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Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
De hombres desnudos y Facebook
De alguna manera, las herramientas de autogestión de derechos en las redes sociales dan más poder a los conservadores, hechizados por la idea de restringir cualquier cosa que suene, se vea, huela o se mueva distinto. Con el tiempo veremos más casos como el del MUNAL, más graves, más importantes, que trascenderán el espacio de la red y se traducirán en legislaciones específicas para proteger la decencia.
Por Antonio Martínez
12 de junio, 2014
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Hace unos días leí en la página de Facebook del Museo Nacional de Arte un texto que era al mismo tiempo una disculpa y una petición. Una disculpa “a todas las personas que se han incomodado por los desnudos artísticos que hemos compartido”. Y una petición a los usuarios para no continuar denunciando el contenido de la página “porque Facebook puede cerrar definitivamente esta página, que ha servido como vía de comunicación directa con todos ustedes”.

La disculpa era innecesaria (es más, hasta tonta) y la petición falló: hoy no hay página del Museo en Facebook (hasta las 17:23 del 11/06/2014). Es sorprendente que un Museo no pueda tener un comentario defendiendo su propuesta estética, sino que opte por disculparse frente al público. El público de Facebook, por su parte, no gana mucho con una página menos en la red social.

El caso es en realidad un pequeña muestra de cómo se procesan este tipo de casos en las redes sociales. Estos servicios son privados, pero las consecuencias de su uso son —en muchas ocasiones— públicas. Desde el punto de vista del ejercicio de derechos en internet, estos espacios son únicos y diferentes del resto porque por primera vez nos plantean el problema de los derechos en red. Esta distinción es importante. Hay derechos individuales y colectivos, pero en ningún otro momento de la historia (de la humanidad o de los derechos) se había presentado el dilema de los derechos en red, mucho menos su ejercicio en un ámbito privado.

El espacio privado tiende a autorregularse, de allí que, en el caso del MUNAL, fueran los usuarios que usan las herramientas provistas por la misma red quienes decidieran que ciertos contenidos son ofensivos (y en las condiciones de servicio de Facebook es uno de los tipos de contenidos prohibidos). Aunque este caso es relativamente “light” nos presenta con claridad el dilema de las redes sociales como intermediarios de servicios en la red. En principio, los dueños de Facebook, Twitter o Youtube no son responsables legales del contenido en sus redes, sea arte (como en nuestro caso) o pornografía o gatitos o mentiras o recursos educativos.

Los términos de uso de cada red se han convertido en una pequeña Constitución que indica qué contenido o tipo de expresiones están prohibidas. Con esto aseguran a la vez su inmunidad y la autoregulación de los usuarios. El problema es cómo resuelve cada espacio este dilema, algunos optan por botones en los que el usuario debe ser suficientemente específico para retirar un contenido, otros por sistemas de bloqueo selectivo y otros por el cumplimiento de las leyes locales y transparencia caso por caso.

No existe, en todo caso, un estándar de cómo abordar el problema. Otro paradigma roto, ahora las entidades privadas regulan/garantizan/protegen/prohíben el ejercicio de derechos fundamentales con criterios distintos. En distintos foros se han planteado por lo menos tres caminos: 1) que los medios sociales voluntariamente adopten estándares internacionales públicos de límites y excepciones de derechos, 2) que su regulación sea más agresiva pero que sea transparente y esté sujeta a cierto tipo de rendición de cuentas (generalmente frente a otros actores privados) o 3) continuar como está.

Cualquier medida que no entiende la arquitectura de la red puede resultar contraproducente. Dos hechos paralelos. El primero ocurrió en Facebook cuando una coalición de feministas (Women Action and the Media, Everyday Sexism Project y Soraya Chemaly) presionaron a por lo menos 15 compañías para que retiraran sus anuncios de Facebook si no se retiraba el contenido que promovía la violencia contra la mujeres (memes) de la red social. Triunfaron, la compañía de Zuckerberg decididamente se puso a favor de las feministas, y aseguró que cambiaría sus políticas al respecto.

En otro espacio de la red, Youtube, sucedía exactamente lo contrario. Otra feminista crítica de los medios, Anita Sarkeesian, quién ha sido acosada y criticada por lanzar un proyecto que critica la representación de las mujeres en los videojuegos, lanzó un video del mismo “Tropes vs. Women”; el video fue retirado en pocos minutos de la red. El mecanismo de Youtube para estos casos es dejarlo a la decisión del usuario (justo lo que las otras lograron con Facebook), lo que pasó es que quienes no toleran el trabajo de Anita hicieron que la compañía retirara el video. En la jurisdicción privada, ella apeló y cumplió el procedimiento que impone la compañía para probar que su video no era ofensivo, al final su trabajo fue restablecido.

Aquí chocan dos ideas de la red para las que la progresitud tiene respuestas vagas o inexactas: o se convierte en un espacio altamente moderado en donde pidas permiso por adelantado o lo entendemos como una plataforma donde conviven comunidades diversas que no tienen un consenso sobre lo que entienden por libertad de expresión o discurso de odio (los que odian a Anita y quienes la apoyan). Mientras los amos de lo políticamente correcto verían un paraíso en el primer caso, para el resto sería un páramo.

De alguna manera estas herramientas de autogestión de derechos dan más poder a los conservadores, hechizados por la idea de restringir cualquier cosa que suene, se vea, huela o se mueva distinto. Lo políticamente correcto está de moda y el entendimiento de los derechos en red en pañales. Intuyo que con el tiempo veremos más casos como el del MUNAL, más graves, más importantes, que trascenderán el espacio de la red y se traducirán en legislaciones específicas para proteger la decencia.

De caminar hacia allá, sería importante tomar en cuenta el último informe sobre internet de la Relatoría de Libertad de Expresión de la OEA, que dice con claridad: “Internet cuenta con características especiales que hacen de este medio una “herramienta única de transformación”, dado su potencial inédito para la realización efectiva del derecho a buscar, recibir y difundir información, y su gran capacidad para servir de plataforma efectiva para la realización de otros derechos humanos. En consecuencia, cuando se trata de Internet, resulta imprescindible evaluar todas las condiciones de legitimidad de las limitaciones del derecho a la libertad de expresión a la luz de estas características propias y especiales. Así, por ejemplo, al momento de establecer la eventual proporcionalidad de una determinada restricción, es imprescindible evaluar el impacto (o costo) de dicha restricción no sólo desde el punto de vista de los particulares directamente afectados con la medida, sino desde la perspectiva de su impacto en el funcionamiento de la red. […] una determinada medida restrictiva puede parecer leve si la estudia solamente desde la perspectiva de la persona afectada. Sin embargo, la misma medida puede tener un impacto realmente devastador en el funcionamiento general de Internet y, en consecuencia, en el derecho a la libertad de expresión de todo el conjunto de los usuarios”.

Dicho lo anterior, todavía queda una semana para admirar la belleza del cuerpo masculino en el MUNAL (afortunadamente ésta no es una columna de arte, porque diría que la exposición está mal curada y que la selección mexicana es bastante mala y hasta conservadora), así que no pierdan la oportunidad de deleitarse con ángeles, efebos, santos, ángeles peludos y cuanto modelos que celebra la belleza del cuerpo.

 

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