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Res Pública
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Los que pagan el pato
Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
2 de febrero, 2012
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Por: Diego de la Mora Maurer (@diegodelam), Coordinador del Área de Presupuestos y Políticas Públicas de Fundar.

 

Hay una serie de decisiones de unos pocos que afectan al mundo entero: las pésimas sugerencias de los banqueros en los países más poderosos y la codicia de millones que invirtieron en negocios agiotistas con intereses leoninos crearon una burbuja especulativa que reventó igual de fácil que una hecha de jabón. El pato, como siempre, lo pagaron los más pobres, los trabajadores, los campesinos y los grupos marginalizados. La economía de casi todos los países del mundo se contrajo. En México, tan sólo hasta 2010, habían vuelto a ser pobres 12.5 millones de personas. Después de trece años de férrea estabilidad, no se pudo parar el impacto de la dependencia que hemos generado hacia la economía de Estados Unidos y nuestro Producto Interno Bruto se contrajo 7% en 2009.

Desde una perspectiva materialista, la crisis puede entenderse más o menos así: muy pocos tienen demasiado y casi todos tienen muy poco. Los que tienen demasiado encuentran las maneras de multiplicar exponencialmente su riqueza y hacerles creer a los demás que pueden subirse a esta ola. Se crea un efecto contagioso: la bolsa se hace grande como un globo aerostático y todos se quieren subir. Sin embargo, al final de cuentas la ola resulta un espejismo, el globo es más bien de cantoya y cuando los involucrados se dan cuenta, todo está en llamas. El daño no es parejo para todos: los que están abajo se queman, en el segundo círculo la pasan regular y los que están muy lejos se quedan sin agua (porque toda se está usando para apagar el incendio).

Pero no todo es estructura: la crisis vació los bolsillos de miles de millones, pero también sacudió sus conciencias. Las consecuencias de las malas decisiones de esos pocos han contribuido a generar movimientos sociales de protesta por todo el mundo: los indignados en España, el movimiento Ocupa en Estados Unidos y, sobre todo, la primavera árabe. Estos grupos tienen en común que constantemente discuten las consecuencias del modelo económico basado en la maximización de las ganancias y la inequidad social que se ha generado en casi todos los países del mundo. En estos días, hasta en el Foro Económico de Davos se discute cómo revertir la desigualdad y calmar los movimientos de protesta (esta editorial de Juan Pardinas en Reforma es una buena traducción al mexicano del primer debate).

La pregunta central vuelve a ser cómo creamos sociedades más justas, equitativas y democráticas. El modelo neoliberal está agonizando. Los supuestos en los que se basa no son sostenibles, ni para las personas ni para el planeta. No podemos seguir siendo los individuos racionales que maximizamos ganancias sin pensar en las consecuencias ni en las deudas. No hay forma de que el ritmo de consumo de Estados Unidos, Europa occidental y los demás sospechosos comunes se propague por el mundo.

Por lo pronto, a México no ha llegado ese debate. O más bien, no llegó en estos últimos años (ni generó movimientos sociales): entre que se ha estado probando cómo desarrollar el país desde que el concepto fue impulsado por Truman en 1949, y que el modelo empezó a hacer agua en los 80 (con la posterior reforma tecnocrática para volverlo a sacarlo a flote), además de la revolcada que nos ha dado la falsa guerra contra el narcotráfico: lo urgente ha suplantado a lo importante. A dos años de la crisis, nuestra economía apenas está rebasando el tamaño que tenía en 2008. Sin embargo, el presupuesto público no dejó de crecer y el Gobierno federal siguió aumentando sus recursos sin variar ni la distribución del gasto ni la repartición impositiva.

En junio se reúnen en México los representantes de los 20 países más ricos del mundo. El G20 seguirá buscando las formas de prevenir crisis, estabilizar las economías e impulsar el desarrollo sostenible. Las primeras conclusiones de Davos seguramente seguirán siendo discutidas durante el año y se intensificarán en el G20. Ideas como transparencia fiscal (no sólo en los gastos, sino también y de forma urgente en la recaudación, en empresas y en otros entes económicos), la medición y recompensas del desempeño gubernamental, así como las consecuencias de no implementar sistemas de rendición de cuentas, seguirán siendo parte de la agenda. También seguirán las implicaciones de la inequidad y la desigualdad económicas.

El invitado que falta en estos debates son los derechos humanos: ¿cómo generamos una economía que se oriente a que cada vez más personas vivan bien? Al mismo tiempo, algunos siguen comiendo pato y cada vez les sale más barato. Los demás pagamos esa diferencia. Es hora de que dejemos que los patos sigan su vuelo y de que los que tienen más dejen de hacerse patos.

 

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