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Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
El peligro del "nomás tantito"
Por Erika Ruiz Sandoval
11 de marzo, 2011
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Kinshasa, 11 de marzo de 2011.

He vuelto del viejo continente y la readaptación a Kinshasa ha tenido lo suyo. Para empezar, prometían calor que luego no veo dónde ande, porque sigo con un frío pingüinesco. Quizá la culpa la tenga yo, por andar creyendo que ya puedo circular en sandalias y por olvidar aquello de “febrero loco y marzo otro poco”. Sin embargo, espero que comprendan que, tras una semana de arrastrar doble calcetín, abrigo, bufanda, guantes y gorro, estaba desesperada por lucir el look primavera-verano.

Ya sé, ya sé… Esto no es lo que usted quiere leer hoy aquí. Usted, querido lector, seguramente se quedó intrigadísimo con mi recuento de la semana pasada y quiere saber qué pasó al final en el encuentro aquel de la campiña inglesa. Como lo prometido es deuda, le cuento:

Tras las dos plenarias de la primera tarde y de una cena apoteósica, iniciamos el segundo día con las discusiones por grupo. Esta mi menda se inscribió en el grupo correspondiente al análisis del papel de México en el escenario internacional, con excepción de sus relaciones con Estados Unidos y con América Latina, las cuales fueron tema de un grupo distinto. El tercero se encerró a piedra y lodo para discutir el escenario interno del país, así que, como se imaginará, fue el que necesitó más chocolate al final para recuperar el ánimo.

En el grupo en el que participé yo se produjo una dinámica interesante, puesto que había representantes del “mundo real” que trabajan el tema de manera cotidiana y que, afortunadamente, no cayeron en la tentación de limitarse a la “versión folleto”, sino que señalaron fortalezas y debilidades de la actuación de México en el escenario internacional más amplio. También fue un grupo en el que se trabajó bien, quizá porque los temas no eran los más sensibles. Finalmente, hablar de las relaciones de México con Europa, con China o con el resto del “mundo mundial” es menos escabroso que hablar de las relaciones de México con Estados Unidos y, desde hace unos años, también de sus relaciones con Brasil.

Lo que quedó claro en la discusión, reconocido por propios y extraños, es que México tiene serias dificultades para desarrollar una estrategia más amplia que abarque más allá de Estados Unidos y de América Latina en un lejano segundo lugar. En términos de identidad, México parece no tener mucha claridad con respecto a qué quiere ser en el nuevo escenario internacional, una vez que éste se acabe de configurar. Sí se hizo evidente que, a diferencia de Brasil, por ahora México no tiene pretensión alguna de ser un jugador global en el escenario internacional, aunque sí tenga ansias novilleriles de figurar un poco más en temas que no necesariamente le caían como anillo al dedo, como es el caso del cambio climático y lo ocurrido en la COP 16 en Cancún. Por cierto, quedé gratamente impresionada de que se reconociera de forma unánime el gran papel desempeñado por México en esa discusión. Debo reconocer que no me esperaba tanto aplauso de la galería, pero eso quizá deba atribuirse no a mi falta de fe en la diplomacia mexicana, sino a mi desapego por temas “ecolofresas” como ése, cuya importancia reconozco pero en los que no tengo mayor interés.

Creo que tampoco le sorprenderá, querido lector, que hubo que reconocer que a México le faltan recursos económicos, pero también humanos y de otro tipo, para poder desarrollar una mayor presencia internacional. Mal mirado, está difícil distraerse de Estados Unidos. De las 150 misiones diplomáticas de México en el mundo, casi la mitad son consulados en Estados Unidos. El Servicio Exterior tiene apenas 1,500 funcionarios y, ya para cerrar el tema, la Cancillería tiene el tercer menor presupuesto de toda la administración pública federal. Digo, para la autoestima de la Cancillería siempre le quedará la Secretaría de la Reforma Agraria, que sí opera con dos taparroscas, un Pritt y un chicle Motita de plátano, pero no se trata de eso.

Sin embargo, a veces, no es tanto la falta de recursos, creo yo, sino que no se ha llevado a cabo una verdadera reestructuración de la política exterior de México más acorde con los tiempos que corren y también con las relaciones que tiene México con el exterior. Y por favor no me diga, como dicen los “padres de la transición” (cualquiera se inscribe en ese club), que no ha sido posible por las inercias que dejaron los “setenta años” (repítase en tono de mantra). Basta ya con ese cuento y también con el que busca disfrazar las incapacidades de los gobiernos panistas en áreas varias con el patético “es que no les han dejado gobernar”. Esto es mucho más simple.

Para muestra, un botón: visite la página web de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Eche un vistazo a la estructura burocrática de la Dirección General para Europa. ¿Verdad que le dan ganas de mandar un memorándum para informarle a la Cancillería que la Guerra Fría terminó? Dígame usted cómo se pretende mostrar al mundo que México tiene como gran segundo socio a la Unión Europea (UE) cuando pareciera que seguimos sin entender cómo funciona. Con lo compleja que es la contraparte y resulta que en la SRE creen que el chato que se encarga de las relaciones con la UE tiene suficiente tiempo libre después de atender las relaciones UE-México para dedicarlo a los “países de Europa del norte” (whatever that means). ¿Sabrán estos cristianos que Europa del Este ya se incorporó a la UE? No lo sé.

En todo caso, el punto es que no es tanto la falta de recursos como la falta de previsión para tener una buena estrategia con respecto al resto del mundo que permita mostrar que México entiende, por lo menos, quienes son sus contrapartes más allá de la sempiterna presencia en nuestro diario existir de Estados Unidos. Al final, el punto es que somos el país en desarrollo más globalizado del mundo, el que más acuerdos de libre comercio tiene, y, sin embargo, no se ha asignado un presupuesto que vaya acorde a estas condiciones del país y que le permitan tener las herramientas para desarrollar una política exterior vigorosa.

Uno de los participantes de este grupo describió a México como una “gran Suiza” y créame que no por el orden, la disciplina o la riqueza, sino porque es un país que no está activo en su propia región ni tiene una política exterior fuerte e independiente. La visión de algunos observadores externos es que México no aprovecha su ubicación y sus capacidades para influir en el escenario internacional. Claro, cada vez que a alguien se le ocurre que esto debería cambiar, deciden abrir una misión en Pakistán que hay que cerrar a los pocos meses por “razones de seguridad” combinadas con “razones presupuestarias” o aparece el ofrecimiento de colaborar de manera conjunta con socios como la UE en África, donde, que yo sepa, no se nos ha perdido nada todavía.

Cada semestre, advierto a mis estudiantes que el “nomás tantito”, en general, es peligroso. Si lo es para las relaciones personales, que luego terminan en malos pasos a los que no hay que darles prisa, sino Gerber, imagínense ustedes lo que pasa en el escenario internacional cuando se siguen estrategias de nomás tantito como las sanciones económicas o los esfuerzos diplomáticos de dientes para afuera, es decir, cosas que caen en el “nomás por no dejar”. Éste es el caso, me parece, de buscar más embajadas en África o presencia en zonas del mundo que, básicamente, nos son desconocidas.

No me malentienda, querido lector: estaría bien que México tuviera presencia en África y que dicha presencia le permitiera proyectar su poder. El problema es que para qué dirigimos los pocos recursos existentes a zonas del mundo donde aún no hay cimientos para hacer crecer las relaciones en vez de concentrarnos en cultivar las que ya tenemos y que viven parcialmente abandonadas por lo mucho que nos obsesiona (y no es para menos) la relación con Estados Unidos. Creo que, en ese sentido, el “nomás tantito” nos perjudica más de lo que nos beneficia.

Lo mismo diría de las cosas que sí han cambiado en la política exterior de México, por ejemplo, el uso de las banderas de la democracia y de la defensa de los derechos humanos para reemplazar lo que antaño eran los siempre aludidos “principios de política exterior”. A partir de la llegada de la alternancia, se optó por usar estos dos temas como carta de presentación para el “nuevo México” en el exterior. No creo que haga falta decirle, querido lector, que no nos han funcionado muy bien que digamos, en buena medida porque ni la democracia ni los derechos humanos gozan de buena salud dentro de México.

En el grupo de trabajo de hecho se presentó una discusión interesante a este respecto. Un participante chino (si no hubiera habido un chino en el grupo, hubiéramos tenido que inventarlo), que tenía la infinita frescura que creo que tiene la propia China en su papel internacional, es decir, que no tienen miles de filtros ni tampoco buscan cobijar sus intereses con el discursito habitual de “valores”, “principios” y el “futuro de la civilización”, en dos frases dejó claro que su país no considera ni remotamente pertinente que “un país como México” (whatever that means) les venga a hablar de derechos humanos. Europeos, estadounidenses y canadienses no ven este problema, pero los chinos sí, y no creo que estén solos en el escenario internacional en este aspecto. ¿Ve usted, querido lector, lo que pasa con el “nomás tantito”? No se puede cambiar sólo de dientes para afuera; el cambio en materia de democracia y de derechos humanos tendría que existir también puertas adentro para que esa posición gozara de credibilidad en el escenario internacional.

Hablamos de muchos temas más, pero quizá valga la pena que le cuente sobre una de las conclusiones a las que llegamos. La diplomacia mexicana sigue teniendo el respeto de sus contrapartes en el mundo. Se le considera una diplomacia capaz y constructiva, que actúa más tras bambalinas y hace menos escándalo que otras diplomacias, (ejem, la brasileña, por ejemplo) y, quizá, por eso es más efectiva. No obstante, en esta reunión me quedó claro que los ciudadanos de este país no tenemos ni la más remota idea de lo que se está haciendo en materia de política exterior en este sexenio.

Era comprensible que, al principio, tras los protagonismos de los Cancilleres y Representantes ante la ONU del sexenio de Fox, se buscara un perfil bajo, pero esto ya es una exageración. La política exterior del sexenio de Calderón es otra víctima más de un mal que le aqueja en su totalidad, es decir, la falta de comunicación y de difusión. Cualquier gallina le diría que, si ya puso usted un huevo, toca cacarearlo. Infelizmente, esto no se está haciendo con respecto a la política exterior. Lo que el gobierno comunica, sobre todo en materia de combate al crimen organizado, no siempre es bien recibido y no siempre es suficiente. Si no quieren que pensemos que eso es todo lo que hay, hablen de lo que se hace en otras áreas y en otros temas. Quizá así podríamos tener una visión más equilibrada de lo que nos pasa.

Con respecto a lo que concluyeron los otros grupos, siento manifestarle, querido lector, que el panorama no es alentador. Los que analizaron la situación interna hablaron de la noción de que México está atorado en un equilibrio subóptimo que no es imposible de reformar, pero sí será difícil. Esto está relacionado con la falta de consenso para pasar las grandes reformas que necesita el país y concluyeron que lo único que permitirá cambiar algo en este sentido es que llegue una “tormenta perfecta”, es decir, algo que obligue a todos los actores pertinentes a pactar sólo porque no habrá otro remedio. ¿Qué podría convertirse en esa “tormenta perfecta”? El agotamiento del petróleo en un horizonte no mayor a diez años.

A este respecto, uno de los participantes dijo que es como si México tuviera ya la certeza de que se verá arrasado por un huracán y, en vez de tomar medidas, sólo se estuviera lamentando sin hacer nada. Creo que razón no le falta. Sin embargo, creo también que parte de lo que nos tiene en el “equilibrio subóptimo”, es decir, atorados (atoradísimos, según se mire) es que vivimos pensando en que es necesario hacer “grandes reformas” para que esto cambie. Namás de pensarlo, da fatiga mental y física y, sobre todo, desánimo profundo cuando uno mira a los que tendrían que hacer las reformas y no les ve las capacidades necesarias ni que estén por la labor. Quizá hay que ser más pragmáticos y empezar a pensar que en vez de hablar de “grandes reformas”, de ésas con mayúsculas y que son como tremendos elefantes, tenemos que hablar de pequeños cambios que, sumados, den el resultado que se espera.
No tengo espacio aquí para profundizar en esto, pero le prometo que retomaré el tema en otra de estas entradas. Si lo mata la curiosidad, y hemos llegado al momento “llévelo, llévelo”, le sugiero salga corriendo a comprar Hipotecando el futuro (Taurus, 2010), el libro que edité y en el que colaboran brillantes académicos y analistas de una generación distinta a la que está en el poder y que, como yo, no se sienten “padres de la transición”, lo que permite pensar en el país a partir de otros esquemas. Finalmente, otros países, en situaciones iguales o peores a las nuestras, consiguieron cambiar. El tema es que lo hicieron hace diez años, cuando menos, y por eso nos llevan ventaja.

El grupo dedicado a la relación de México con Estados Unidos y la región en su conjunto tuvo también dificultades para llegar a conclusiones alentadoras. No obstante, habría que decir que se tocó un punto que viene a cuento con lo que se ha discutido estos días sobre el operativo “Rápido y furioso”. Otra cosa no, pero hay que reconocerle al gobierno estadounidense su capacidad para adaptar eslóganes hollywoodenses a sus estrategias. Entre éste y el de “shock and awe” que usaron en Iraq, no hay a cuál irle.

Uno de los participantes estadounidenses puso el dedo en la llaga en lo referente a la libre venta de armas en Estados Unidos y luego su traslado a México. En su opinión, en Texas se pueden comprar armas en los supermercados y no tienen los problemas de seguridad pública que tiene México. En ese sentido, dijo, el problema es de México y no de Estados Unidos, por las fallas en su sistema de justicia, por lo lamentable del estado de derecho y por la crisis de seguridad del país. Claro, existe también el contraargumento que podría definirse como “no me ayudes, compadre” y que consiste en recuperar la frase de la Tucita en Los tres huastecos: “Para qué me dejan sola si ya me conocen…”, pero yo cumplo con contarle, querido lector, el argumento que no nos pone como víctimas, sino como responsables de lo que nos pasa.

Me quedan mil cosas en el tintero, pero, como verá, estoy más que feliz de haber asistido a este encuentro. Si a esto le suma el exotismo de la experiencia, creo que me doy por bien servida.

EsotÉrika

1. Llegar a la Ciudad de México por avión, particularmente si es de noche, es siempre emocionante. Empezar a aproximarse y darse cuenta de que, a diferencia del resto de las ciudades del mundo, aquí no es posible trazar líneas rectas con las luces que se ven desde el cielo, sino que es más bien una espiral que lo va envolviendo a uno es siempre sobrecogedor. Aunque es síntoma de casos, qué quiere, querido lector: yo me emociono. Lo que no me emociona es llegar a la terminal, en este caso la terminal 1, y empezar a oír en mi cabeza aquello que aparecía en la canción de Manu Chao, “Me gustas tú”: “Siete de la tarde en San Salvador”… ¡Qué horror de terminal! Entre que lo hacen a uno caminar como si fuera un sherpa desde donde se perdió el jorongo y hasta la parte de Migración, donde no lo reciben con sonrisas sino con mohines de disgusto, y luego la parte de entrega de equipaje, ya llega uno deprimido. ¿Qué hay que hacer para que cambien esas bandas que rechinan, se paran, tiran las maletas y son un horror? Si tengo que botear en alguna vía pública, me comprometo a hacerlo, pero, por piedad, cámbienlas. Si a eso le suma usted el pobre perro detector de estupefacientes, que cumple una jornada más larga que la de un velador de la Guerrero, uno se lleva una impresión horrorosa namás pisar la terminal. ¿Así vamos a dar imagen de país boyante, 14ª economía, con el hombre más rico del mundo que, además, es un paladín de la lucha contra el monopolio? Je.
2. Toda mi solidaridad para el pueblo de Japón. ¡Vaya tragedión! Las imágenes espeluznan y, sobre todo, despiertan al Pepe Grillo interno con la preguntita de “¿Estaremos preparados nosotros para algo semejante?”. Mi natural escepticismo me dice que no… Ay, nana.

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