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Qué necesidad tengo yo
Por Erika Ruiz Sandoval
Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta ... Internacionalista de formación y de deformación. Europeísta, pero mexicana (y chilanga) hasta las trancas. De víscera, soy realista (¡viva Tucídides!), pero de convicción intelectual soy institucionalista liberal. Me fascina el “mundo mundial” (à la Warhol) y me preocupa profundamente México. Doy clases, investigo, escribo, doy conferencias, me apasiona la historia del arte y bailo salsa. Soy aries con ascendente en sagitario, antes y después de Ofiuco. Soy editora de Hipotecando el futuro (Taurus, 2010). Sígueme en Twitter: @erikaruiz (Leer más)
Un cambio de era
Por Erika Ruiz Sandoval
2 de septiembre, 2011
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Kinshasa, 2 de septiembre de 2011.

 

Ayer, me leí el editorial de Manuel Escudero en El País, titulado “Trazos de una realidad global desconcertada” y me cimbró. Esto que le está pasando al mundo no es una sacudida y nada más; para Escudero, es un cambio de era, con todo lo que eso implica (¿habrá que empezar a poner la fecha en formato “año 3 d. d. l. c. d. L. B.”, es decir, año 3 después de la caída de Lehman Brothers?). Escudero identifica diez rasgos de la nueva realidad:

 

  1. Los poderes públicos se están “encogiendo”. Creo que tiene razón Escudero. A fin de cuentas, ni siquiera los Estados más poderosos del planeta, los llamados global players, tienen la posibilidad de controlar, por sí solos, los fenómenos de esta época, se trate de esta crisis económica tremenda o del terrorismo, el narcotráfico, el cambio climático o las migraciones internacionales. Y es entonces cuando hay que preguntarse qué significa la democracia si a quien uno elige no tiene posibilidad alguna de resolver estos problemas, como ya vimos tristemente en este h. país.

 

  1. Hacer más grande al sector público no soluciona la bronca. Ya lo dijola Sra. Thatcher, monedero en mano. Pero aquí estamos atrapados entre la espada y la pared: prescindir del Estado o de las políticas públicas es un verdadero caso de “peor el remedio que la enfermedad”. En países como el nuestro, en donde al Estado se le adelgazó al punto de la desaparición por seguir los mantras neoliberales, es evidente que hace falta. Lo que hoy nos pasa tiene mucho que ver con que el Estado no sólo es ineficaz, sino que a veces ni siquiera existe. Y, como bien se sabe, como en política no hay vacíos, alguien más ha llenado esos espacios. Infelizmente, aquí lo han hecho desde los narcos hasta los caciques locales. Ellos son los que proveen servicios que tendría que dar el Estado y, a cambio, se quedan con la lealtad de una población necesitada. Pero, por otra parte, mucho Estado tampoco ayuda, dicen algunos, y por eso corremos despavoridos ante cualquier supuesto de autoritarismo estatal y vemos con desdén a los Chávez y Correas del mundo. O sea que éste es un típico caso de “si la ensartas pierdes y, si no, también pierdes”. Zas.

 

  1. Mientras el poder público es cada vez menos potente, ganan poder otros, concretamente las empresas. Escudero pone un dato: “Si las empresas del Fortune 500 fueran un país (datos de 2010), serían el segundo más grande del mundo, con el equivalente a dos tercios del PNB de Estados Unidos, y el doble que Japón o China”. Requetezás. ¿Cuál es el problema? Que las empresas no le rinden cuentas a nadie y sí parten el queso mundial.

 

  1. Respire profundo, querido lector. Ok, ok… Las empresas sí rinden cuentas: a sus clientes. Por eso ahora ve usted a muchas de ellas trepadas en la ola de la responsabilidad social corporativa, la sostenibilidad y otras cosas semejantes, porque son los clientes, los ciudadanos pues, los que cada vez demandan más que a quienes les compran les aseguren que tienen conciencia social. El único problema es que no todas las empresas son así y cabría preguntar si en países como el nuestro los clientes de verdad orientan así sus decisiones de consumo. ¿Acaso usted se pone a ver si la empresa X o Y cumple con las normas laborales y respeta el medio ambiente o si hace labor social antes de comprar sus productos? Es pregunta. En todo caso, lo que sí es un hecho es que no todas las empresas están dando este viraje. Basta ver a las agencias calificadoras, las Standard & Poor’s del mundo, que, con la mano en la cintura, se levantan una mañana y le bajan la calificación a la deuda de la víctima elegida, lo cual se traduce en el colapso de una economía y una sociedad, como hemos visto que pasó con Grecia o con Irlanda y, en mucho menor medida, con Estados Unidos. ¿A estas empresas, con intereses particulares, quién las regula? Su conciencia, querido lector. ¿Tendrán?

 

  1. Otro cambio significativo, dice Escudero, está en la fuente de la legitimidad, que generalmente es la opinión pública. La diferencia ahora radica en que la opinión pública no la generan sólo los medios locales o nacionales, sino también las redes sociales globales. Cada vez son más las opiniones que se expresan a través de Twitter, Facebook, YouTube o blogs como éste. Ciudadanos normalitos, comunes y corrientes, de a pie (como yours truly), que no pertenecen a la “comentocracia” nacional o internacional, son capaces de generar opinión pública, de legitimar o deslegitimar prácticamente cualquier cosa, incluidos los poderes públicos y también los privados. Es evidente que no todos lo hacen, pero algunos sí y de manera muy notable.

 

  1. Demos un paso más allá. Las redes sociales pueden movilizar a muchos ciudadanos de a pie y así modificar temas de la agenda pública. Simplemente este año llevamos la llamada “primavera árabe”, el movimiento de los indignados en España y los disturbios en Reino Unido, todos casos en los que las redes sociales han desempeñado un papel fundamental.

 

  1. Todas estas tendencias, dice Escudero, se agudizaron con la crisis de 2008. Lo increíble de esta crisis es que todos los que la originaron (ya sabe quiénes, querido lector) salieron indemnes y hasta más fortalecidos (siguen cobrando bonos putribillonarios), y los que siguen en artículo mortis son Estados Unidos y los países dela Unión Europea, actores que, en principio, son democracias funcionales que, lo crea o no, están echando el pulmón, mientras las empresas les bailan la caperucita. “¡Cristo poder!”, diría una entrañable amiga.

 

  1. El desmelote de la crisis ha traído como resultado más desigualdad en el mundo y, particularmente, en el desarrollado. Nosotros, que somos viejos lobos de mar en esto de la desigualdad, no nos hemos ni inmutado (lo cual es gravísimo), pero en Europa o en Estados Unidos las brechas se han profundizado, producto de los recortes presupuestarios y del desempleo. Hoy salía una nota que decía que, en Estados Unidos, ya es imposible saber quién es un homeless. Básicamente, puede ser cualquiera. Ánimas. Esto, sin duda, tendrá profundas consecuencias para las otrora democracias funcionales y ya lo estamos viendo. Fíjese en lo que pasa en España o en el vecino del norte.

 

  1. La crisis está transformando al sistema de tal forma que cada vez parece más multipolar. Se han abierto nuevos caminos para países que sí tienen trazada una estrategia, como Brasil,la Indiao China. Mexicalpán de las tunas sigue deshojando la margarita todavía, así que no me lo presione, querido lector: está decidiendo si quiere ser potencia cuando sea grande o no. Ja. Sin embargo, hay un punto aquí que habría que subrayar. Muchos dan por hecho que la hegemonía estadounidense está en franco declive y piensan que de ésta no se salva. Sin embargo, hay un tema en el que el panorama no es tan claro: el del “poder suave”, es decir, el que proviene de la influencia cultural. Podemos pensar que China ya le pisa los talones a Estados Unidos, pero ¿también en lo cultural? ¿En la música, en el cine? Eso no es tan fácil y, en buena medida, tiene que ver con el idioma. En ese sentido, por ejemplo, tiene mayor potencialla India, que heredó la lengua inglesa, que Brasil, porque el número de lusoparlantes es muy reducido.

 

  1. También hay otras crisis que no han cambiado nada o, si acaso, se han agravado: 1,000 millones de personas con riesgo de desnutrición, 1,200 millones de personas sin agua potable y 1,800 millones sin electricidad (no todo mundo tiene “la compañía de clase mundial”… jajaja… disculpe la ironía, querido lector). O sea que, en los temas de alimentos, agua y energía, la cosa está mal y se pondrá peor.

 

A todo esto, otros agregan más cosas al “cambio civilizatorio”: estamos transitando de una hegemonía occidental a una de corte oriental, del dominio de los ricos pero endeudados al de los emergentes que están sacando provecho de la situación, de las economías industriales a las de países en desarrollo donde se están instalando las compañías para abatir costos, de la economía basada en el poderío industrial a la del conocimiento…

 

Éste es el panorama. ¿Asusta? Quizá. Pero tal vez es momento de pensar que así serán las cosas y ponerse a trabajar para salvar los muebles. ¿Estamos pensándolo los mexicanos?

 

 

EsotÉrika

 

  1. Sigo sintiéndome como gallina en corral ajeno en mi nuevo hábitat, pero asumo que todo es cuestión de tiempo. También he de decir que no he traído cosas mías a esta oficina, justo porque me juré que, en esta ocasión, montaría un despacho plenamente minimalista. Sin embargo, también reconozco que me hacen falta algunos de mis triques para no sentir como que floto en el éter… ¡Necesito mis post-its! La otra cosa que no hace la adaptación tan fácil es que, en el nuevo hábitat, todo es, en principio, imposible. Ya si uno averigua, pregunta, indaga, ruega y pone cara del gato con botas de Shrek, todo es posible. Le pongo un ejemplo, querido lector: por motivos de seguridad (asumo), hasta el día de ayer tenía yo prohibido que gente externa me visitara en mi oficina. Supongo que lo hacen porque tengo cara de conspiradora (ojito con imaginarse a Dña. Josefa, por favor), y podría inducir un motín con sólo guiñar un ojo. El caso es que, hasta ayer, al lado de mi nombre aparecía una nota que seguro decía “categoría: último mono” y por eso no tenía yo el “privilegio” de que gente identificada y con gafete pudiera visitarme en mi oficináculo. Tras pasar un bochorno del tamaño del mundo cuando pretendí que una amiga mía ingresara y el de seguridad casi se carcajea en mi cara, resulta que, después de “justificar” por qué necesito tener ese “privilegio”, ya hoy puedo recibir visitas. ¿Alguien se anima?

 

  1. En uno de mis ratos de ocio, tuve a bien chutarme el documental de National Geographic titulado En busca de Pablo Escobar sobre el capo de capos colombiano. Ánimas. ¡Qué sensación de “deyaví” (así dicen los españoles, que porque es una suerte de “ya lo vi”)! Para los que en este país opinan que “pactar” (whatever that means) es la opción, sugiero que lo vean. Lo repetirán el próximo jueves, 8 de septiembre, a las 20:00 hrs. por NatGeo. Véalo, querido lector, y, cuando sienta que no puede dormir, tome Nervocalm, grageas, como hacía Felipe el de Mafalda.

 

  1. El miércoles escuché la historia de Humberto, un niño mexiquense que se quedó al cuidado de sus abuelos cuando su madre, prácticamente tras apenas parirlo, emigró a Estados Unidos para poder darle una vida digna. Hoy Humberto tiene 14 años y está terminando la secundaria, pero apenas conoce a su madre y del padre ya ni hablamos. ¿Cuántos jóvenes de este país tienen esa misma historia o una similar? Nos preocupamos mucho por los que se van, pero… ¿y los que se quedan? ¿Qué vamos a hacer con y para ellos? Si se da usted cuenta, querido lector, este país se agobia por los que se van, por el cruce, por el maltrato, por el desierto, por la remesa, pero ¿quién se preocupa por los que se quedan? ¿Cómo se harán las políticas públicas en este país tras décadas de emigración? La mayor parte de las políticas públicas orientadas a servicios dependen de un criterio demográfico: cuánta gente vive en una comunidad para poner una escuela o montar una clínica. ¿Y cómo se hace eso cuando la población es flotante o cuando la población tiene una composición atípica –sólo hay niños y ancianos, por ejemplo–, o, peor aún, quedan muy pocos? ¿Cómo será el México posremesas? Hay que pensarlo.

 

 

Palabrotas

aplicar.

(Del lat. applicāre, arrimar).

1. tr. Poner algo sobre otra cosa o en contacto de otra cosa.

2. tr. Emplear, administrar o poner en práctica un conocimiento, medida o principio, a fin de obtener un determinado efecto o rendimiento en alguien o algo.

3. tr. Referir a un caso particular lo que se ha dicho en general, o a un individuo lo que se ha dicho de otro.

4. tr. Atribuir o imputar a alguien algún hecho o dicho.

5. tr. Destinar, adjudicar, asignar.

6. tr. Der. Adjudicar bienes o efectos.

7. prnl. Poner esmero, diligencia y cuidado en ejecutar algo, especialmente en estudiar.

 

 

Ejemplo: Por favor, no digan que van a “aplicar” para un posgrado.

 

Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 22ª ed., (DE, 2 de septiembre, 2011: http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=aplicar).

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