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Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
¿Es éste un caso de ojos que no ven, corazón que no siente?
Por Erika Ruiz Sandoval
25 de marzo, 2011
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Kinshasa, 25 de marzo de 2011.

No vemos el mundo tal como es;

vemos el mundo tal como somos.

Anaïs Nin

 

En aras de ser lo más chic del universo, inicio el texto con un epígrafe. Y no lo hago sólo por apantallar, como tienden a hacer mis alumnos, sino porque creo que viene a cuento con el tema que trataré hoy en este espacio, querido lector. El epígrafe nos viene como anillo al dedo a los mexicanos y, sin duda, es utilísimo para describir nuestra relación con el exterior. Nuestros juicios de valor sobre lo que hacen o dejan de hacer otros países tiene que ver con que somos, como dice una persona a la que le tengo muchísimo cariño, “bien quien sabe cómo”.

Nuestras filias y fobias, particularmente con respecto a los países grandes, ricos y poderosos, son evidentes, pero también tenemos opiniones contundentes sobre los vecinos y aquellos que consideramos “inferiores”, simplemente porque no tienen esa “riqueza cultural, gastronómica y pasado indígena… (bla, bla, bla)” (la tengan o no). Sólo basta recordar que, en plena crisis de influenza, se oyeron voces contra los chinos que habían puesto a unos cuantos connacionales en cuarentena que decían que “claro, eso lo hacen los chinos porque no tienen cultura”… (aquí se puede reír o darse de golpes contra la pared… Yo hice ambas cosas cuando lo escuché).

Nuestras esquizofrenias también salen a la menor provocación, se trate de intervenciones militares, crisis económicas, desastres naturales y hasta cumbres y visitas. Si vemos lo de Japón, de inmediato sale el comentario de comida familiar de domingo que empieza con un “pobre gente”, seguido de un “qué raros son que no saquean supermercados”. Si vemos la intervención militar en Libia, no faltará el tío abuelo que, envuelto cual niño héroe en la bandera nacional, diga que los gringos, que sin duda son malos malísimos cual Gárgamel, sólo quieren el petróleo y que si aquel país no lo tuviera no se hubieran metido… Y, digo yo, si no se meten ellos, ¿quién se mete?

Pero el tema de hoy, querido lector, es más bien interno. Como cada semana, en este país siempre ocurre algo que nos menea el ánimo y da motivos para salir a opinar, alabar o criticar, aplaudir o lamentar y, desde luego, sospechar (ya deberíamos volverlo deporte nacional, porque somos rebuenos en eso).

Ayer, 715 medios (el número, a mí cuando menos, me impresiona) de comunicación firmaron el “Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia” y con eso se comprometieron a actuar con responsabilidad y profesionalismo cuando tengan que informar sobre los hechos violentos que son pan nuestro de cada día en este país desde hace ya un rato. Y, claro, bastó que se diera a conocer la firma de este acuerdo, celebrada en el Museo de Antropología, para que empezaran a lloverle críticas de todo tipo.

¿Cuáles son?

 

  1. 1. El acuerdo busca censurar a los medios y que no puedan informar con libertad.

 

A juzgar por el decálogo que es parte del acuerdo y que reproduzco íntegro a continuación, no creo que se trate de un intento de censura. En todo caso, no sería siquiera de autocensura, sino de autocontrol pero con fundamentos que ya se han presentado en otros países que han vivido o viven circunstancias similares a las nuestras, como es el caso de Colombia, país con el que nos resistimos como tortugas boca arriba a compararnos, pero del que creo que tenemos mucho que aprender, aunque sea sólo porque le tocó empezar este viacrucis antes que a nosotros.

 

1. Tomar postura (sic) en contra.

2. No convertirse en vocero involuntario de la delincuencia organizada.

3. Dimensionar adecuadamente la información.

4. Atribuir responsabilidades explícitamente.

5. No prejuzgar culpables.

6. Cuidar a las víctimas y a los menores de edad.

7. Alentar la participación y la denuncia ciudadana.

8. Proteger a los periodistas.

9. Solidarizarse ante cualquier amenaza o acción contra reporteros y medios.

10. No interferir en el combate a la delincuencia.

 

  1. 2. El acuerdo se queda corto.

Claro que se queda corto. ¿Sabe qué, querido lector? Es el primero. Es obvio que quisiéramos que el acuerdo incluyera todo, todo, todo lo que tiene que ver con la lucha contra el narco y, es más, con cómo vivir mejor en general, pero no se puede.

 

Jenaro Villamil propone otro decálogo:

 

1.-Evitar los talks shows que agreden a la audiencia o promueven la discriminación.

 

2.-Prohibir los montajes mediáticos en la cobertura sobre casos de delincuencia organizada, al estilo de García Luna Productions.

 

3.-Defender el secreto profesional de los periodistas.

 

4.-Evitar los juicios paralelos mediáticos y los linchamientos en pantalla para defender intereses corporativos.

 

5.-Suspender campañas de pánico moral y de “peligros para México”.

 

6.-Dejar de criminalizar a las radios y los medios comunitarios.

 

7.-Defender los derechos humanos de activistas de Ciudad Juárez y de otras ciudades, víctimas de los operativos en contra del crimen organizado.

 

8.-Evitar el discurso oficial de los “daños colaterales” en la guerra contra el narco que ha cobrado más de 35 mil vidas.

 

9.-Denunciar casos de censura previa en las empresas mediáticas y defender los derechos de periodistas e informadores, en general, incluyendo fotógrafos, moneros, articulistas.

 

10.-Proteger a quienes denuncien y documenten corrupción entre narcos y autoridades, incluyendo el lavado de dinero.

 

A muchos de estos puntos no les falta razón y probablemente yo los defendería también. Sin embargo, no todos son sobre el tema particular de la cobertura de la violencia e, insisto, me imagino que llegar a un acuerdo de diez puntos costó lo suyo. Ampliarlo a veinte, treinta o cien puede ocurrir en el futuro, pero no en el primer esfuerzo.

 

  1. 3. El acuerdo propone cosas obvias.

Pues pueden ser obvias para el que lo ve desde ojos críticos, pero el caso es que, hasta ahora, no había habido una propuesta común expresa en la que las supuestas obviedades se pusieran en blanco y negro. Y, si las miramos con detalle, pues ni tan obviedades. Vamos con algunos de los puntos.

 

-Tomar una posición en contra. Cualquiera que haya visto la entrevista a “La Barbie” sabe que esto de manifestarse en contra del narcotráfico, aunque parezca obvio, no se ha manejado así. A juzgar por la entrevista, el susodicho delincuente de alta peligrosidad (a pesar del apodo) terminó pareciendo más un rockstar que un criminal y sus respuestas, puedo apostarle, querido lector, inspiraron a más de un “nini” a buscar el camino fácil si, al final, éste le daba un rato de placer.

 

-Dimensionar adecuadamente la información. Hay más de un medio que, mal mirado, le sorraja a uno cada día en primera plana, secciones interiores y hasta en los cartones narco, narco, narco y más narco. ¿Cuándo debe ser esto información a ocho columnas y cuándo no? ¿Qué pasa con el resto de los acontecimientos nacionales e internacionales? Podemos considerar que el narco es nuestro principal problema, pero no el único. De nuevo, parecería obvio, pero no lo es tanto.

 

-No prejuzgar culpables. Uf, querido lector. Si ya vio Presunto culpable sabe que cojeamos de ese pie y mucho. En este país a la gente se la presume culpable antes de presumirla inocente y los delincuentes no están exentos. Cuando tuvo lugar el operativo contra “Nacho” Coronel, tuve una fuerte discusión con un amigo muy querido, que me decía que, como era un delincuente, merecía que lo mataran sin que mediara juicio alguno, como ocurrió durante la maniobra para capturarlo. Lo siento: difiero. Si de verdad queremos ser un Estado democrático, hasta el peor de los criminales merece un juicio justo. Claro, estará pensando usted que sueño o que deliro (y puede ser porque tengo sueño y hambre), pero, si no exigimos eso, ¿quién nos salvará de algún día ser señalados como “delincuentes de alta peligrosidad” y morir en un operativo de éstos que ahora se hacen tipo Rambo?

 

-Cuidar a las víctimas y a los menores de edad. Nos falta tanto en este aspecto, querido lector, que me parece una buena idea incluirlo. En este país funcionan poco los “cuadritos” que ocultan la identidad y los mecanismos para disfrazar voces. A la menor provocación se filtran imágenes e información y cosas como el “secreto de sumario” que se usa en otros países es algo prácticamente desconocido. Esto, desde luego, se relaciona también con la falta de la presunción de inocencia, pero también con que algunos medios, muy celosos de su deber, buscan dar todos los datos sin importar la afectación de la imagen privada y pública de los involucrados. También les cuesta separar culpables de víctimas (y admito que no siempre es fácil), pero hay que empezar por algún lado.

 

-Proteger a los periodistas. Caray, es fundamental, y, sin embargo, México se ha convertido en uno de los países más peligrosos para los informadores. Algunos corresponsales revelan que cubrir la guerra contra el narco en México es más peligroso que cubrir el conflicto en Afganistán, un sitio que está en una situación de guerra de verdad, y lo peor es que no les falta razón. En México, amén de que los periodistas tienden a estar mal pagados y, en muchos casos, son vistos con desdén (y lo dice quien habita en la supuesta “Torre de Marfil”, donde eso es taaaan común que da vergüenza), ahora se juegan la vida tratando de informar. De nuevo, ¿cómo pretendemos ser un Estado democrático, con derecho y libertad de información, si no cuidamos a los informadores? Hemos visto montajes y realidades, muertos y secuestrados, y no siempre la actitud de los propios medios, por no hablar de autoridades, ha sido la de protección a los de su propio gremio. Al menos admitir que esto es importante es un buen primer paso.

 

  1. 4. No lo firmaron todos.

 

No, no lo firmaron todos ni tendrían por qué hacerlo. Pero sí lo firmaron 715 medios, entre grandes, medianos y pequeños, electrónicos, digitales e impresos, de la Ciudad de México y del interior del país. Claro, llaman la atención los ausentes: Proceso, Reforma, La Jornada y MVS. Tienen sus razones, tienen sus intereses y tienen su poder. Como dice el dicho, such is life in the tropics. Si leo lo que escribió al respecto la nueva “chica superpoderosa”, Carmen Aristegui, creo que su alegato va más contra el gobierno que contra los medios firmantes y ésa es otra discusión que tiene que ver con el siguiente punto.

 

  1. 5. El comunicado lo hicieron en Los Pinos.

 

Los protagonistas aseguran que no es así. Si me pregunta a mí, querido lector, creo que los de Los Pinos a veces se resbalan con su propia baba y, sin duda, su talón de Aquiles es comunicar, así que yo no estaría tan segura de que los “sospechosistas” que aseguran esto tienen razón. Es más: recordemos que el presidente Calderón ya había querido que los medios fueran, cuando menos, “más cuidadosos” con lo que informaban y lo pidió hace casi dos años, cuando la situación no era tan crítica como ahora. ¿Cuál fue el resultado de su convocatoria? No pasó nada. Nadie le hizo caso. ¿Por qué ahora que todo va peor tendrían los medios que fungir de “títeres” de un gobierno cada vez más débil? Suponer eso no me parece que tenga sentido. Y si ahora sale Calderón y dice que la iniciativa le parece magnífica, da igual. No creo que el llamado a la moderación sea a no informar, porque eso a nadie le interesa. ¿Hacerle el caldo gordo a un Calderón que va de salida y vaya que sale golpeado? A mí no me convence.

 

  1. 6. La iniciativa es de Televisa.

Uf. Pues sí. Para bien y para mal es la empresa de medios más poderosa del país. Existe. Ni modo. Qué se le va a hacer. E igual que Televisa existen otros tantos medios que nos pueden gustar o no, pero son los que hay. Claro, esto no nos quita el derecho a criticar las formas que Televisa le da a estas cosas. Yo desde que empecé a oír que se haría “algo sin precedentes (sic)”, me empezó a correr un escalofrío por el cuerpo, porque me podía imaginar cualquier cosa, desde lo más “raspa” hasta algo verdaderamente significativo. Pero, a juzgar por la programación reciente de Televisa y TvAzteca, me esperaba lo peor. ¿Fue la mejor forma de presentar algo así? Quizá no. ¿Va imbuido del espíritu “Rosa de Guadalupe”/Teletón/Sara García? Sí. ¿Parece show? Sí. ¿Los shows de Televisa y otros son creíbles? No. ¿Son hermanas de la caridad cristiana? No y no tienen por qué serlo. ¿Son empresas con intereses y mucho poder? Dah. Sí. Pero, querido lector, no podemos negar su influencia. Recuerde que hasta el mismo Secretario de Educación anda candidateando a Juan Osorio para que eduque al país.

 

Hay muchas más críticas, pero yo no tengo mucho más espacio. En todo caso le diré que se vale ser escéptico, pero no se vale seguir jugando a la cubeta de cangrejos en la que se hace cualquier cosa para evitar que uno salga. Tenemos que dejar de “resortear” cuando nos enteramos de algo, es decir, a brincar, opinar y condenar sin conocer los detalles y, más importante aún, las consecuencias, efectos y resultados.

Yo celebro que exista la iniciativa por dos razones fundamentales: la primera, porque me parece que revela que hemos tomado conciencia de que algo nos pasa y que es grave. Eso es un enorme primer paso. Parece que dejamos atrás el “mundo de caramelo”. La segunda razón tiene que ver con que, por fin, no esperamos que sea el gobierno el que haga algo. Si al final el acuerdo se aplica o no, los medios se autocontrolan o se controlan entre sí, no lo sé, pero la iniciativa no es de un gobierno en el que cada vez creemos menos y eso ya es ganancia. Es, si se quiere, dar un paso desde los medios que ya dimos muchos en el ámbito privado: nos tenemos que cuidar nosotros mismos, porque, a juzgar por lo que hacen las autoridades, estamos en completo estado de indefensión. Cuidémonos pues.

He dicho ya en este espacio que es complicado esto del narco, en buena medida porque el enemigo no está tan definido como quisiéramos y porque el fenómeno tiene raíces profundas en esta sociedad. No flota y por eso es difícil combatirlo. La voluntad de cuando menos condenarlo desde los medios es un gran primer paso. Ojalá a los medios los siga la sociedad en este tema y, aunque usted no lo crea, espero que también el gobierno los siga en algún momento.

Creo que el gobierno ha sido más que responsable en la glorificación del narco, no sólo por su increíble problema de comunicación (entrevistas, presentaciones e imágenes de capos abatidos), sino también porque, en aras de engrandecer su acción, terminan presentando una suerte de filme wannabe de Schwarzenegger con los montajes y presentaciones de la infame Luna Productions. Pero más allá de eso, este gobierno ha sido patrocinador al menos de dos cintas que hacen apología del narco y no pedazos. La primera, El Infierno, de tan real daba risa pero a mí me dejó en una depresión profunda. Y mire, querido lector, que me he confesado mil y una veces como adoradora del Cochiloco y sigo pensando que fue un despropósito que ninguna industria productora de peluches sacara a la venta su réplica, con o sin sus frases célebres, la navidad pasada. Yo lo hubiera adquirido sin dudarlo.

No obstante, no dejo de reconocer que, sea “ficción”, “comedia”, “ironía” o “farsa”, la película duele y duele mucho. La segunda, “Salvando al soldado Pérez”, aún en cartelera (y, si piensa verla, spoiler alert y tendrá que dejar de leer aquí), también duele y logra menos que El Infierno. Duele porque me hace pensar en qué tan baja traemos la autoestima los mexicanos que vamos al cine a reírnos de algo tan absurdo como que un contingente de narcos (nacos) mexicanos pueda ir a rescatar a un soldado estadounidense en Iraq. Y, sin embargo, lo consiguen. ¿Qué dice eso sobre el poder que le damos en el imaginario colectivo al narco? En la historia, dos hermanos se separan porque uno se vuelve narco y el otro no quiere vivir así; en consecuencia, se va a Estados Unidos y trabaja en un carro de burritos para luego volverse soldado del Ejército estadounidense. Sin embargo, esto que podría parecer una historia ejemplar, al final se pervierte: el narco tiene que salvar al soldado. Y, como ocurre habitualmente en este país, el desenlace es triste (al narco lo matan a las pocas semanas de haber consumado el rescate de su hermano), pero la ley, la justicia y demás cosas propias de un Estado democrático no tienen papel alguno. Ah, y ya como remate, hay una escena en la que sale el ex presidente Fox y la carcajada colectiva en la sala de cine no tuvo desperdicio. Insisto: ¿dónde traemos la autoestima y por qué el gobierno financia con fondos de “cultura” estas producciones? Y que conste que no hablo de censura. Son cosas distintas, querido lector.

 

 

EsotÉrika

 

  1. Esta semana hay más alertas para no viajar a México, el spring break parece que ya se dañó y el Presidente de Ecuador dice que los narcos controlan partes completas del territorio nacional. Esto el acuerdo firmado no lo incluye, porque no puede, pero la imagen internacional de México sigue decayendo ante gobiernos, sociedades y medios del mundo.

 

  1. La declaración ridícula de la semana se la llevan, en empate técnico, Hugo Chávez, quien dijo que el capitalismo mató a la civilización en Marte (en serio, este señor necesita ayuda), y la pareja presidencial de Guatemala, que promete divorcio para que la hasta ahora esposa pueda suceder en el poder a su hasta ahora marido y “casarse con el pueblo”. ¿Ve por qué lo internacional tiene su chiste, querido lector? Mal de muchos, consuelo de tarugos, dice el dicho, pero sí hay otros que también tienen problemas.
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