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Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
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La explotación del gas shale ¿una decisión racional?
El entusiasmo del gobierno mexicano por el gas shale no parece tener correspondencia con la realidad, sobre todo si empezamos con que es muy probable que muchos de los recursos con los que contamos no puedan extraerse porque no resulte rentable.
Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
22 de julio, 2013
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Por: Aroa de la Fuente López

Desde hace algunos meses es cada vez más común escuchar a tal o cual político, a académicos y a diferentes organizaciones, incluso ambientalistas, hablando sobre la gran oportunidad que el gas shale (o de esquisto o lutita) representa para el futuro energético de México. Esto se debe a que, según el estudio de la Energy Information Administration (EIA) de Estados Unidos, nuestro país se sitúa en la sexta posición a nivel global en recursos técnicamente recuperables, con 545 billones de pies cúbicos de este tipo de gas. Este dato —unido al aparente éxito que nuestro país vecino está teniendo en la explotación del shale— ha llevado al gobierno, apoyado por diferentes actores sociales y políticos, a presentar al gas de esquisto como una de las prioridades para asegurar la sostenibilidad energética futura. Ahora bien, ¿realmente existen motivos fundados para tanto entusiasmo?

Una primera pista para responder a esta pregunta es el hecho de que, pese al revuelo que ha generado, la cantidad de recursos estimada por la EIA no corresponde a reservas de las que se haya probado su viabilidad comercial. Es decir, es muy probable que muchos de esos recursos no puedan extraerse porque no resulte rentable; más si tenemos en cuenta que la industria gasífera de EEUU ha admitido que alrededor del 80% de los pozos perforados resultan inviables económicamente, como señala una investigación del Energy Policy Forum de este país. De hecho, en México, de los seis pozos de gas shale perforados sobre los que se tiene información, cinco han resultado no comerciales.

Ello se debe en parte a la gran complejidad técnica que representa la explotación de este tipo de gas natural, el cual se encuentra atrapado en rocas de lutita (de ahí su nombre). Debido a ello, para poder extraerlo es necesario romper la roca con agua a alta presión, técnica que se conoce como fracking. Esto implica la necesidad de realizar grandes inversiones, que en México se sitúan entre los 12 y 15 millones de dólares por pozo; muy por encima de los ya onerosos costos en EEUU —de entre 3 y 10 millones de dólares—.

Además, los pozos de gas shale muestran tasas anuales de declinación elevadas, de entre el 29% y 52% anual. En México, el pozo Emergente 1 vio caer su producción de 3 millones de pies cúbicos a 1.37 en sólo un año y en los primeros seis meses de operación del pozo Percutor 1, la producción cayó en 20%. Ello se debe a que con el tiempo el gas tiende a quedarse atrapado de nuevo, por lo que es necesario seguir repitiendo el proceso de manera regular para poder mantener la producción. Ello supone la necesidad de aumentar anualmente la inversión entre un 30% y un 50%, lo que en EEUU equivale a invertir anualmente 42 mil millones de dólares; es decir, seis millones por pozo. En contraste, un dato sorprendente que presenta el experto en la materia David Hughes, es que, en 2012, el valor total de la producción de shale en EEUU sólo generó 32 mil millones de dólares. Es decir, el valor del gas producido se sitúa por debajo de los costos de mantener los pozos operando año con año, aun cuando estos montos no suelen incluir las externalidades sociales y ambientales, las cuales las absorben el Estado y las personas afectadas por los proyectos.

Dados los altos costos, la Comisión Nacional de Hidrocarburos ha señalado que los bajos precios del gas natural existentes pueden hacer que la explotación del shale no sea rentable en nuestro país. Esto ha ocurrido también en EEUU, ya que en 2012 el costo de producción —de 5 dólares— estuvo por encima del precio del gas —alrededor de 3 dólares—. Y dichos montos aumentan si existe una mayor regulación social y ambiental, lo que ha hecho que ante la posibilidad de su fortalecimiento en el estado de Nueva York, varias empresas gasíferas no hayan renovado sus licencias para su explotación.

Todos estos datos plantean dudas sobre la rentabilidad de los proyectos de gas shale y sobre la racionalidad de embarcarse en su explotación. A ello se suman los fuertes impactos sociales y ambientales que conllevan, entre los que se encuentra su contribución al cambio climático. ¿No sería más relevante que enfoquemos los esfuerzos y las inversiones al desarrollo de fuentes de energías limpias y sostenibles que nos permitan ser menos dependientes de los hidrocarburos? La Reforma Energética que se llevará a cabo próximamente es una oportunidad central en este sentido. Exijamos al gobierno y a los legisladores que tomen las medidas adecuadas para que nos lleven por una ruta energética sostenible.

 

 

 

 

 

 

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