Ayotzinapa, un problema de Estado - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
Ayotzinapa, un problema de Estado
El Estado tiene ausencia selectiva con ciertos grupos y/o en ciertas regiones; baste recordar que el enfrentamiento donde la policía del estado de Puebla asesinó a Alberto Tlahuile se trataba de una protesta por la clausura del registro civil en Chalchihuapan. Qué mejor muestra del Estado que un registro civil y qué mejor estampa de la ausencia selectiva y deliberada que negarlo a los pobres. La cara opuesta es, por ejemplo, Valle de Bravo, en el que parecía inaceptable que un grupo de privilegiados sufriera a causa de la violencia; para ellos hay mucho Estado.
Por Antonio Martínez
17 de octubre, 2014
Comparte

Había evitado escribir sobre Ayotzinapa. Primero, porque siempre se me ha dicho que no opine sobre lo que no sé, y segundo, porque la magnitud del evento es tal, que decir lo que sea resulta insuficiente y mínimo. No que en el país falten casos para indignarnos, de hecho, sobran; tanto, que parecemos indolentes ante la tragedia. El asunto de los normalistas en Guerrero ilustra con claridad un problema mucho más profundo y duro que los mismos hechos.

El martes pasado a la sesión de Democracia Deliberada asistió un normalista de Ayotzinapa, Carlos. Su testimonio fue estremecedor. Carlos sobrevivió a dos balaceras—la última mientras él se guarecía debajo de una camioneta— perpetradas por los policías municipales de Iguala. No era la primera vez. Con toda claridad, Carlos recuerda el asesinato de cuatro compañeros, dos el 12 de diciembre de 2011 y dos el 7 de enero de 2014. Advierte de la criminalización constante hacia los normalistas por ejercer su derecho a la protesta, “por solidarizarnos con las causas justas de otros movimientos”. Una suerte de acoso estatal constante contra ellos: los indeseables. Carlos entonces habla de “las causas profundas” de lo que hoy ocurre: instituciones que están diseñadas para excluirlos y oprimirlos. Opina entonces que la renuncia del gobernador Ángel Aguirre no resuelve nada —yo, por el contrario, me pregunto qué sí se resuelve con su permanencia.

En su paso fugaz por la ciudad (esa misma noche tomó un camión de regreso a Guerrero), Carlos habló con la mayor cantidad de personas posibles a fin de relatar hechos, de exigir justicia. La responsabilidad, desde su óptica, es de los tres niveles de gobierno; aunque de manera particular señala al alcalde de Iguala, hoy prófugo de la justicia y buscando amparo legal (como si viviésemos en una parodia de las películas de Luis Estrada). Después de conversar en tono político con el grupo, Carlos tuvo que irse y la deliberación continuó. En Democracia Deliberada nos hemos propuesto que, antes de que finalice el año, discutiremos y propondremos un programa con el que la izquierda partidista pueda –si así lo desea— presentarse a elecciones del próximo año.

El relato de Carlos invita a una reflexión amplia sobre las causas de la tragedia. Su diagnóstico de unas instituciones que excluyen y oprimen a unos, pero incluyen y consienten a otros, mezclado con el de unas que se corrompen, nos hace pensar que la solución no es solamente local. Más bien tendríamos que pensar la violencia y sus causas desde una perspectiva distinta a la actual. ¿Cómo? Dejar de omitir al Estado y el acceso a lo público del análisis. Hay una tendencia a pensar que un ente llamado “crimen” contaminó a los pobladores de una región y por ello desafían al Estado (donde supuestamente reside la solución vía el “monopolio de la fuerza”). Entonces ¿de qué manera lo incluimos? De forma crítica, primero pensando que el Estado tiene ausencia selectiva con ciertos grupos y/o en ciertas regiones; basta recordar que el enfrentamiento donde la policía del estado de Puebla asesinó a Alberto Tlahuile se trataba de una protesta por la clausura del registro civil en Chalchihuapan. Qué mejor muestra del Estado que un registro civil y qué mejor estampa de la ausencia selectiva y deliberada que negarlo a los pobres. La cara opuesta es, por ejemplo, Valle de Bravo, en el que parecía inaceptable que un grupo de privilegiados sufriera a causa de la violencia; para ellos hay mucho Estado. Segundo, pensar en cómo el Estado distribuye el poder y cómo éste se encuentra mediado, ya sea por la corporativización obsesiva de individuos o por pactos de corrupción –argumento que José Merino y yo hemos venido trabajando desde hace unos meses.

De tal forma que Carlos, como lo indicó, debe protestar en grupo (corporativamente) para tener acceso a lo que individualmente le corresponde: derechos, mismos que hoy no están garantizados del todo –para él y su grupo— por el Estado. Quizá sea este modelo de Estado discriminador (y no los criminales) el gran generador de la violencia.

 

@antoniomarvel

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.