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Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
México, ¿por qué no eres un país “normal”?
Por Erika Ruiz Sandoval
11 de febrero, 2011
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Kinshasa, 11 de febrero de 2011.

Esta semana empecé a entrar en materia en mi curso de Introducción a las Relaciones Internacionales y, definitivamente, no es fácil dar un curso así en un país como éste y, menos aún, en este momento por el que pasa. Al tratar de explicar a mis estudiantes cuál es la diferencia entre el sistema internacional, anárquico por naturaleza, y el sistema interno, empezaron los problemas.

La primera dificultad viene del uso del término “anárquico”. Para los estudiantes mexicanos, anarquía es sinónimo de caos, porque así viven en varias ciudades del país, y particularmente en esta “Kinshasa” de manifestaciones, plantones y desmadre vial –para muestra, la gloriosa línea 3 del Metrobús–. Por eso, explicarles que “anárquico” se refiere sólo a la falta de un gobierno central y no a la falta de orden tiene lo suyo.

Proseguí con mi explicación de la diferencia entre el sistema internacional y el sistema interno e hice referencia a que el orden dentro de un Estado es jerárquico, pues, para empezar, es el Estado el que tiene un poder que no tiene nadie más: tiene el monopolio del uso legítimo de la violencia. Aquí ya las caras de incredulidad no tenían desperdicio… ¿Cuál monopolio de la violencia en manos del Estado en un país en el que narcos, crimen organizado y delincuentes de a pie ejercen la violencia contra los ciudadanos? ¿Cómo entender que esto es la diferencia entre el sistema internacional, donde cada Estado tiene que defenderse solo (estamos viendo la perspectiva realista), y el orden interno, donde, en principio, no es un sistema de autoayuda? Más que nunca retumbaba en mi cabeza aquello de “y ahora, ¿quién podrá defendernos?”…

Con risa nerviosa, proseguí con mi explicación. La diferencia entre el sistema internacional y el sistema interno también está en que en el segundo hay policía que vela por la seguridad de los ciudadanos… (mis alumnos empezaron a reír bajito) y también tenemos cortes que defienden al ciudadano… (ya las risas eran descaradas). Claro, ¿cómo les explico yo esto a jóvenes que están creciendo en un país en el que la policía es corrupta y probablemente, en más de una ocasión, sea cómplice de los delincuentes y en el que, también, es evidente la podredumbre y la ineptitud del Ministerio Público y de algunos jueces? Bastaría con mirar las historias de Maricela Escobedo y hasta la del documental que próximamente se estrenará, Presunto culpable, para saber que, en México, estos supuestos no se cumplen.

No me quedó más remedio que hacer uso de la infausta muletilla aquella de “en los países normales” antes de cada explicación. Y, claro, me quedé pensando… ¿Por qué no es México un país “normal”? Ya bastante era eso de tenerles que decir que, cuando se habla del sistema internacional, un país como éste no cuenta, como no cuentan otros 180 y pico de países que, al igual que éste, viven en la periferia, por no decir que están en el espacio sideral…

Por un momento vi en el horizonte un rayo de esperanza. Podíamos hablar de que, México, a diferencia de hace unos años, era ya una democracia. Huy, además, acababan de pasar las elecciones de Guerrero y Baja California Sur… Bien, bien, bien. Con eso seguro que les levantaría el ánimo.

Claro, el entusiasmo me duró poco cuando tuve que dibujarles el espectro político mexicano en el pizarrón… La raya no medía más de una pulgada, entre derecha e izquierda, con una fuerte concentración en el centro… Si a eso sumamos que tuve que empezar a explicar que el candidato ganador en Guerrero originalmente era priísta, pero compitió con la bandera del PRD que es un partido de izquierda (visualicen las gotas de sudor que me corrían ya por la frente) y a su candidatura se sumó el candidato del PAN, pues ya se imaginarán las caras de los estudiantes.

Pero no cejé en mi empeño. Usaríamos el caso de Baja California Sur… A ver… Era un perredista que se volvió panista… Uf. Ejemplo abortado también. Y, obviamente, vino a mi mente el célebre caso de “Juanito”… Un señor que no se llamaba Juanito pero que competiría por el puesto de jefe delegacional para luego cedérselo a una señora que no había quedado en la elección interna… Uf. Tampoco es ésta una democracia normal.

Esta semana también fui a presentar Hipotecando el futuro con los generosos amigos de la CEPAL México que me invitaron a conversar con ellos. Tras una exposición de unos 40 minutos se me quedaron viendo con infinita tristeza. Debe ser que este país está más acostumbrado que otros a que los cuentos tengan finales felices, pero, si me toca hablar de las condiciones presentes de México y qué se puede esperar a futuro a partir de eso, es difícil ponerse a dar saltitos de emoción.

Sin embargo, me hicieron una pregunta interesante: ¿por qué hay una suerte de gozo en pintar panoramas negros de México a últimas fechas? ¿Por qué en particular los académicos jóvenes tienden a presentar estos escenarios apocalípticos?

Tras darle varios pensamientos tuve que responder que quizá esto tiene que ver con el momento en el que nos tocó crecer y en el cual nos toca empezar a rozar los cuarenta. Me explico: mi generación creció durante la etapa de la Industrialización por Sustitución de Importaciones. Esto significaba que no había McDonald’s, sino una cadena de establecimientos a los que nunca fui (mi mamá decía que servían carne de perro) que se llamaba Tom Boy, y que para comerse un chocolate Milky Way había que comprarlo en la “fayuca”, si mal no recuerdo, en Plaza Universidad, si se vivía en el Distrito Federal. El máximo de toda niña “fresa” era forrar sus cuadernos con los papelitos amarillos de los chicles Juicy Fruit.

Mi generación no creció jugando Monopoly ni entendió jamás cómo se jugaba en un casino y se compraban propiedades en Montecarlo. Nosotros jugábamos Turista nacional, es decir, la versión sustitución de importaciones del Monopoly, donde la zona de “lujo” incluía a San Luis Potosí y San Cristóbal de las Casas, y se compraban e instalaban moteles (algunos basan en esto sus preferencias por Tlalpan, pero me parece muy forzado el pretexto) y gasolineras, todas, por supuesto, de Pemex. Jamás lavaron nuestras ropas infantiles con Tide con olor a pino alpino… Es más: muchos de nosotros nunca supimos a qué olía un pino alpino mientras fuimos niños y creo que muchos siguen sin saberlo.

Esta generación hizo la licenciatura durante la primera mitad de los noventa y nos tocó, por ejemplo, el nacimiento del periódico Reforma en esos años formativos, y salir a venderlo a las calles en aras de defender a esta nueva iniciativa de la mala malísima “Hunión” de Voceadores, como le decía Dehesa, primeras señales de cierta apertura. También nos tocaron los asesinatos de Colosio y de Ruiz Massieu, y el levantamiento en Chiapas.

Pero, para el tema que nos ocupa, esto de lo internacional y del papel de México en el mundo (“mundial”), nos tocaron los años en los que la propaganda política decía que la apertura nos conduciría al primer mundo, que el TLCAN era la panacea y que a partir de allí todo sería coser y cantar, pues el país por fin se subiría al gran y generoso tren de la globalización. Quizá por esto es que hoy cuesta tanto pintar panoramas optimistas y es tan difícil plantear escenarios rosa sobre la política exterior de México y su lugar en el mundo.

A fin de cuentas, en nuestros primeros años como adultos nos formamos unas enormes expectativas. Quizá deberíamos iniciar un grupo de autoayuda o someternos a terapia de grupo. Yo encantada podría ir a decir aquello de “Hola, mi nombre es Érika, y me creí aquello de la globalización positiva, de la llegada al primer mundo y del desarrollo imparable”. Tal vez de ahí venga la severidad de mi juicio con respecto a lo alcanzado hasta ahora. Simple y sencillamente, yo esperaba mucho más. Ahora, ya cerca de los cuarenta, me toca mirar con mayor crudeza el momento presente, deshacerme de las expectativas juveniles y tratar de plantear soluciones para salir del berenjenal en el que estamos metidos. Empezaré por mi clase, si no les importa. Si se me ocurre algo más allá, se los cuento la próxima vez.

EsotÉrika

1. Ahhhh… El Aristeguigate… ¿Qué haríamos en este país sin estas cosas, que obligan al subidón de adrenalina y a la opinionitis aguda? Cómo nos gustan las cosas en blanco y negro, los héroes y los villanos. Nos encantan los mártires y las víctimas, particularmente si sufrieron vejaciones a manos del gobierno o de la iniciativa privada que, en la teoría de la conspiración, son uno y lo mismo, villanos reventones de caricatura. Nos deleitan también los grandes términos como “libertad de expresión”; se nos llena la boca namás de decirlo y de sentir que la defendemos. A veces creo que todo mexicano lleva dentro un zopilote vengador. Si me preguntan a mí, creo que éste no fue un episodio feliz y reconfirma que seguimos atrapados en el canal de parto, es decir, ni en el vientre materno ni afuera, y no veo cerca de médico alguno que traiga los fórceps.

2. Ya cayó Mubarak. En México esto se está leyendo como un fiestón loco, como la comprobación de la existencia del “sisepuedismo” y de que “elpueblounidojamásserávencido”. Para mí, éste es el principio de un camino largo e incierto. Derrocar a un dictador a partir de la protesta popular y que el país quede en manos del ejército no debería leerse como el advenimiento inmediato de una democracia funcional. Vamos a ver cómo le va a Egipto, pero, por ahora, le hago una súplica, querido lector: deje de buscar paralelos entre ese país y el nuestro. Por una parte, ya le dije que no somos un país normal. Por otra, nuestras supuestas similitudes se quedan en la explotación turística de pirámides. No confundamos, como dicen los españoles, churras con merinas o, si aplicamos un mexicanismo, la gimnasia con la magnesia.

3. Gran alarma generó entre los círculos políticos, noticiosos y de la opinión pública (léase Twitter) los comentarios que, a partir de la máxima de “pienso, luego insisto”, han estado haciendo funcionarios estadounidenses de alto rango sobre la preocupación que tienen de que este país se vaya… se vaya… bueno, que se colapse en garras del crimen organizado y que, además, salpique. Puede ser que a los vecinos les esté faltando tomarse un Nervocalm, grageas, con el desayuno, pero también hay que ponerse en sus zapatos. ¿Tenemos la certeza de que en este país se podrá mantener el orden y de que los cárteles del narcotráfico no tienen, cuando menos, conversaciones con organizaciones terroristas, guerrilleras y de cualquier otro tipo? Yo escucho al Sr. Blake y nomás no me convence. ¿No hace poco nos dijeron que no tenían idea de cómo habían entrado al país los 72 migrantes que luego fueron masacrados en Tamaulipas? Consistencia en el discurso y en los actos, señores. En todo caso, cerraré hoy con la máxima del buen Tucídides, el primer realista en esto de las Relaciones Internacionales: “Los poderosos hacen lo que pueden, mientras los débiles sufren lo que deben”. ¿Le damos un pensamiento?

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