Mal de muchos, ¿consuelo de tontos? - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
Mal de muchos, ¿consuelo de tontos?
Por Erika Ruiz Sandoval
30 de agosto, 2011
Comparte

Kinshasa, 30 de agosto de 2011

 

Estuve lejos de Kinshasa toda la semana pasada. De hecho, estuve en un sitio muy cercano al paraíso, en el que, además, me trataron como una verdadera vi-ai-pí, es decir, una Very Important Person. Si bien considero que ir a semejante sitio con el único fin y objeto de trabajar doce horas diarias en un salón sin ventanas es una suerte de tortura medieval, la verdad es que no me puedo quejar tanto esta vez, aunque nunca vi la playa y tampoco tuve la oportunidad de meterme a una de las sepetecientas albercas del fabuloso resort.

Pero empecemos por el principio. Volé con Aeroméxico. Confieso que lo hice porque sale de la Terminal 2 y ahí hay un local de masajes atendido por chinos que es una verdadera maravilla. Mucha gente cree que los chinos dominarán al mundo porque puede que no sean machos, pero son muchos, o porque llevan lustros creciendo a más del 8% anual. Nah. La verdadera razón por la cual dominarán al mundo tiene que ser su fabulosa técnica de masaje de pies. Yo no conocía semejante maravilla, hasta que una entrañable amiga alemana tuvo a bien llevarme al barrio chino de Nueva York a que me masajearan los pies. Aquella vez me asusté un poco, porque el masaje incluye puñetazos a las pantorrillas, pero lo cierto es que queda uno como manta mojada después de una sesión de ésas.

Infelizmente, este país tiene un poder de corrupción que no tiene parangón. Si lo analiza usted con cuidado, querido lector, se dará cuenta de que no hay franquicia que, una vez establecida en México, no termine por pervertirse. Ejemplos sobran: de McDonald’s a Starbucks, pasando por Italianni’s, Domino’s y Subway. Intente con cualquier otra; verá que el resultado es el mismo. ¿Y esto qué tiene que ver con los chinos? Pues es el caso que a los chinos del masaje de la Terminal 2 ya me los corrompieron y abren el changarro hasta pasadas las 9 am. Yo, que he sido criada (y probablemente engañada) con aquello de que “al que madruga Dios le ayuda”, pedí un vuelo tempranero y ¡zas! El local de los chinos estaba cerrado, así que adiós masaje.

Sin masaje y con vuelo por Aeroméxico, hubo que apechugar. Debo decir que me pone muy triste lo que ha hecho Aeroméxico a raíz de la desaparición de Mexicana. Se sienten los reyes del mambo y han encarecido los boletos todo lo que han querido. Es increíble que un vuelo al mismo sitio y a la misma hora cueste mil pesos más con Aeroméxico que con cualquier otra línea. Y no creo que los mil pesos de más se vayan en las galletas de avena que ahora le avientan a uno como “desayuno”. Siempre he pensado que la comida de avión peca (¿pecaba?) de exceso de pretensión (“Pechuguillas de codorniz coja con glaseado de mandarina silvestre, arroz con azafrán de Persia y chícharos del Tíbet”), porque además todo sabe igual en el condenado platito recubierto de aluminio con el que uno inevitablemente se quema, pero esto ya es un exceso de simplificación. Y pensar que antes Aeroméxico era una línea estupenda, puntual, con buena comida y muy buena atención… En fin: últimamente, en México todo tiende a la descomposición.

Arribé a mi destino en tiempo y forma. La maleta del “por si” (por si se ofrece, por si me quiero cambiar, por si hace frío, por si hace calor, por si me piden escalar una roca, por si tengo que hacerla de Jackie O, por si me pican los moscos, por si me quema el sol, por si me da repelús el aire acondicionado…) llegó bien y fue de las primeras en salir. Conociendo a la gente con la que me iba yo a reunir, puse mi carita de “aquí estoy” y salí buscando el letrerito con mi nombre.

Oh, sorpresa: no había persona alguna que trajera el susodicho cartelito. Diantres. Y yo que empezaba a sentir que sí era yo muy vi-ai-pí y había salido del aeropuerto en una actitud muy old Hollywood. En una clara maniobra mexicana, me acerqué al chato que iba a recoger a otra gente para la misma cadena hotelera a la que yo iba, y me le adherí cual calcomanía de verificación. Por supuesto, lo atormenté del tal forma que se sintió responsable de mi persona y llamó a “central” (lo que sea que signifique eso) para luego decirme que, como favor, me llevarían al hotel. Me trepé a una camioneta blanca con unos de esos gringos exóticos que son rubios, delgados y mudos y finalmente llegué a mi destino.

Cuando se abrió la puerta de la camioneta, me saltaron encima como diez personas que se disculpaban sin parar por el faux pas del aeropuerto (quién sabe quién les dijo que yo había cancelado el viaje) y me daban la bienvenida. ¡Qué digo la bienvenida! La súper bienvenida, la mega bienvenida, la über bienvenida, con kowtow incluido. “Señorita Ruiz, es un verdadero placer tenerla con nosotros…” (varíe la frase al gusto, pero en el mismo tenor). En menos de lo que canta un gallo, ya se habían hecho dueños de mis maletas, les habían colocado unas etiquetas elegantísimas con mi nombre y me escoltaban a la suite con jacuzzi y todo. Caramba. A mí estas cosas a veces me confunden… En el fondo, pienso que quizá se están equivocando, pero también soy una convencida de que a la gente hay que dejarla ser y hacer.

En un periquete, ya había yo bajado de la habitación (la presencia de un mayordomo del otro lado de la puerta me puso nerviosa). Me treparon a un carrito de golf y me llevaron a un buffet gigantesco para almorzar. Caray. Ahí empezó este periplo que le puedo resumir como sigue: mucho trabajo y mucha comida, toda deliciosa.

El motivo principal del viaje era participar en un comité de preselección de un premio para iniciativas de combate a la pobreza y a la desigualdad que se desarrollan en América Latina y el Caribe. Fueron casi 200 candidaturas, unas mejores y otras peores, pero todas llenas de buenas intenciones, lo cual me hace pensar que, por un lado, no todo está perdido, porque siempre habrá gente buena que se preocupe por los demás, pero, por otro, estas 200 iniciativas reflejan todos los claroscuros de América Latina y aún más del Caribe. ¡Cuánto nos falta! ¡Cuánta miseria! ¡Cuánto horror!

Algunos proyectos son muy antiguos, lo que revela que seguimos estando como estábamos. Otros son muy nuevos y responden a los nuevos flagelos (desplazados por la violencia, la discriminación contra los migrantes internacionales, nuevas tecnologías para solucionar viejos problemas). La mayoría son proyectos creados y liderados por mujeres y para mujeres. En América Latina y el Caribe, increíble pero cierto, sigue siendo todo un tema la igualdad de género. Y, sin embargo, la verdadera columna vertebral de la región es de sexo femenino. Son las mujeres las que se preocupan por sus hijos y eso se traduce pronto en una preocupación por la comunidad.

Vi muchos proyectos de educación. Parece que nos empieza a caer el veinte (si usted nació ya en la era del teléfono de tarjeta, pregunte a sus mayores qué significa la expresión) de que ése es el punto de partida de cualquier futuro digno, sea éste individual o colectivo. Cómo mantener a los niños en la escuela y lejos de las drogas, del crimen, de la violencia y de la perdición. Cómo ofrecerle a los jóvenes un futuro con dignidad, en el que pese más el esfuerzo personal que el dinero mal habido. Cómo educar al ser humano de manera integral, para que no pesen más las matemáticas que las notas musicales. Cómo hacer que los niños y los adultos se enamoren de los libros, aunque su vida cotidiana esté lejos de ser una novela rosa.

Y vi proyectos de una originalidad conmovedora. En barrios putrefactos donde la miseria ha destrozado todo vínculo comunitario se instala un banco de trueque en el que niños, jóvenes, madres, padres y ancianos intercambian su esfuerzo diario por comida, por ayuda para aprender a leer, por un libro, por algún bien indispensable o por una sesión de música.

Y el proyecto no era mexicano, pero creo que tendríamos que importarlo ya. Necesitamos volver a construir comunidad en donde la pobreza, económica y de espíritu lo ha roto todo. Tenemos que revalorizar el esfuerzo personal para volver a cambiar el chip y olvidarnos de que el dinero es el único motor del mundo. Hay que reconstruir los vínculos entre los mexicanos que han roto el miedo y la violencia sin sentido. Necesitamos hacer que los niños que apenas empiezan a caminar desarrollen sentimientos de empatía por los otros y aprendan que todo es un quid pro quo. No va a venir el gran gobierno a darte nada; si tú das tu esfuerzo, recibirás lo que te hace falta.

Tras cuatro arduos días de trabajo, el comité dejó una selección de 20 proyectos para que un jurado de altísimo nivel decidiera los tres premios principales y nombrara las menciones honoríficas. Quedé conforme con el resultado, aunque, como en todo, para los gustos se hicieron los colores.

Más allá de los proyectos concretos, me quedó la sensación de que América Latina y el Caribe siguen siendo ricos en muchas cosas, pero seguimos siendo incapaces de erradicar la pobreza y pareciera que nos regodeamos en la desigualdad. Aunque en las cifras agregadas quizá estamos mejor que nunca, particularmente el Cono Sur, arrastramos rezagos espeluznantes y vamos creando otros nuevos. Es increíble que siga importando en la región de qué género se es o de qué color se tiene la piel. Espero que no nos resignemos con aquello de “mal de muchos, consuelo de tontos”.

Como buena parte de quienes participaron en este esfuerzo eran extranjeros, me tocó dar muchas explicaciones de por qué México está como está. Quienes conocieron este país hace 50, 40 y 30 años no se pueden creer lo que nos pasa. Todos nos miran con infinita pena, como si nos hubiera caído una maldición. Y tuve que mentir a veces: repetí cual mantra que la Riviera Maya sigue siendo una zona segura, aunque tuve que cruzar los dedos porque sé que no es verdad. Y es una pena que nos tengan lástima, porque, además, no le ven solución a nuestras tribulaciones.

En medio de estas explicaciones, ocurrió lo de Monterrey. ¿Qué cara se puede poner después de eso? Infelizmente, aunque había cientos de personas que estaban dando lo mejor de sí para que nos sintiéramos bien atendidos, que jamás se negaron a cumplir un capricho o a atender una necesidad, que pasaron horas de pie y a la orden, la imagen que se acabaron llevando de México estas personalidades es que hay facinerosos capaces de incendiar un casino y causar una cincuentena de muertes y nadie hace nada. ¿Hasta cuándo?

Estoy de vuelta en Kinshasa. He vuelto a mi trabajo, pero sigo temiendo por este país y su futuro. Ayer me entero de que balearon un autobús escolar porque iba muy lento… Y pensar que creí que ya habíamos tocado fondo. Parece que nos queda un trecho largo todavía.

Seguimos echando culpas hacia fuera y a diestra y siniestra, cuando, al final, somos nosotros los responsables. Hoy lo dice el editorial de El País: “La lucha ya no es únicamente del Estado mexicano, ni puede ser solución el envío de más agentes a Monterrey; la lucha es de la sociedad mexicana en su conjunto. Quien no denuncie, no actúe, no se oponga en la medida de sus posibilidades al cáncer del narcotráfico, estará por debajo de lo que en esta hora exige la nación. Y todo ello, encuadrado, potenciado, servido por unos poderes públicos que han de entender que pelean por la supervivencia de un México moderno, eficaz y democrático”.

EsotÉrika

  1. No le quiero contar, querido lector, lo mal que me he sentido desde que regresé. Nadie salta para ayudarme ni para atenderme. He tenido que hacerme el desayuno sola y también he estado como Cenicienta, lavando platos. ¡Qué rápido se acostumbra uno a la buena vida!
  2. En la ciudad del mejoralcaldedelmundo ayer me topé con el cadáver de una rata, justo en la banqueta por la que cruzo todos los días para ir a trabajar. Esta mañana, el cadáver seguía ahí, y, justo al lado, la fritanga y el taco. ¿Ciudad en movimiento? Que le pregunten a la rata.
  3. Veo lo que pasa en Estados Unidos y sigo pensando que me han robado una ilusión casi infantil. Ya cuando en una misma semana les toca terremoto y huracán, Obama se colapsa en las encuestas y nadie ve pa’dónde va la cosa, hay que empezar a planear si en el funeral del Capitán América habrá que tocar My Way en la voz de Frank Sinatra.

Palabrotas

 despelote1.

1. m. coloq. Acción y efecto de despelotarse1.

despelotarse1.

(De des- y pelota2).

1. prnl. coloq. Desnudarse, quitarse la ropa.

2. prnl. coloq. Alborotarse, disparatar, perder el tino o la formalidad.

Ejemplo: Hay momentos en la vida en los que no queda más remedio que despelotarse.

 

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.

close
Información verificada del COVID-19 #CoronavirusFacts