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Res Pública
Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
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¿Y los legisladores, apá?
Por Fundar, Centro de Análisis e Investigación
21 de julio, 2011
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Por: Ana Joaquina Ruiz es investigadora del área de Transparencia y Rendición de Cuentas de Fundar.

 

La labor fundamental del Congreso mexicano se cuestiona cotidianamente ante la falta de resultados visibles para la ciudadanía. Esto no significa que este órgano legislativo no tenga resultados, pero éstos se perciben como relativamente pobres en comparación con la inversión que los mexicanos realizamos en éste. No sólo se trata de dinero sino de las expectativas generadas para consolidar la democracia, en donde el Congreso tiene un rol fundamental en un sistema de pesos y contrapesos.

 

Según el Presupuesto de Egresos de la Federación, el Poder Legislativo cuenta con un gasto programado de 10,210 millones de pesos (mdp) para el año 2011 (alrededor de un octavo del presupuesto asignado a Oportunidades, por ejemplo). Este se divide en: 3,585 mdp para la Cámara de Senadores, 5,293 mdp para la Cámara de Diputados y 1,332 mdp para la Auditoría Superior de la Federación.

 

Un ejemplo claro de la percepción de dispendio que se da en la Cámara es la que se deriva de los altos salarios de los legisladores y sus prestaciones, en comparación con el salario promedio de los mexicanos. Por ejemplo, mientras un legislador gana en promedio 80 mil pesos netos (más prestaciones), una trabajadora de limpieza de ese mismo recinto gana 800 pesos mensuales netos.

 

Parece que el gasto es grande, pero quizás no sería así si los resultados apreciados por la ciudadanía fueran de igual proporción. Sin embargo, existen problemas de fondo con el funcionamiento del Congreso que impiden una relación más cotidiana, representativa, transparente y participativa desde la ciudadanía. Este órgano además carga lastres del presidencialismo exacerbado que vivíamos antes de que la oposición ocupara más escaños.

 

Uno de estos rezagos deriva en largos periodos de receso. Mientras que las Cámaras sesionan de forma ordinaria durante seis meses y medio en dos periodos (de febrero a abril y de septiembre a mediados de diciembre), en otros Congresos los periodos de sesiones son de nueve meses e incluso existen algunos en los que los periodos de receso son extraordinarios (como en los casos de Bangladesh y Sri Lanka).

 

Los periodos de recesos tan prolongados generan la pérdida de oportunidades invaluables para hacer reformas políticas de fondo que nos permitan superar la barrera de la representatividad y la sobrerrepresentación partidista para integrar un Congreso verdaderamente ciudadano y que responda a sus representados.

 

Además, la barrera establecida entre el Congreso y la ciudadanía derivada de la falta de transparencia en las formas, contenido y fondos de este Poder nos hace preguntarnos qué pasa en esa caja negra que llamamos Poder Legislativo. La crítica, entonces, se da en los niveles más superficiales que observamos, pero no en los procesos más profundos que implican la generación de un verdadero sistema de pesos y contrapesos. Derivado de ello, nos resulta imposible conocer las declaraciones patrimoniales de los diputados, los gastos por fracción parlamentaria e incluso el contenido de ciertas negociaciones y/o discusiones que atañen a procesos más amplios.

 

Incluso con los recesos y la falta de transparencia, el Legislativo está perdiendo la oportunidad de tomar más facultades para el control y la rendición de cuentas que en una democracia son necesarias para contener al autoritarismo, las decisiones desinformadas y generar políticas más comprensivas e integrales. En este sentido, se ejerce un control limitado al Ejecutivo: sus viajes, la toma de decisiones de seguridad nacional, el ejercicio del presupuesto y el control sobre la implementación de las reformas legales que el mismo propuso, entre otras.

 

En fin, el Congreso mexicano, al actuar con la inercia de los tiempos y conformarse con la falta de innovación, está perdiendo la oportunidad de ejercer funciones importantes para la democracia, como las de control. Asimismo, al fomentar la opacidad en sus prácticas, está dejando pasar la posibilidad de dejarse conocer por el ciudadano, para ganar legitimidad y ejercer su función de representatividad y contrapeso. Necesitamos un Congreso moderno que escuche a sus representados y actúe a la altura de los tiempos que requiere el Estado mexicano.

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