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Aprendizajes a 10 años del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad
Las demandas del MPJD hace 10 años transformaron el panorama político para las víctimas, incluyendo discursos e instituciones, de formas que ahora tal vez no son reconocibles porque se han normalizado.
Por Ximena Antillón Najlis
1 de abril, 2021
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Cuando las violaciones de Derechos Humanos se tratan políticamente como si no hubiesen existido o, de haber existido, el costo necesario de la paz, es como si estas sociedades se convirtieran metafóricamente en sociedades ciegas, sordas y mudas al dolor y al horror, donde las voces no resuenan porque no hay nadie que escuche.

Elizabeth Lira

 

 

El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) fue una potente movilización de víctimas que hasta ese momento habían sido silenciadas, estigmatizadas y culpabilizadas por el Estado. En ocasión de su décimo aniversario, cumplido el pasado 28 de marzo, me gustaría plantear algunos elementos para hacer un balance y recuperar algunos aprendizajes, como una forma de homenaje a las personas valientes que se reunieron entonces y apostaron por tejer lazos de resistencia, solidaridad y ternura, en medio de la cruenta administración de Felipe Calderón.

El MPJD tuvo, desde mi punto de vista, una densidad particular que le daba su heterogeneidad y los grandes desafíos que enfrentaba. De este modo, podríamos distinguir varias “capas” dentro del mismo Movimiento. Por un lado, la movilización de las víctimas y la capacidad de canalizar los agravios acumulados abrió rápidamente una vía de interlocución política de alto nivel, o, mejor dicho, con funcionarias y funcionarios de alto rango, como el entonces presidente y su gabinete. Al mismo tiempo, el MPJD iba elaborando una narrativa sobre las causas de la violencia, que buscaba traducir en demandas hacia el Estado. Por otro lado, estaba el proceso organizativo y las necesidades concretas de las víctimas que se encontraron en las Caravanas y los actos públicos. Cada una de estas tareas, enormes en sí mismas, se realizaban en medio de la guerra, o las guerras en curso en los distintos territorios, y el movimiento también fue golpeado por la desaparición y el asesinato de sus miembros.

Para intentar un balance del MPJD habría que tomar, al menos, cada una de estas líneas por separado, y reflexionar sobre la manera en que se cruzaban entre sí. En términos de la interlocución política y el cambio de narrativa, podemos decir que la potencia de la denuncia del MPJD obligó al Estado a cambiar su discurso hacia las víctimas, que se daba el lujo de nombrar “daños colaterales”, cuando no las estigmatizaba directamente. El Estado, por su parte, respondió a las demandas de las víctimas creando instancias como Pro Víctima y posteriormente, gracias a la lucha de víctimas y organizaciones, la Ley General de Víctimas, pero el paradigma de seguridad y la apuesta por la militarización nunca cambió. La valoración es compleja porque, si bien se logró el reconocimiento de las víctimas como titulares de derechos, se generaron al mismo tiempo formas de administración de sus demandas, desgaste y control político. Las demandas del MPJD hace 10 años transformaron el panorama político para las víctimas, incluyendo discursos e instituciones, de formas que ahora tal vez no son reconocibles porque se han normalizado.

También el MPJD nos ha dejado aprendizajes importantes sobre lo que significa la organización de las víctimas a partir del dolor y el agravio. Una de estas lecciones es la tensión entre hacer audible el testimonio de las víctimas e interpelar desde ahí al Estado y a la sociedad; y atraparnos en el lugar de testimoniante del horror. El riesgo, si no se cuida el proceso organizativo y la construcción de un horizonte político compartido, es que las víctimas se convierten en la fuerza moral, pero la visión de cambio y las estrategias se definen en otra parte. Este también es un aprendizaje importante cuando se piensa en procesos de Justicia Transicional.

El MPJD logró abrir las puertas de las Fiscalías y otras instancias gubernamentales para que atendieran las demandas de las víctimas. Esto fortaleció a distintos grupos que al interior acompañaban a las víctimas en la interlocución. Esos lazos perduran hasta ahora y han permitido el surgimiento de distintas organizaciones y redes de familiares de personas desaparecidas que se encontraron ahí por primera vez.

Para terminar, quisiera recuperar un último aprendizaje. Muchas veces se romantiza la organización de las víctimas porque se piensa que se identifican en el dolor; pero también enfrentan dificultades y diferencias como en cualquier proceso. De ahí que es importante dedicar tiempo y energía, junto a las definiciones de los objetivos y las estrategias, a reflexionar qué tipo de organización queremos, con qué valores nos guiamos y qué reglas podríamos acordar para impedir que la violencia que vivimos fuera no se reproduzca al interior; así como espacios para elaborar los impactos de la violencia y la impunidad.

* Ximena Antillón Najlis es investigadora en el programa de Derechos Humanos de @FundarMexico.

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