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Nos van a ver juntas, con nuestra rabia y nuestro dolor
Protestar es denunciar, interrumpir, irrumpir un orden patriarcal violento, sacudir la normalidad que nos cuesta la vida. No podemos caer en la trampa de reproducir los estereotipos de la buena mujer, ahora en la “buena feminista”, que nos violenta una vez más cuando protestamos.
Por Claudia García y Ximena Antillón
26 de noviembre, 2020
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El pasado 26 de septiembre, algunas colegas de Fundar veníamos regresando de la marcha por el sexto aniversario de los ataques y la desaparición forzada de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, cuando fuimos replegadas por la policía hacia las calles aledañas al zócalo de la CDMX, aparentemente debido a disturbios ocurridos en Eje Central. Una compañera se dirigió a un policía, preguntando a qué se debía el despliegue policial, a lo que el sujeto en cuestión respondió: “pues ya ve, las feministas”.

Este policía podría estar severamente desinformado del operativo que fue a cubrir. Aunque improbable, supongamos que no se enteró, por ningún medio, incluso varias horas después, de que no se trataba de una marcha feminista sino del aniversario de Ayotzinapa. En todo caso, profería desde alguna esquina del centro histórico sus amargas lamentaciones, mientras la gente lo secundaba: “¡ahora ya no podemos hacer nada porque todo es violación!”, “¡deberían de hacer algo contra ellas!”.

No sabemos qué motivaciones tenía este personaje para desinformar a la población y estigmatizar a las feministas: la defensa de sus privilegios, del orden patriarcal, una larga historia de violencia de género en su familia hasta ahora normalizada, o vaya usted a saber. Pero sí sabemos que se trata de una autoridad descalificando y promoviendo un discurso de odio hacia el movimiento feminista.

También sabemos que este discurso anti-feminista no es algo aislado y que es peligroso, pues legitima la violencia y la represión en contra de las mujeres que protestan. Además, al centrarse en las manifestaciones públicas de rabia, como las pintas en paredes y monumentos, desplaza del debate las razones que las mujeres tenemos para estar más que enojadas: nos están matando y no pasa nada.

Según datos del Observatorio Nacional Ciudadano del Feminicidio, 10 mujeres al día son asesinadas, pero muchos de estos casos no son clasificados como feminicidios. El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública informó que entre enero y octubre de 2020 se registran 777 mujeres víctimas de feminicidio, frente a 768 para el mismo período del año pasado. Por otro lado, según la asociación Impunidad Cero, durante 2019 la impunidad en los delitos de feminicidio alcanzó el 51.4%.

En este contexto de violencia feminicida, resulta preocupante que el discurso oficial se centre en la legitimidad de las protestas, el vandalismo y las formas aceptables de protestar, y dejen de lado las raíces de esta digna rabia o las violaciones a los derechos humanos cometidas. Estos mensajes, que califican de manera imprecisa como infiltradas o falsas feministas a las mujeres que protestan abonan a la construcción social del movimiento feminista como adversario. Así lo documenta un informe de la organización Signa_lab:

En los mensajes que se produjeron alrededor de #fakeministas, se refuerzan las claves de la postura institucional frente al movimiento feminista en su construcción como adversario incapaz de establecer una interlocución y con una legitimidad cuestionable, en este caso empleando un lenguaje mucho más frontal y en no pocas ocasiones agresivo, incluso incitando a la violencia y escarnio público hacia las mujeres presentes en la marcha.

Este discurso no sólo genera impactos en el espacio digital, donde los comentarios incitan a distintos tipos de violencia. También se ven reflejados en la manera en que ha escalado la represión policial a las marchas feministas: operativos para encapsular a las mujeres e impedir las manifestaciones, gases lacrimógenos (eso sí, de color verde, rosa y morado), disparos, agresiones sexuales, y la criminalización de las mujeres que participan. Tan sólo ayer, 25 de noviembre, Día Internacional de la No Violencia Contra las Mujeres, 13 jóvenes fueron citadas por la Fiscalía General de la Ciudad de México acusadas de los delitos de robo, daño a la propiedad y lesiones, por su participación en manifestaciones feministas.

Protestar es denunciar, interrumpir, irrumpir un orden patriarcal violento, sacudir la normalidad que nos cuesta la vida. No podemos caer en la trampa de reproducir los estereotipos de la buena mujer, ahora en la “buena feminista”, que nos violenta una vez más cuando protestamos y sostiene el “Ciclo de la Violencia Machista Institucional”, como señala la organización Luchadoras. En palabras de Araceli Osorio, madre de Lesvy Berlín Rivera Osorio: “Apenas comienza, que se preparen, porque nos van a ver así, JUNTAS, en estos espacios, en los Tribunales, en las calles, en todas y cada una de sus oficinas públicas. ¡Allí nos van a ver! nos van a ver con argumento, pero también nos van a ver con nuestra rabia y nuestro dolor”.

* Claudia García es analista de gestión institucional y del conocimiento, y Ximena Antillón es investigadora en el programa de Derechos Humanos de @FundarMexico.

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