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Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
México en el diván: "Doctor, creo que tengo esquizofrenia"
Por Erika Ruiz Sandoval
25 de febrero, 2011
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Kinshasa, 25 de febrero de 2011.

Esta semana, querido lector, hay una buena noticia en el panorama. Se aprobó en el Senado de la República la nueva ley de migración, la cual ahora pasará a la Cámara de Diputados para seguir su proceso legal. Esto es una buena noticia porque parece que México, quien lleva en el diván un buen tiempo, está empezando a encontrar cómo corregir su esquizofrenia.

En el caso de la migración, dicha esquizofrenia era particularmente dolorosa. Como el principal país expulsor de migrantes, México pedía para sus migrantes el mejor de los tratos y se indignaba continuamente porque Estados Unidos, su principal destino, no les tendía la alfombra roja y les hacía efectivo el tradicional “Welcome”. Sin embargo, en uno de los círculos del infierno el castigo para los pecadores, muy pecadores, tendría que ser convertirse en migrantes en tránsito por México o, como había ocurrido en fechas recientes, en migrantes que venían a establecerse en este país. Estos migrantes, en su mayoría centroamericanos, veían al mismísimo diablo en su incursión por territorio mexicano, al ser víctimas de todo tipo de abusos, la mayoría, a manos de autoridades también de todo tipo.

En la nueva ley se reconoce que los migrantes en México tienen derecho a un trato digno, a la salud, a la justicia y a la alimentación. Más importante aún, se limita el papel de la Policía Federal a responder a la llamada de auxilio del Instituto Nacional de Migración en caso de que se necesite a la fuerza pública para cumplir con sus resoluciones y otras de orden judicial.

Querido lector, insisto, son buenas noticias. Sin embargo, déjeme volver a la realidad cotidiana en esta materia. Como es bien sabido, en este país no nos faltan leyes. Tenemos muchas y, en buena parte de las ocasiones, incluso son buenas. Nuestro problema tiene que ver con su aplicación. Cualquiera que haya ido este fin de semana a ver Presunto culpable se habrá dado cuenta de que, como dice el refrán, del dicho al hecho hay mucho trecho. Al final, lo que falla no es la ley. Lo que falla tiene que ver con quién aplica la ley y a quién se la aplica. Por eso, sugeriría no echar las campanas al vuelo y declarar el fin de nuestra esquizofrenia migratoria que, por cierto, no padecemos sólo nosotros, sino también otros países como Marruecos, que, como México, son países expulsores, receptores y de tránsito.

En esto de la aplicación de la ley no es importante sólo la autoridad y créame que tengo mis dudas sobre las capacidades del Instituto Nacional de Migración. Pero también tenemos que mirar qué hace la ciudadanía. Las conductas racistas, discriminatorias, xenófobas e inhumanas contra los migrantes centroamericanos no son coto exclusivo del funcionariado o de las policías. También los ciudadanos de los estados por los que transitan estos migrantes se han acostumbrado a tratarlos como inferiores, como gente que no vale nada simplemente porque está dispuesta a arriesgarlo todo en busca de la posibilidad de tener expectativas de futuro, algo que no tiene en su lugar de origen.

En este tema también no estamos solos. Aunque parezca increíble, los ciudadanos de países que expulsan (o expulsaron) migrantes son perfectamente capaces de no entender por qué ahora otros vienen a su territorio buscando lo que sus connacionales –y, a veces, ellos mismos– fueron a buscar al exterior, y pueden maltratarlos y negarles oportunidades que ellos mismos hubieran querido para sí. Baste ver lo que pasa en España, país que durante los años de posguerra expulsó migrantes a diestra y siniestra, y que ahora no se acostumbra todavía a ser país receptor de millones de migrantes del norte de África y de América Latina, principalmente.

Otra cosa que me preocupa es que esta nueva ley migratoria podría escribirse en letras de oro de no ser porque lo que les pasa a los migrantes (violaciones a sus derechos, secuestros, ataques y robos, y hasta la muerte) empieza a pasarnos a todos los demás que habitamos este país. La descomposición de nuestras instituciones y, en particular, del aparato de seguridad y del de justicia no hace grandes distingos entre los que son de aquí y los que no. ¿Cómo gritamos a los cuatro vientos que los migrantes ahora estarán seguros en México cuando los mexicanos no lo estamos? ¿Tener una nueva ley migratoria aclarará los millones de casos de migrantes desaparecidos, violados, multilados, explotados o muertos? No, creo que no, y por tanto aquí también queda mucho por hacer.

Finalmente, en esto de la migración, creo que nos está faltando una buena discusión ya no sólo sobre los que se fueron, los que se van o los que están por irse. Lo que tenemos que discutir es cómo haremos para que este país funcione a partir de la increíble cantidad de gente que lo ha dejado. México ha padecido durante décadas una verdadera hemorragia poblacional. Esto tiene consecuencias para planear nuestro futuro. Simplemente hay que pensar en cómo haremos políticas públicas en este país, que habitualmente se hacen a partir de criterios demográficos, cuando hay numerosas localidades que ya podrían alquilarse para películas de terror, porque están abandonadas, o que tienen población flotante, de temporada. ¿Cómo se diseñan políticas de salud o educación donde sólo quedan ancianos y niños, o mujeres, ancianos y niños?

Y el otro gran tema es cómo haremos para vivir sin remesas… Este país no sólo tiene adicción a la Coca Cola; también la tiene con respecto a las remesas. El modelo económico funciona a partir de esos flujos. ¿Qué pasará cuando, como empezamos a ver a partir de la crisis de 2008 en Estados Unidos, ese dinero dejé de llegar a millones de comunidades en el país? ¿Ya lo pensaron?
Nos encanta decir que, tal y como presentó aquella película de Un día sin mexicanos, Estados Unidos no sobreviviría sin la mano de obra migrante mexicana. ¿Y sobreviviríamos nosotros si nos los devolvieran a todos? Es pregunta.

EsotÉrika

1. La gracejada semanal corrió a cargo del Secretario de Hacienda, Ernesto Cordero. En el tradicional estilo que caracteriza a muchos de los funcionarios panistas, dijo que una familia podía pagar vivienda, crédito de auto y colegiaturas de escuelas particulares con 6,000 pesos. Claro, al poco rato tuvo que salir a decir que sí dijo lo que dijo, pero no quería decir eso, pero lo malinterpretaron, pero no era así. ¡Qué falta hace Rubén Aguilar!

Lo del “estilo” tiene que ver con que esta pobre gente se nos desubica con facilidad y creen gobernar un país que no es éste. Un comentario como el de Cordero, quien tiene un ingreso neto de casi 150,000 pesos, no sólo cae mal a la ciudadanía en general. Francamente es un insulto. Yo no sé si no se ponen a pensar que las cosas están a punto de turrón en este país y, si bien nada tenemos que ver con el Magreb, en un chico rato sí se arma la tremolina, porque ya no se aguanta más.

Yo propongo dos cosas: Primero, que se utilice este triste episodio como ejemplo para los libros de texto gratuitos. Se me ocurre algo así como: “Si tienes 6,000 pesos y tienes que pagar la mensualidad de la casa, la del coche y dos colegiaturas, ¿cómo cubrirás los gastos de alimentación, vestido, ocio, etc.? Tienes 30 minutos”. Finalmente, vale la pena que los niños se vayan acostumbrando a cómo sus gobiernos tienen tantas esperanzas puestas en ellos que asumen que pueden hacer milagros.

Segundo, sugiero que a Cordero lo dejemos en la estación del metro Nativitas con sus 6,000 pesos, sin celular, sin coche, sin chofer, etc. y lo pongamos a tramitar su crédito a la vivienda y su crédito automotriz, y le acomodamos a la Sharon Yadira y al Brayan Pietro para que les pague su colegiatura en la escuela Mártires de Elba Esther, S. de R. L. ¿Sobrevivirá?

2. Contrario a mi costumbre, esta semana utilicé una presentación de Powerpoint en mi clase. Era importante usarla porque iba a mostrar mapas y cuadros del último tercio del siglo XIX, porque estoy tratando de explicar las circunstancias que llevaron a la Primera Guerra Mundial. Cuando estaba tratando de abrir el bendito archivo pasaron dos cosas. Uno, salieron letreros que decían que yo podía ser víctima del software pirata… Caray… Otra vez víctima. Qué manía. Dos, les dije a mis estudiantes que, habitualmente, no uso presentaciones de Powerpoint porque creo que soy suficiente espectáculo audiovisual. Apenas terminé de decir eso, se oyó una vocecita anónima desde el fondo del salón: “Ya nos dimos cuenta, profesora”. ¿Qué me habrán querido decir? Condenados educandos…

En todo caso, me interesa subrayar que los jóvenes tienen que aprender a tomar notas, sí, a mano, como antaño. Esto de la “modernidad” encarnada en la llamada death by slide y que consiste en pasarles 257 diapositivas de colorcitos en 60 minutos me parece una barbaridad. Ponen el cerebro en off y, encima, se fían de que el profesor, que generalmente se pará ahí a hacer su show que consiste sólo en leer los textos que aparecen en pantalla, les dará la presentación impresa.

Tomar notas tiene varios propósitos. Entre otros, no dormirse si el profesor es un muermo. Pero también incluye discernir los conceptos importantes y aprender a tomar la sustancia de los argumentos. Lo escrito a mano se termina recordando más que lo que se lee en un impreso que uno no escribió. Además, ¿quién puede resistirse a la excursión semestral de compra de cuadernos y plumas? Yo no.

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