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Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
Agencia Nacional de Seguridad: vigilar y castigar
¿Estamos o no de acuerdo con el espionaje sistemático? ¿Estamos dispuestos a modificar nuestra conducta y limitar el ejercicio libre de nuestros derechos a cambio de seguridad?
Por Antonio Martínez
22 de octubre, 2013
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En 1791, el filósofo Jeremy Bentham diseñó lo que consideraba una cárcel perfecta: el panóptico. En esta novedosa prisión, un vigilante podría observar a todos los prisioneros – o no –  al mismo tiempo. Sin otra herramienta más que la arquitectura, se actuaba directamente sobre la conducta de los individuos: al ignorar en qué momento eran vigilados, su comportamiento se modificaba. Esta transformación del comportamiento y el ejercicio del poder fueron explorados a fondo por Michel Foucault en su revisión sobre la evolución de los sistemas penales occidentales en la era moderna: Vigilar y castigar. En este ensayo, Foucault habla del panoptismo como un laboratorio para los vigilantes, quienes pueden ensayar diferentes formas de supervisar para reeducar a los individuos, para regular su conducta, para someterlos por el simple temor que éstos tienen de ser observados.

La filosofía sobre la vigilancia maduró en occidente. Poco a poco los gobiernos asumieron un papel de oteadores de un súper panóptico estatal. Durante el siglo XX fuimos testigos de la carrera por perfeccionar el Estado-espía, lo que permitió  innovación tecnológica ininterrumpida con ese propósito. La llegada de Internet supuso un cambio de paradigma para el Estado-espía, pues los costos de vigilar se abarataron: con un par de clicks, el gobierno podía enterarse sobre todo de todos.  La sociedad se ha embelesado con las bondades del mundo hiperconectado —yo mismo me inscribo, a veces, en el utopismo tecnológico. Pero fue irónicamente la sociedad la que salió  perdiendo en este intercambio frente al Estado. Desfilamos inexorablemente al panóptico sin darnos cuenta; y hoy la salida parece complicada.

El anuncio de Edward Snowden acerca de los documentos que posee, donde constan las actividades de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de Estados Unidos, puso de cabeza la política internacional. Cada filtración revela cosas más escandalosas. De alguna manera Snowden ha logrado desmontar la conspiración contra los derechos civiles de los Estados-espía. Entre la información más reciente de estos documentos, sabemos que la NSA espió al ex presidente Felipe Calderón, a Enrique Peña Nieto cuando era candidato presidencial y a la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, así como a los altos ejecutivos de las industrias clave de aquel país. Apenas ayer supimos que se recolectaron 70 millones de registros de llamadas telefónicas en Francia durante 30 días. Hoy Estados Unidos enfrenta una crisis diplomática que parece que no ha logrado comenzar a controlar.

Las reacciones han sido variadas, el presidente francés ha reclamado el inmediato esclarecimiento de la situación. Obama se ha comunicado con Francois Hollande para asegurar que revisarán sus políticas de vigilancia. Dilma, abanderando un discurso de independencia política, no sólo canceló una visita oficial a Estados Unidos sino que en el seno de la ONU pronunció un poderoso discurso sobre la defensa de Internet, la libertad de la red y su futuro. Peña Nieto en cambio ha sido torpe: pidió una investigación sobre el caso e hizo una “condena enérgica”. Parece poner en duda el espionaje del que fue (es) objeto,  en su comunicación oficial el gobierno mexicano descalifica sutilmente la información de Snowden porque ésta salió a la luz a través de una filtración. La respuesta se ha limitado a trasladar la responsabilidad al gobierno estadounidense; sin embargo, hoy no sabemos si hay una investigación de las autoridades mexicanas (debería haberla) respecto de actos de espionaje que contravienen nuestro orden jurídico y el derecho internacional.

Los vigilantes no han sabido defender su empresa. Hace unas semanas durante una audiencia en el congreso de Estados Unidos, James Clapper (director de la NSA) admitió que todo el espionaje masivo apenas había servido para detener a un chofer de taxi  que envió dinero a un grupo terrorista en Somalia. Esto es, el programa que recolecta datos de todo el mundo ha fracasado para “protegernos del terrorismo”. Por ello, Clapper aclaró que esa no era la métrica correcta para medir las bondades del programa. Para él, su éxito debía medirse con base en otro referente: “el estado de paz mental”. Esta particular forma de evaluar los logros del programa es dudosa: una política de espionaje ilegal e intrusiva difícilmente puede generar paz mental. Clapper parece sugerir que se puede violar la ley para obtener el estado de paz mental. Pensemos en el panóptico: el laboratorio que transforma la conducta del observado y de quién lo observa, allí cualquier acción de cualquier persona inocente se vuelve relevante para el vigilante; ni privacidad ni ley, una métrica aterradora.

Según una encuesta del Pew Research Center este año, por primera vez desde  2004 que se hace la pregunta, los estadounidenses están más preocupados por la erosión de sus derechos que por los ataques terroristas. Esto parece ser el principio del fin de una cruzada cultural que nos ha hecho creer que debemos intercambiar derechos fundamentales por “seguridad” sin cuestionamiento alguno.

En la era del Estado-espía —imaginado por Orwell en 1984—  nos enfrentamos a nuevos dilemas como sociedad presa en el panóptico. Un estado policial que se ha comprimido tanto que ahora lo llevamos en todos los dispositivos. Esto nos obliga a replantearnos el contrato social a profundidad ¿Estamos o no de acuerdo con el espionaje sistemático? ¿Estamos dispuestos a modificar nuestra conducta y limitar el ejercicio libre de nuestros derechos a cambio de “seguridad”? ¿Estamos de acuerdo con el paradigma actual de seguridad basada en la guerra? Un sinfín de preguntas que no se están contestando por la forma en que Obama y su gobierno han simplificado la discusión: para él, el espionaje es un mal menor, preferible a la amenaza terrorista. En realidad, lo que hace Obama es tratar de encontrar una justificación moral para permitir la violación de leyes que de buena fe debieran respetarse. Mientras, en los pasillos de la cárcel circular cada movimiento nos delata, nos incrimina.

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