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Res Pública
Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
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Cinco reflexiones sobre la protesta social
Antes de calificar o descalificar estas muestras o expresiones de descontento popular, habría que hacer un esfuerzo consciente por entender su origen y la legitimidad de los reclamos que acompañan.
Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
9 de abril, 2013
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Por: Miguel Moguel

1.- A la pregunta sobre cuándo podemos hablar del surgimiento de un conflicto social podríamos responder: cuando un grupo de personas—y aquí no importa el carácter de las mismas; es decir, es irrelevante si están o no constituidas formalmente como una organización de sociedad civil—; eligen expresar una situación o problemática como medida de presión para mover la atención pública y motivar la atención o solución efectiva de dicha situación.

La protesta social es una de las tantas formas para la expresión de dicha conflictividad. Formas sociales en cuyo centro gravitan una multiplicidad de exigencias y demandas —que tienen como correlato tanto a actores públicos como privados—, de cara a las necesidades o problemáticas que afectan a distintos grupos o sectores de población y que buscan canales efectivos para mostrarlas y resolverlas.

Mi primera reflexión: Antes de calificar o descalificar estas muestras o expresiones de descontento popular, habría que hacer un esfuerzo consciente por entender su origen y la legitimidad de los reclamos que acompañan.

2.- Un conflicto es generalmente asociado como un concepto o idea negativa. Es decir, conflicto es a menudo sinónimo de problemas o de dificultades. En el mismo sentido, la protesta es vista como una respuesta contestataria o rebelde —especialmente si la contraponemos a estas ideas tan generalizadas en casi todas las sociedades modernas de “orden”, “tranquilidad social” y “paz pública”—.

Es cierto que el posible dilema para muchas de las actuales sociedades democráticas sea la complejidad que ofrecen tanto la diversidad como la multiculturalidad de quienes formamos parte de ellas. Pero la pregunta sigue siendo cómo resolver esta conflictividad en medio de sociedades tan distintas. Y me parece que la respuesta —aunque no es fácil— implica hacerse cargo de esta realidad.

En este sentido, mi segunda reflexión apunta hacia la necesidad de buscar formas que afirmen la existencia del otro, de otro u otra distinto —no como un problema—, sino como parte de una misma realidad que, al igual que la propia, requiere de respuesta y de solución a sus expectativas y necesidades —porque además, está en aquellas depositadas la posibilidad de su realización como persona y como parte de una sociedad—.

3.- La desigualdad social es más violenta que cualquier protesta. Los datos de nuestro país son abrumadores. Hace tan sólo unos días el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia, (UNICEF), y el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, (CONEVAL), presentaron el estudio “Pobreza y derechos sociales de niñas, niños y adolescentes en México, 2008-2010“. Una de las principales conclusiones que arrojan los resultados de dicho análisis, es que la pobreza en México tiene rostro de niño/a. Y es que alrededor de 21.4 millones de menores (cifra que representa la mitad de la población infantil y adolescente en México) vive en situación de pobreza y en muchos casos, de desnutrición.

Si a lo anterior le sumamos el número de víctimas asociadas a la cada vez más difícil situación de inseguridad que atraviesa nuestro país, las mujeres asesinadas por violencia feminicida o los altísimos índices de impunidad y de corrupción, tendremos probablemente los atisbos de la dolorosa realidad que a diario enfrentan la mayor parte de los mexicanos y mexicanas.

Este pequeño diagnóstico me lleva a la tercera reflexión: La aspiración de transformar esta realidad para la mayoría de los mexicanos quienes no cuentan—o a quienes les han sido históricamente negadas—con condiciones mínimas de satisfacción de derechos para una vida digna pasa por la imperiosa necesidad de buscar por cualquier vía legítima, formas para lograrlo.

4.- Las movilizaciones y la protesta como manifestaciones del descontento social involucran el ejercicio de derechos y libertades consagradas y protegidas en nuestra Constitución: Derecho de reunión, de asociación, de libre manifestación de ideas y opiniones, por mencionar algunos. Pero no solamente, estas formas de expresión social también involucran derechos garantizados por el marco internacional de los derechos humanos y frente a los cuales el propio Estado mexicano ha expresado y ratificado su voluntad y compromiso de respetar, proteger y garantizar.

A pesar de ello, es innegable la persistencia de patrones sistemáticos y sistémicos que evidencian problemáticas que en lo cotidiano padecen dichas expresiones de inconformidad. Casos como los de San Salvador Atenco en el Estado de México (2006), como los estudiantes de la Normal rural de Ayotzinapa en Guerrero (2011), como el desalojo de las casas del estudiante en Morelia (2012), los hechos del 1º. de diciembre (2012) o el caso de la preparatoria 6 de la UNAM (2013), aportan evidencia sobre los patrones de los ciclos de demanda social y de la respuesta del Estado frente las mismas:

La demanda es expuesta por diversos medios; sin embargo, no es escuchada ni atendida adecuadamente o los funcionarios y autoridades demuestran poca o nula voluntad política para hacerlo.

La protesta social se convierte en la única vía por la cual estos grupos o sectores logran atraer la atención pública frente a sus problemáticas y canalizar la exigencia de atención de sus necesidades.

La cuarta reflexión me lleva a pensar sobre la validez de las formas para expresar y manifestar el descontento o disconformidad social y frente a ello, en la respuesta del Estado. Y es que hay un tercer elemento que se incluye dentro del patrón en muchos de estos ciclos: cuando la represión se hace manifiesta al momento de contener la movilización de estos grupos y donde además, con relativa frecuencia, las autoridades cometen detenciones ilegales, uso y abuso de la fuerza, infligen una violencia innecesaria y en algunos casos, hasta provocan la muerte.

5.- La quinta y última reflexión me lleva a pensar en el horizonte del modelo de democracia que estamos construyendo o queremos construir las y los mexicanos. Más allá del conflicto que en un momento específico pudiera presentarse con relación al ejercicio del derecho de unas personas frente al derecho de otras —y de los límites impuestos a dichos derechos—, resulta conveniente plantear los modos o el método para dar solución a los mismos. Y en esto, los que le saben hablan de por lo menos tres posibilidades.

La primera de ellas tiene que ver con la jerarquía del derecho que pretendemos reivindicar (o por lo menos, la del que pretendemos oponer. Por ejemplo, la de mi derecho a transitar libremente frente al derecho del otro a manifestarse). Bajo este supuesto, habría que valorar cuál de los dos se considera de nivel superior y por ende, sacrificar el ejercicio de un derecho por el otro.

La segunda posibilidad propone contrapesar los distintos elementos de cada derecho y concluir la necesidad o justificación de protección de alguno de estos. Como por ejemplo, la construcción de un carril confinado para la circulación exclusiva de bicicletas en una avenida principal y la cancelación de un carril para los automovilistas y el transporte público). La ponderación podría ayudarnos a determinar cuál derecho pudiera tiene mayor peso y cuál debe entonces limitarse.

La tercera vía propuesta para dar solución a este posible conflicto requiere partir del supuesto de que ningún derecho se encuentra en pugna. Es decir, de hacer a un lado cualquier pretensión o interés individual y entonces sí buscar alternativas para tratar de armonizarlos.

Si bien podemos optar por cualquiera de las tres opciones para resolver un posible dilema que aparentemente oponga mi derecho frente al derecho de otros, cabe subrayar que en cada una de éstas se trazan los elementos que delinean y dan sustento al modelo de democracia que deseamos construir para el futuro de México.

 

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