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Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
La compañía de clase mundial
Por Erika Ruiz Sandoval
17 de junio, 2011
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Kinshasa, 17 de junio de 2011

Esta semana mi mayor enemigo ha sido la “compañía de clase mundial”, es decir, la Comisión Federal de Electricidad. ¡Cristo poder! ¡Qué manera de destrozarle a uno la vida!

El lunes tuve que ir al estudio fotográfico al que he ido los últimos 28 años para sacarme unas fotos tamaño pasaporte, con cabeza descubierta, fondo blanco, a color y sin lentes, para tramitar el bendito pasaporte y alcanzar el estado de plena legalidad. No importa que en la susodicha delegación le saquen a usted una foto digital para el documento de marras. Usted tiene que llevar otras para que lo tengan en varias tomas, por si todo fracasa.

Me trepé al elevador con mi santa madre y ¡zas! Se fue la luz. Por primera vez en los 28 años que llevo viviendo en este departamento me quedé atrapada en el elevador. Y, claro, uno supone que es un apagón como los 5 o 6 de todos los días: breves, aunque frecuentes, y con fuertes tendencias a producirse cuando van a decir el asesino del programa que está viendo o van a dar los resultados del Melate. Pero no.

Pasaron 5 minutos y nada que regresaba la luz. Pasaron 10, pasaron 20, pasaron 30… Y ahí sí ya empieza uno a suponer que tendrá que aplicar el plan B que, en este caso, consiste en empezar a golpear la puerta del elevador, tocar el botón de la alarma que hace un sonido que sólo perciben perros San Bernardo en el Mont Blanc e intentar llamar por el celular (usando su propio cuerpo y la varilla del sostén como antena para que la pantallita ponga 3G y no EDGE, GSM, edge o SOS con el tachecito rojo) a la chica que nos ayuda en casa para que dé la voz de alarma.

Mi intrépido portero de inmediato se puso en marcha. El santo varón tuvo que subir y bajar los 12 pisos cualquier cantidad de veces y de plano tuvo que lanzarse a bajar el elevador de forma manual, lo cual aparentemente incluye arriesgarse a que el elevador caiga por el cubo a toda velocidad si quien realiza la operación no está dispuesto a quedar cual el pato herniado de Garfield. Poco a poco nos fueron bajando los 8 pisos que nos separaban de la planta baja. Qué estrés. Finalmente, chorreando en sudor, el pobre portero nos abrió las puertas y pudimos escapar. Una vez libres, mi madre tuvo a bien soltarme que mi desconsideración no conocía límites, pues, viendo que ella no se podía sentar en el suelo del elevador, bien pude haberme puesto en cuatro patas para que me usara de banquito romano. ¿Ve usted, querido lector, lo que pasa con las madres? Nunca se les da gusto con nada.

Llegué al estudio fotográfico, que empieza a parecer un habitáculo que bien podría aparecer en un túnel del tiempo. A partir de la aparición masiva de las cámaras digitales ya nadie va a hacerse fotos de estudio o, quizá, ya nadie va a este estudio. Por un momento tuve miedo de que me colocaran una peluca tipo María Antonieta, pero no. Eso sí: me tuvieron que sacar la foto dos veces, porque en la primera toma salí con cara de terror, producto de la encerrona de 45 minutos en el susodicho elevador.

Ah, y no crea usted, querido lector, que no llamé a la bendita “compañía de clase mundial”. Claro que lo hice. El problema es que, como tiende a ocurrir, me dijeron que “sí, cómo no”, que ya había muchos reportes y que obviamente no sabían cuándo se resolvería el problema. Para no hacerle largo el cuento, el apagón, sin causas aparentes (a veces el transformador sí tiene la amabilidad de tronar cual bomba de hidrógeno y entonces uno ya se hace a la idea de que estará sin luz un buen rato) duró unas 5 horas. Bien por la enorme calidad del servicio, CFE.

Yo pensé que la anécdota calidad pesadilla de la semana era ésa. Pues no. Para el martes, fecha en la que tuve que ir a renovar el pasaporte, la pesadilla adquirió nuevas dimensiones. Como buena ciudadana con conexión a Internet, me informé del trámite a partir de la página web. Reuní los documentos solicitados. Me fui a sacar las fotos. Hice mi cita por teléfono, porque por Internet fue imposible, y, papeles en mano, salí de casa más de media hora antes para llegar con tiempo y llenar “a mano” la solicitud de renovación del pasaporte, como indicaba la página web.

Resulta que la delegación de la SRE que corresponde a la Delegación Benito Juárez está despachando desde el Centro Armand, un edificio a todo lujo sobre Insurgentes y enfrente de Liverpool, porque el edificio delegacional está en obras. La gran pregunta en cuanto uno arriba al lugar es cuánto les estará costando alquilar semejantes instalaciones… Pero es una pregunta ociosa, ¿verdad, querido lector? Al final, todos los mexicanos sabemos que nuestras dependencias hacen todo lo posible por ofrecer servicios de calidad, ¿cierto? Aguántese la carcajada… Esto se pone peor.

Llego al piso 7 y, de inmediato, me topo con el proverbial “poli”, un pobre hombre con sobrepeso, al que el uniforme le queda como a un santo dos pistolas, que no sabe dar informes –aunque esté bajo el letrero de “Información”– y que lo mira a uno con una mezcla de piedad e incredulidad. Como ése no me pudo informar, me fui a formar a una “unifila”, otro de esos inventos diabólicos que han producido parques de diversiones como Six Flags. De inmediato llegó una chata con cara de asco a decirme, con tono de niño que repite las tablas de multiplicar, que si venía a “sacarelpasaporteporprimeravezdebíatenerelzapatitocobrizadoelprimerdienteelmechóndepelo…”. Tuve la osadía de interrumpirla para aclararle que yo sólo quería renovar mi pasaporte vencido, lo cual me ganó una mirada de absoluta reprobación y que me enviara con otro funcionario.

Y aquí fue donde me saqué la lotería. El burócrata de pacotilla, enclenque, calvo, de barba y bigote y cero criterio (ya sé, ya sé… ya está pensando usted que me repito más que el ajo, que “burócrata de pacotilla” es sinónimo de “cero criterio” y tiene razón, pero déjeme desahogarme) empezó a repetir, también como el silabario de San Juan, que tenía que tener “lacredencialdeelectorelpasaportevencidoelpagodederechos… Y copia simple de todo”. Zas. Ahí fue donde empezaron nuestras “diferencias”. ¿Cuáles copias? El instructivo de Internet no decía nada de copias. El chato con el que hablé por teléfono para hacer la cita no dijo nada de copias…

Intenté explicarle al sujeto este que no habían pedido copias y que, al no pedirlas, no tenía yo por qué llevarlas. Me llevó al instructivo que está en la puerta. Lo leímos juntos (bueno, lo leí yo, porque no sé si el susodicho sabe leer y escribir y, dada su actitud, tengo todas las razones para dudarlo) y no decía NADA sobre copias simples. Ahí ya se me subió lo Ruiz Sandoval, querido lector, y le dije que si el instructivo no lo decía no tenían por qué pedirme en ese momento, a 10 minutos de mi cita, que trajera copias. ¡Finalmente, se trataba de una renovación!

Ya me imagino que usted está pensando que si uno va a hacer cualquier trámite en este país lo mejor es llevar copias de todo lo imaginable y, por lo visto, tiene razón. Sin embargo, yo que soy un alma noble pensé que por fin se habían modernizado y que, al ser renovación y, por consiguiente, ser sólo la reexpedición de un documento a partir de todo el historial que ya tienen, no era necesario volverles a llevar la copia de la credencial, la copia del pasaporte vencido, la copia de la copia de la copia de la copia.

Estaba yo en uno de mis mejores momentos retóricos cuando el burócrata produjo un folletito. Que ahí sí decía lo de las copias simples. Y mi pregunta, claro, fue que de dónde pensaba que yo iba a sacar el bendito folleto si sólo se reparte en esa Delegación…

Ya se empezará usted a imaginar el desenlace. No había manera de convencer al sujeto y me sacó de quicio, particularmente cuando añadió la frasecita esa de “pues hágale como quiera, pero sin copias no le van a recibir los papeles”. Uf. Le arrebaté el folleto y le dije que tenía el criterio de un mosquito anófeles ya embarrado en la pared e intenté hacer una salida de ésas tipo Elizabeth Taylor en Quién teme a Virginia Woolf, pero no contaba yo con que tenía que ir a perseguir a la Delegada, para que me respetaran la cita en lo que iba a sacar las copias.

La Delegada, obvio, ya estaba hasta el mismísimo moño y de un humor negro, porque no era yo la única que no traía las copias tamaño carta (les vale un pimiento que las actas de nacimiento se expidan en tamaño oficio… como les quedarían feos los fólderes, uno tiene que procurarles la reducción amén de la copia). Y es que resulta que aquí es donde aparece de nuevo la “compañía de clase mundial”. No había luz en toda la zona (eso debí suponer cuando me jugué la vida para cruzar Insurgentes sin semáforos) y no tenía para cuando volver, pues llevaba “ida” unas dos horas. La Delegada dijo que se respetaban las citas y entonces me lancé a la aventura de encontrar una fotocopiadora fuera de “la zona”.

Tuve que caminar 15 cuadras de ida y 15 de vuelta, en unas alpargatas asesinas que ya me habían sacado ampollas para Ripley’s hace poco, cuando decidí irme caminando a no sé dónde. Encontré la bendita fotocopiadora, saqué copia de casi todo (de mi trasero no, porque sé que eso descompone las fotocopiadoras en el mundo, según he leído en Twitter) y volví para hacer el trámite.

Como era de esperarse, en cuanto puse una pata fuera del Centro Armand, volvió la luz… En fin… Ley de Murphy, que ya debería llamarse Ley de Kinshasa. Regresé y me dirigí al módulo donde otro burócrata secretamente esperaba que me faltara algo. Cuando no fue así, podría jurarle, querido lector, que se decepcionó un poquito. A estas alturas, la bendita Delegación ya estaba repleta de niños y yo, que me apego a lo que dice mi familia (“los niños o propios o disecados”) empecé a notar un extraño temblor en la mano derecha, pero no me iba a rendir ahora que por fin había conseguido la solicitud para llenarla a mano.

Una vez que puse ahí todos los datos que la SRE ya tiene y que, si no los tiene, los podía sacar de las copias que me hicieron llevar, pasé al siguiente módulo. Ya sabe usted que la lógica es hacer una suerte de rally, supongo para no aburrirnos todos. Y que me derivan a otro módulo más y que me toca el burócrata de pacotilla.

¿Y sabe qué pasó? ¡Salió corriendo a chillarle (sí, a chillarle) a su supervisor porque no quería atenderme! ¿Y por qué lo sé? ¡Por qué lo vi y lo oí! Hágame usted el recochino favor. Cobarde… Para eso pago impuestos.

Acabó atendiéndome el supervisor, y fue él quien me hizo poner en la copia de la credencial de elector “sólo para tramitar mi pasaporte” y una huella del índice y otra del pulgar… Á-ni-mas. Como si no hubiera copias de esa credencial por todos lados, incluida la PGR si recuerda usted la #sagaIMSS…

De ahí, pasé a la foto. Lo llaman a uno a gritos, para que sea elegante. Me tomaron la foto. Me chuté el comentario de “salió muy blanca… bueno, es que es usted muy blanca, pero le voy a poner color” (me imaginé de nuevo como aquella vez que me maquillaron para una aparición televisiva en República Dominicana y quedé en versión “dime que tú piensa” y más pintada que una puerta). Con color y todo, en la foto tengo una cara de “¡qué necesidad tengo yo!” que creo que me ofrecerán asilo en más de un país desarrollado si presento este pasaporte.

En conclusión: ¿cuál “compañía de clase mundial”? Aquí lo único de “clase mundial” es el entripado ciudadano cotidiano. ¿Por qué la burocracia se da estas licencias para tratarlo a uno como mendigo cuando está en su derecho de sacar documentos oficiales por los que, encima de todo, hay que pagar un dineral? Por lo visto, la burocracia nacional y las compañías de servicios públicos entienden la democracia como un “jódanse todos” rematado por un “hágale como quiera”. Ya va siendo hora de que entiendan que no es así.

 

EsotÉrika

Traigo cruzadas hasta las trompas de Falopio con el puro fin y objeto de resolver un par de incógnitas de vida personal/laboral que me traen insomne desde hace meses. Si usted no ocupa sus trompas de Falopio o cualquier otra cosa que se pueda cruzar, mucho le agradeceré se solidarice con esta causa. En cuanto se resuelva, le aviso. Es lo que tiene estar sobrecalificada en un país en donde la meritocracia importa una pura y dos con sal. Por su atención, gracias.

 

Palabrotas

burocracia.

(Del fr. bureaucratie, y este de bureau, oficina, escritorio, y -cratie, -cracia).

1. f. Organización regulada por normas que establecen un orden racional para distribuir y gestionar los asuntos que le son propios.

2. f. Conjunto de los servidores públicos.

3. f. Influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos.

4. f. Administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas.

Ejemplo: ¿Acaso en México la única definición real de burocracia es la número 4?

 

Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 22ª ed., (DE, 17 de junio, 2011: http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=burocracia).

 

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