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Res Pública
Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
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¿De qué hablamos cuando hablamos de reparación?
El presente artículo busca abordar el tema de la reparación del daño desde el ángulo psicosocial, recuperando algunas experiencias en países que han pasado por dictaduras militares y contextos de violaciones sistemáticas a los derechos humanos, y que han emprendido programas administrativos de reparación del daño.
Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
8 de octubre, 2012
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Por: Ximena Antillón

 

La reparación del daño a víctimas de delitos y/o de violaciones a los derechos humanos se ha convertido en un tema cada vez más recurrente a partir del creciente número de víctimas en el marco de la guerra contra la delincuencia organizada impulsada por el gobierno federal. No obstante la urgencia, existen importantes contradicciones o lagunas en la manera de entender la reparación, que tienen que ver con la concepción de la responsabilidad del Estado y el papel de las víctimas, entre otras. El presente artículo busca abordar el tema de la reparación del daño desde el ángulo psicosocial, recuperando algunas experiencias en países que han pasado por dictaduras militares y contextos de violaciones sistemáticas a los derechos humanos, y que han emprendido programas administrativos de reparación del daño.

Uno de los aportes que me gustaría retomar para situar el tema de la reparación es la dimensión de lo irreparable que el equipo de Salud Mental del Centro de Estudios Legales y Sociales, de Argentina, plantea a partir de su trabajo con víctimas de violaciones de los derechos humanos. Paradójicamente, es desde esta dimensión de lo irreparable que se pueden pensar acciones de reparación simbólicas significativas para las víctimas y la sociedad.

En este sentido, Graciela Guilis y el Equipo de Salud Mental del CELS (el concepto de reparación simbólica) plantean que “La reparación es “simbólica”, porque no es aquello que se ha perdido, sino que lo representa. En ese sentido no puede jamás “cubrir la integralidad de perjuicios sufridos por la víctima”, ya que se produce sobre un daño en sí irreparable. No se repara restableciendo el satu quo ante, sino que se reconstruye otra cosa, algo nuevo”(…). En este caso, esa “otra cosa” está más vinculada a lo nuevo del acto de justicia que a la restitución de lo perdido. Nadie ha supuesto jamás que las indemnizaciones podrían generar en los familiares de las víctimas del Terrorismo de Estado el sentimiento de que recuperaban a sus seres queridos. Es más, sólo se puede reclamar justicia, a partir del reconocimiento de que algo se ha perdido irremediablemente”.

El reconocimiento de lo irreparable de las pérdidas de vidas humanas tiene que ver con redignificación de las víctimas, y como consecuencia, la re-valoración de la vida. Eso nuevo que debe surgir es una ética y una práctica política orientada por el valor de la vida. Esto a su vez permite un contexto de la validación social del sufrimiento de las víctimas que en muchos casos son estigmatizadas o criminalizadas. Es decir, que la sociedad pueda acompañar el dolor de las víctimas, que los muertos nos duelan a todos, como en su momento los familiares de desaparecidos dijeron “los desparecidos nos faltan a todos”. Asimismo, el texto destaca el valor de la justicia en el proceso de reparación y en la construcción de ese algo nuevo.

De manera contraria, como señala Elizabeth Lira, la impunidad, “la no sanción de los crímenes es una forma de negación de que se trata de crímenes” (Trauma, duelo, reparación y memoria) y es una forma de negar el valor de la vida. La impunidad nos hace cada vez más matables, y como han señalado diferentes estudios (ver María Luisa Pérez Armiñán, La masacre de Chamán en Guatemala), genera un deterioro de la vida en sociedad y mina la confianza hacia las instituciones del Estado.

Finalmente, quiero resaltar otro aspecto que todos los esfuerzos de reparación del daño impulsados desde el Estado deberán tomar en cuenta: la participación de las víctimas como forma de reparación en sí misma. Como he señalado en este mismo espacio en artículos anteriores, la participación de las víctimas en el acompañamiento a otras les permite convertir una experiencia profundamente dolorosa en un aprendizaje útil para otras víctimas. Del mismo modo, la participación en la elaboración, ejecución y evaluación de las políticas públicas relacionadas con la reparación del daño no sólo es un derecho, sino que es parte de la resignificación de la experiencia de las víctimas que les permite convertirse en actores de cambio, y como ya se ha mencionado, en defensores y defensoras de derechos humanos. Cualquier esfuerzo de reparación del daño que excluya a las víctimas tendrá el efecto paradójico de revictimizarlas.

*Ximena Antillón, investigadora del área de Derechos Humanos y Seguridad Ciudadana de Fundar.

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