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Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
Apuntes sobre la agenda de ciberseguridad
Resulta paradójico que una defensa a la libertad de expresión pase por un mecanismo como la vigilancia masiva. La ciberseguridad ha generado como consecuencia menos libertad de expresión.
Por Antonio Martínez
12 de febrero, 2015
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Ha pasado un mes desde los infames ataques contra el semanario Charlie Hebdo en Francia. El debate en torno a lo sucedido se ha dado en varios niveles; identifico por lo menos tres. El primero es aquel centrado en discutir las condiciones de opresión en que viven los franco musulmanes. El segundo se ha dado alrededor de la fe ajena y el respeto y tolerancia de las diferencias. El tercero ha sido sobre la libertad de expresión y sus límites; en este último se discute la tensión entre el laicismo francés, la hipocresía occidental en la defensa desigual del derecho y la capacidad real y material de “los otros” (los no blancos, no católicos, no occidentales) para ejercer el derecho de libertad de expresión.

De entre estos aspectos existe uno quizá menos discutido, pero donde las consecuencias son más claras, aceleradas y sin mucha deliberación. Me refiero al campo de lo digital. Inmediatamente después del atentado, el gobierno francés envió a la Comisión Europea una propuesta de reforma con el fin de que se endurezcan las medidas antiterrorismo en línea. Dicha iniciativa da facultades para la suspensión de sitios web sin necesidad de orden judicial, lo cual implica un alarmante grado de vigilancia masiva de internet.

Esta especie de Patriot Act europea no atina a resolver –o por lo menos a identificar con claridad las causas del extremismo— los problemas que quedaron exhibidos después de la matanza en París. Los programas de vigilancia masiva puestos en marcha por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de los Estados Unidos fallaron por completo; no sólo no se detuvo a un solo terrorista, sino que se espió y fichó indiscriminadamente a sitios e individuos inocentes. Resulta paradójico que una defensa a la libertad de expresión –Hollande y los líderes mundiales así lo representaron en el performance de la marcha— pase por un mecanismo como la vigilancia masiva cuya consecuencia es menos libertad de expresión.

Así, la vigilancia masiva es un elemento para coartar la expresión y libre asociación de las personas. Lo mismo neonazis, terroristas, la ultra derecha o los radicales así como los emprendedores, los progresistas, los promotores culturales y de derechos humanos, han encontrado en la red el espacio idóneo para opinar libremente. Esto que pareciera una ventaja comparativa frente al resto de los medios, se convirtió en la mayor amenaza para las personas.

El Estado encontró la manera de intervenir todas las comunicaciones y datos generados en los espacios digitales para construir la herramienta de vigilancia más poderosa de la humanidad. La concentración de servicios de telecomunicaciones, operadores, proveedores de servicios de internet y proveedores de servicios web (por ejemplo Google o Facebook) ha permitido con más facilidad la vigilancia con el concurso entre estas corporaciones y el gobierno. La recopilación de metadatos de correo electrónico, ubicación, búsquedas y visitas revelan tanto más de las personas que los contenidos por sí mismos; el trazo de ciertos patrones en control del Estado puede producir abusos constantes de la ley.

La vigilancia masiva no solamente afecta de manera directa la privacidad de las personas; quizá el efecto más grave está en la capacidad de ésta para inhibir la libertad de expresión. En su libro Top Secret America, Dana Priest argumenta que la recolección de datos puede, en un futuro, inhibir el proceso democrático convirtiéndose en un arma de control político.

Cuando hablamos de vigilancia masiva en internet, además de los ciudadanos, hay que hablar del poder. Pensemos la vigilancia desde el poder. El cofundador de la organización no gubernamental European Digital Rights, Andy Müller-Maguhn, asegura que “si observas internet desde la perspectiva de las personas en el poder, entonces los últimos años han sido aterradores. Ven internet como una enfermedad que afecta la capacidad de definir la realidad, de definir lo que está pasando, lo cual se utiliza a posteriori para paralizar lo que la gente sabe acerca de lo que pasa y su capacidad para interactuar con ello”.

Este discurso global ha fomentado una nueva carrera armamentista: la de la ciberseguridad. Los gobiernos ahora están presionados para “armarse” contra los ataques en la red: anónimos, multidireccionales, sorpresivos o fugaces. Este acontecimiento ha marcado esta primera parte del siglo; en la disputa del relato, parece haber ganado quienes defienden la idea de entregar todos los derechos posibles a cambio de “seguridad”, aunque eso implique vivir con más miedo.

El 2015 será el año de la ciberseguridad. En México nos hemos subido a ese barco de manera silenciosa aprobando leyes y promoviendo políticas públicas tendientes a un escenario propicio para el abuso del Estado. Ejemplo de esto lo encontramos en diversos ordenamientos como el Código Nacional de Procedimientos Penales, la Ley de Seguridad Nacional, la Ley de Telecomunicaciones y las recientes discusiones de los lineamientos del IFETEL. Es una lástima que nadie esté dispuesto a debatir a fondo esta agenda y se simplifique todo a que unos “malos” están a nuestro acecho.

 

@antoniomarvel

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