el empleo carezca de emoción. Para poder llegar al trabajo fecundo y creador, como dice mi amorcito corazón, tengo que cruzar por una estación de metro, porque no estoy dispuesta a jugarme la vida como la proverbial Yara, la lacandona, tratando de cruzar por la superficie. Eso me ha permitido descubrir cosas varias.

La primera es que la estación de metro tiene hilo musical. Lo mismo suena Carwash que Alejandra Guzmán con aquello de “ten cuidado con el corazón”, con esa voz aguardentosa que la caracteriza. La segunda es que en torno a las oficinas se genera negocio de múltiples tipos. En los 50 metros que camino de la boca del metro a la entrada de mi centro de trabajo, podría yo adquirir cosas de un catálogo de Mary Kay o de Jaffra, ropa, zapatos, suéteres, botas para la lluvia, paraguas, tortas, sándwiches, tartas, galletas, pasteles, jugos, botellas de agua, refrescos, yogures, cigarros (sueltos o en cajetilla), fruta picada, vasos de cereal, quesadillas, huaraches, gorditas, tamales, tacos, ensaladas, gelatinas y hasta chapulines fritos. Á-ni-mas.

Lo que más me ha impresionado de eso hasta ahora es un puesto que, incluso en la más completa oscuridad de las 6 a las 7:30 de la mañana, vende tortas, pero las están haciendo en el momento. Cuando sale usted del metro, lo primero que se ve es una enorme torre de rebanadas de jamón rosa, casi fucsia, un gigantesco frasco de mayonesa y otro del mismo tamaño pero de chipotles. Y ahí, a la intemperie, sin luz, se están cortando bolillos y se hacen las tortas. Yo hubiera pensado que nadie compraría ahí, pero resulta que tienen buena clientela que asume que esa torta es mejor porque está “recién hecha”. Vaya usted a saber, querido lector, si eso es realmente bueno o no, pero el caso es que es un negocio próspero.

Llevo una semana en el nuevo empleo. Me han presentado a tanta gente en tan poco tiempo que ahora creo conocer a todo el que se cruza por mi camino aunque no sea cierto y voy por la vida saludando a todo quisque, que se me queda viendo con cara de “mu” sostenido. En una sola semana también me dieron tantísima información que creo que aún no la proceso. Estoy sin computadora y sin Internet, porque no se ha configurado lo que sea que se tenga que configurar para que ocurra ese milagrito de todos los departamentos de sistemas, y por eso estoy dedicada a la contemplación, pero ahora de un tema novedoso.

En la primera semana también me llevaron a ver un proyecto in situ y fui a dar a un municipio del estado de Querétaro. Este país sigue siendo un misterio: ¿cómo será que los mexicanos conseguimos sobrevivir, incluso en las peores condiciones? Y eso es lo que me cuesta trabajo entender a veces… Creo que sobrevivimos a pesar de todo, en buena medida, haciendo maravillas y milagros, porque las condiciones, se trate de sector público o privado, en Kinshasa o fuera, con dinero y sin dinero (como dice la canción), nunca son óptimas. Al final, no puedo más que concluir que “es el país”. Úsese la frase con entera libertad.

Más allá de esto de las novedades, los cambios y demás, le contaré que fui a ver Capitan America. ¿Y sabe qué? Me decepcionó. No sé si esto tenga que ver con que la historia ya no es creíble, dadas las circunstancias actuales de Estados Unidos, o si simplemente le faltó emoción a la película que, al final, terminó llevándose unos 4 unicornios en la escala. Más allá de la película, ¿qué le pasa al mundo? Estados Unidos está por la calle de la amargura y el Sr. Obama ha envejecido en un santiamén, cual un Ebenezer Scrooge del siglo XXI. Los europeos están para tirarlos al vertedero y, aunque la cosa no puede ir peor, se largaron de vacaciones de verano. Los japoneses no levantan cabeza. Los chinos ahí están, cual Puerta de Alcalá, con sus más y sus menos, pero sin que sepamos con toda certidumbre qué harán, aunque ya se estén dando licencias como la de comerse vivos a los estadounidenses en una suerte de “lero, lero”, pero a la china. Chile anda también de capa caída y ya vio usted lo de Noruega… Mientras, aquí ya está rondando el buitre de 2012. Pero yo trabajo enfrente de mi casa y puedo sonreír.

Prometo más novedades en breve, querido lector. Ya terminada la fase tipo Erika’s Choice puedo restablecer una rutina y seguirle contando cosas que, espero, siga queriendo leer aunque haya estado yo calladita tanto tiempo. Ah, otra cosita: esta contribución a su esparcimiento seguramente le llegará hasta mañana, porque no albergo esperanza alguna de que me conecten el Internet hoy. Sé que me sabrá comprender.

 

EsotÉrika

 

  1. Este sábado despedí al Miasma, un extraordinario personaje y brillantísimo exalumno mío. Se va a hacer la maestría a Estados Unidos. Qué envidia. Como dice mi amorcito corazón, si me becaran, yo estaría dispuesta a empezar otra vez desde el kínder. Pero no: toca ser “adulto”, whatever that means. Suerte al Miasma y red alert en Washington, D. C. Allá va y no se aceptan reclamaciones.
  2. Una de las más grandes satisfacciones como profesor es ver que los exalumnos vuelan, destacan, triunfan. Espero que la docencia no me abandone del todo… ¿Verdad que así será?
  3. Suerte a los que comenzaron hoy un nuevo semestre. Cuando tengan la sensación de que la escuela no es lo suyo, piensen que luego sentirán que el trabajo no es lo suyo. En ambos casos, estarán equivocados… Creo…

 

Palabrotas

 

Armageddon |ˌärməˈgedn|

noun

(in the New Testament) the last battle between good and evil before the Day of Judgment.

• a biblical hill of Megiddo, an archaeological site on the plain of Esdraelon, south of present-day Haifa in Israel. See also Megiddo .

• the place where the last battle between good and evil will be fought.

• a dramatic and catastrophic conflict, typically seen as likely to destroy the world or the human race: nuclear Armageddon.

ORIGIN Greek, from Hebrew har mĕgiddōn ‘hill of Megiddo’ (Rev. 16:16.)

(Fuente: New Oxford American Dictionary)

Me perdonará que me haya decantado por esta palabrota y, para colmo, en inglés, pero es que así es como se está viendo la situación en Estados Unidos. ¿Será exageración? Ojalá que sí.

 

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