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Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
Entre Jane Eyre y Doctor House
Por Erika Ruiz Sandoval
4 de marzo, 2011
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Ditchley Park, 4 de marzo de 2011.

 

Esta semana, querido lector, no escribo desde Kinshasa, sino desde un lugar en medio de la campiña inglesa. Imagínese una casa de la gente más pipirisnipis del siglo XVI, remozada en el siglo XVIII, en la que alguna vez se hospedó Sir Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial. No tema si en este ejercicio de imaginación se le aparecen Anthony Hopkins vestido de mayordomo o Emma Thompson disfrazada de mucama. Sería absolutamente normal, ya que dicen las malas lenguas (quizá no malas, pero probablemente mal informadas) que aquí se filmó la película aquella de “Lo que queda del día” (The Remains of the Day). Si llega a sentirse en una novela de Agatha Christie y espera la aparición de Monsieur Poirot o de Miss Marple, también sería normal, aunque me aseguran que la casa no tiene fantasmas ni tampoco ha sido escenario de crimen alguno.

Estoy aquí, rodeada de verdes prados y rollizas ovejas (recuerde que soy flor de asfalto, así que no piense que lo digo con entusiasmo), para jugar a una mezcla complicada entre Jane Eyre (y lo digo por los floripondios y encajes que decoran cada palmo de mi habitación) y Dr. House. Me han convocado aquí junto con 40 personajes más –ellos sí del jet set de las relaciones internacionales o de la comentocracia mexicana y extranjera, incluídos al menos un lord y una lady– para tratar de averiguar qué le pasa a México y qué podemos esperar del pobre país. Como verá, aquí es donde entra la invocación de Dr. House, porque, finalmente, el paciente está al borde de la muerte y nos han pedido diagnosticarlo para intentar curarlo.

El ejercicio opera bajo Chatham House rules, es decir, no se puede identificar por nombre a los participantes ni tampoco decir quién dijo qué. Esto, desde luego, me deja sumida en la más terrible frustración, porque no sabe cuánto desearía contarle qué cosas se atrevieron a decir quiénes. Lo que sí le puedo decir, querido lector, es que aquellos que desempeñan cargos públicos han venido a contar lo que yo llamo la “versión folleto”, ésa en la que se sacan numeralias fantásticas sobre el lugar que ocupa la economía mexicana, el número de tratados comerciales que se tienen, los socios importantísimos que tiene el país y los fantásticos grupos y clubes a los que pertenece. A mí esa información me da una flojera tremenda, porque es casi casi como lo que hizo el secretario Cordero la semana pasada: manifestar las cuentas del gran capitán, aunque éstas no tengan nada que ver con la población en general. Yo siempre he dicho que si, por ejemplo, calculáramos el PIB per cápita de México sin las fortunas de Slim y otros de su rodada (no pun intended), tendríamos una cifra mucho más realista y dejaríamos de echar las campanas al vuelo.

Ayer se sostuvieron dos sesiones plenarias. Como he dicho, las versiones oficialistas no me convencieron. En cambio, las no oficialistas dejaron a la concurrencia buscando en su botiquín de viaje el Prozac. Fue particularmente dolorosa la expuesta por alguien que vive en la frontera entre México y Estados Unidos y que es periodista de profesión. El panorama de México fue descrito como uno suspendido entre la más completa decepción y la esperanza, aunque ésta se busque sólo porque así somos los humanos. Para efectos prácticos, dijo el expositor, cubrir lo que ocurre en México es igual o peor que ser corresponsal de guerra.

Más allá de lo que ya conocemos, es decir, los 35,000 muertos, el poder del crimen organizado que incluso fue descrito como una suerte de gobierno paralelo, una economía teñida de sangre, un casi 50% de pobres, los 10 millones de “ninis”, la fuga de la llamada “generación NAFTA”, me llamaron la atención dos cosas. La primera, que se hizo mención de un dicho que describe la posición de la mayoría de los jóvenes en la región fronteriza: “Prefiero vivir 5 años como rey que 50 como buey”. Esto revela algo que pocos quieren ver, particularmente en el gobierno federal. El crimen organizado no es una nata que flota sobre México; por el contario y más grave aún, es algo que tiene raíces muy profundas en una sociedad que ha sufrido un vuelco en sus valores y que ahora es capaz de no sólo aceptar, sino también perseguir el camino fácil para hacerse de riqueza. A mí me parece que éste es un elemento al que se le ha prestado poca atención en la discusión sobre el combate al crimen organizado.

La otra cosa que me llamó la atención tiene que ver con los pagos a los sicarios. En la región norte se pagan mil pesos por muerto, aunque en Monterrey, que tiene más caché, se pagan cuatro mil pesos a la semana sin importar el número de muertos que se consigan. ¡Caramba! ¡Qué poco vale la vida en mi país!

Otra parte de la sesión se dedicó a tratar de adjetivar la democracia mexicana: en proceso, en transición, en consolidación, fracasada, frágil, incompleta, capturada. A mí me da exactamente igual qué adjetivo se prefiera. Lo que me interesa es señalar que la democracia en México pende de un hilo. Para muestra, un botón: ¿cuánta gente de su entorno ha expresado que deberíamos ser como Egipto e iniciar una revolución? A mí me ha tocado escuchar o leer más de una voz así. Eso significa para mí que, en México, particularmente su clase media (con todas sus subdivisiones de media alta, media media, media baja), no se ha entendido qué es ser una democracia. ¿Por qué los llamados a la revolución si tenemos un sistema que permitiría, en principio, cambiar las cosas en la próxima elección presidencial de 2012? Las reglas del juego democrático no se han internalizado ni remotamente.

En lo que tiene que ver con las relaciones de México con el mundo, la versión oficial es que todo está bien y que nuestra política exterior simplemente está en transición después de “los 70 años…” (léase en tono mantra y termine con un sonoro ooooommmm). Los que hablaron desde otros países tienen una versión distinta: México es parte de muchas redes, pero no las aprovecha; no tiene una estrategia. Y ya sabe lo que dicen, querido lector: si usted no tiene una estrategia, resulta que es parte de la estrategia de alguien más. También se expresaron sentimientos de frustración con México en su relación con Estados Unidos, con Brasil, con Europa, con Centroamérica (particularmente en el caso Honduras) y, desde luego, con China.

No obstante, también se hace un esfuerzo deliberado, cada vez más forzado, por resaltar los logros de México en materia de política exterior. Particularmente los extranjeros insisten en que no todo es tan oscuro como parece y que México sí ha mostrado un papel de liderazgo en temas como cambio climático. Otros mencionan que su pertenencia al G-20 es razón suficiente para alegrarse, pues significa que es una potencia emergente en toda regla.

A veces desearía que esas voces no existieran. Ojalá alguien desde afuera por fin diera el manotazo en la mesa y dijera que México no está haciendo las cosas bien. Nuestras preocupaciones y angustias internas tendrían que tener un eco en el exterior. Yo no quiero que me sigan diciendo que vamos bien… Quiero que, por fin, alguien nos mire de verdad y diga con toda honestidad que lo que nos pasa no es normal. Basta con los dobles discursos y las declaraciones de admiración y apoyo hacia la estrategia del presidente Calderón. ¿No se están dando cuenta de que esto no hace más que empeorar? Quizá así las voces internas se puedan fortalecer. Ni modo: así opera el país.

Hoy toca reunirse en grupos: uno discutirá la política interna, otro la política exterior en el ámbito regional y otro más la política exterior en el ámbito global. Promete. Espero poderle contar en qué paró el diagnóstico la próxima vez.

 

EsotÉrika

 

Los viajes siempre ilustran. De éste me llevo varias lecciones:

 

1.   Si usted en vez de hijos tiene fieras, tenga la amabilidad de doparlos antes de llegar al aeropuerto y, más aún, antes de treparlos a un avión. Evite darles golosinas saturadas de azúcar. Se lo dice una pasajera que no pudo más que invocar a Herodes durante la espera para abordar.

2.   Cuando piense en marzo, olvídese de Benito Juárez y de la primavera. En el hemisferio norte significa frío, mucho frío, y necesitará abrigo, gorro, guantes, bufanda y doble calcetín.

3.   En otras ciudades, la gente habla con profunda naturalidad de los puntos cardinales. Yo, que nací sin GPS interno, no tengo ni la más remota idea de dónde está el este o el oeste; con trabajos distingo derecha de izquierda. Ah, y tenga cuidado: la gente siempre quiere ser amable, pero eso no significa que sabe dónde está lo que usted busca. Prepárese para dar más vueltas que un perro antes de echarse y, de preferencia, no se ponga tacones: no es chic y sí es doloroso.

4.   Europa ha dejado de ser un sitio al que se viene para sentirse mejor. Los británicos en particular están al borde del corte de vena con galletas de mantequilla (aquí no opera la galleta María ni la de animalitos). Los precios han subido y los salarios no. Una pieza de huevo cuesta casi 17 pesos, nomás para que se ubique, querido lector. Claro, claro… Éste es otro mundo: los permisos de maternidad son de un año, las guarderías públicas existen, el subsidio por tener hijos, también, y no hay ministro de gobierno alguno que, à la Cordero diga que pueden vivir bien con 300 libras al mes. Sin embargo, parece que ahora sí llegó el fin del estado de bienestar. Y eso es una mala noticia. Ya no hay dónde buscar esperanza.

5.   Los británicos pueden ser más normativos que los alemanes. En este lugar, nos traen ya no sólo como perico a periodicazos, sino que nos manejan a punta de gong y de martillazos en la mesa. Tengo miedo. ¿Será que lo hacen por la gran proporción de latinos que estamos acá? Go figure.

 

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