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Res Pública
Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
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Misoginia, homofobia y las formas del debate parlamentario
Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
4 de noviembre, 2011
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Por: Guillemo Ávila ([email protected]), investigador del área de Transparencia y Rendición de Cuentas de Fundar.

 

No es muy difícil hablar mal de nuestra clase política porque nunca se queda sin darnos razones para ello. Las diputadas y los diputados –sobre todo éstos– son de los personajes públicos más vilipendiados por la opinión pública. Por lo mismo, no extraña que en la mayoría de las encuestas la evaluación popular sobre ellos sea normalmente negativa.

 

El más reciente escándalo mediático sobre estos actores políticos sucedió durante la primera discusión en el Pleno sobre la reforma política: cuando se insinuó que la bancada del PRI tomaba durante la sesión, el diputado Julián Nazar respondió que “si a Porfirio le hacen un análisis de sangre, salen 90 [%] de alcohol y 10 [%] de botana”; lo que provocó las risas de algunos, y la indignación de muchos otros en el pleno. Esta declaración no aparece en la versión estenográfica de la sesión, probablemente para guardar las formas. Lo que sí se muestra es la disculpa que, al final de su intervención, el diputado Nazar ofreció al diputado Muñoz Ledo.

 

La compostura se pierde fácilmente en el Pleno de la Cámara de Diputados. Las discusiones en ese espacio muchas veces se ven interrumpidas por “alusiones personales”. Lo que en el lenguaje parlamentario significa mencionar por su nombre a alguna o alguno de los representantes (quienes normalmente responden a esas referencias directas con más alusiones personales).

 

Sin embargo, en esa misma sesión hubo otra queja que acaso podría parecer menor –lo fue, al menos, para los medios de comunicación que cubrían la sesión–, pero que resulta bastante reveladora sobre lo que puede llegar a ser el salón de plenos en un día de sesiones: la diputada Enoé Uranga se dirigió a la Mesa Directiva de la Cámara para expresar un exhorto. En éste, la diputada le pidió a sus compañeros a que encontraran “formas de insultarse que no aludan a expresiones misóginas u homofóbicas, por un lado, y, por el otro, a las expresiones que ha habido en micrófono señalando como defecto la falta de hombría. Y para esto, solicitó –no sin cierto toque de humor– que también quedara asentado en el Diario de los Debates “su falta de hombría”. No hace falta mucha empatía para entender su reclamo.

 

Hay quien dice que la representación popular debe serle fiel a sus representados. En ese sentido, no resulta nada extraño que en esa caja de resonancia que es la Cámara de Diputados se emplee el mismo lenguaje que se usa cotidianamente en las calles, en las oficinas, en las escuelas o en la casa. Sin embargo, precisamente tendrían que ser las diputadas y los diputados quienes definan las formas bajo las que deben conducirse nuestras discusiones políticas y no reproduzcan los vicios de nuestra vida diaria. Llama la atención también que los medios de comunicación, siempre pendientes de los arrebatos en el Pleno, no dieran cuenta del reclamo de la diputada Uranga (o al menos, no con la misma intensidad con la que se informó sobre los supuestos borrachos).

 

No está mal señalar los defectos y los errores de los adversarios políticos. Las disputas y los desencuentros no son necesariamente negativos. Al contrario, resultan convenientes para poder tener más información sobre nuestros políticos y exigirles cuentas. No obstante, el uso de un lenguaje burdo, ramplón, pero sobre todo discriminatorio –y, por lo mismo, ignorante–, provoca que aumente la desconfianza hacia los diputados y esconde las virtudes de la argumentación política. Lo anterior no sólo abona al desprecio generalizado y a la denostación de nuestros representantes, sino de nuestras instituciones políticas. Mal asunto.

 

*Visita Curul501 y exígele a tu diputado más información sobre este tema. 

 


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