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Res Pública
Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
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Pensar el Congreso (otra vez)
Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
20 de abril, 2012
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Por: Guillermo Ávila, investigador del área de Transparencia y Rendición de Cuentas de Fundar

 

La próxima semana será la última de este periodo legislativo y, para lo que cuenta, también la última de la LXI Legislatura. Será un momento propicio para que surja todo tipo de evaluaciones sobre el desempeño de nuestros representantes y, como es obvio, el panorama general les será desfavorable: flojos, ineptos, díscolos, faltos de luces, corruptos.

Encuesta tras encuesta, estudio tras estudio, las diputadas y los diputados siempre resultan ser los servidores públicos menos apreciados por la ciudadanía. Aquí, y en cualquier parte. De acuerdo con el Informe Parlamentario Mundial, en Europa, menos de la tercera parte de los ciudadanos expresa su confianza en el parlamento, mientras que en Estados Unidos sólo un 9% de las personas encuestadas manifiesta su confianza en esa institución, lo que supone la cifra más baja de los últimos 30 años. Ya no es noticia.

Así se entiende que haya propuestas, por ejemplo, para eliminar curules plurinominales en las Cámaras de Diputados y Senadores del Congreso nacional porque son demasiados y porque los elegidos por el principio de representación proporcional en realidad no representan a nadie, sin reparar en las posibles consecuencias sobre la pluralidad y la inclusión en el Congreso. ¿Por qué siempre salen tan mal evaluados? Como explicaciones amplias, contamos con la crisis de la democracia, el agotamiento del principio de representación, el vacío ideológico o moral que supone la política moderna.

Tal vez es complicado encontrar uniformidad sobre los criterios para evaluar las actividades parlamentarias. Algunos representantes parecen creer que el número de iniciativas presentadas es un buen indicador de su labor. Otros prefieren hablar de sus gestiones particulares: ayuda en temas legales, conseguir recursos, facilitar trámites. Para parte del público lo que más llama la atención es cuánto ganan los congresistas, y cuántos días y horas tiene su jornada laboral. Entre los especialistas, el parámetro principal de calificación del desempeño legislativo es la calidad de las leyes que aprueban, y los beneficios públicos que surgen de ellas, aunque esto puede caer, hasta cierto punto, en valoraciones ideológicas y subjetivas.

Detrás de esto hay un problema más concreto: la falta de información oportuna y manejable. Podemos saber si un congresista asiste a las sesiones del Pleno, pero no siempre está disponible el registro para confirmar si cumple con su obligación de asistir a las reuniones de las Comisiones. Conocemos el sentido de su voto pero no las razones por las que lo decidió. Sabemos cuál es su partido y su trayectoria, pero no conocemos cuáles son sus relaciones e intereses que pueden entrar en conflicto con su cargo. Un ejemplo más concreto: no conocemos el gasto real de los grupos parlamentarios. Es importante saber cuánto y cómo gastan porque así podemos discutir si el monto de recursos públicos que se asignan es mucho o demasiado, pero también necesitamos conocer las razones de ese gasto: ¿cuáles son las valoraciones que hace el Congreso a la hora de decidir su presupuesto propio? ¿Es necesario o no que ese proceso deliberativo esté a la vista?

Idealmente, todas y todos tendríamos que tener algún grado de involucramiento en los asuntos públicos. Es común en nuestros días argumentar que el voto libre y efectivo ya no es una condición suficiente para definir como democrático a un sistema político. Es por ello que la participación y la igualdad de oportunidades se valoran como condiciones irrenunciables para la legitimación del ejercicio de gobierno. La transparencia y la rendición de cuentas resultan, en ese sentido, características necesarias para que una democracia sea verdadera y efectiva. Es por ello que se consideramos necesario estudiar el funcionamiento del Poder Legislativo.

El desconocimiento sobre las funciones, el trabajo y el desempeño de los representantes provoca la desvinculación entre éstos y sus representados, dado que los ciudadanos no contamos con los medios para transmitir demandas, inquietudes y reclamos. Esto explica en parte la decepción y la desconfianza hacia un sistema democrático y, específicamente, hacia un Congreso cuya razón de ser no se distingue nítidamente en la práctica. Tener más y mejor información no es una garantía inequívoca de una mejor gestión. Tampoco nos asegura, de manera indiscutible, una mejor democracia. Es, sin embargo, un elemento necesario para poder tomar decisiones, entre ellas, participar directa o indirectamente en la vida pública.

 

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