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Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
Escribir sobre la violencia
Somos y vivimos en un país violento. Las palabras han sido sustituidas por los números: 100 mil muertos, 26 mil desaparecidos, 72 migrantes, 39 niños, 43 estudiantes. Tal parece que nada logra movernos de la normalidad.
Por Antonio Martínez
1 de diciembre, 2015
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Todos los días leemos sobre la violencia. Los medios impresos y electrónicos llenan sus espacios con ejecuciones, secuestros, persecuciones policiacas, decomisos de armas, amenazas contra periodistas, robos o asesinatos. Somos y vivimos en un país violento. Las palabras han sido sustituidas por los números: 100 mil muertos, 26 mil desaparecidos, 72 migrantes, 39 niños, 43 estudiantes. Tal parece que nada logra movernos de la normalidad. Como si se tratase de una terapia de choque, hemos neutralizado la mirada ante el horror cotidiano: el dolor solo nos es ajeno.

En su ensayo Leer la mente (2011), Jorge Volpi muestra los efectos de la ficción en el cerebro: leer ficción activa las llamadas neuronas espejo, de tal forma que nuestro cerebro se encuentra haciendo lo que se lee. Dice Volpi “si la ficción es una herramienta tan poderosa para explorar la naturaleza –y en especial la naturaleza humana—, es porque la ficción es también la realidad”. De esta forma la ficción es un vehículo de la empatía: somos porque somos los otros. La literatura sobre la violencia, en un país despojado de la sensibilidad, restaura nuestra capacidad de sentir la tragedia.

Este año se han publicado dos novelas que usan el arte de la ficción para narrar hechos reales. Las tierras arrasadas (Random House) de Emiliano Monge es la primera de ellas. Monge se ocupa de los migrantes centroamericanos que pasan por México en busca de una “vida mejor” en los Estados Unidos de América. Un grupo que cruza la selva es emboscado y secuestrado por una banda criminal en la oscuridad de la noche, su viaje camino al infierno será el hilo conductor de la historia. Con tantos recursos estilísticos como le es posible, Monge nos sumerge en un macabro rito fúnebre: Estela, Epitafio, Mausoleo y Sepelio serán los encargados de aniquilar, a toda costa, a sus presas. Esta singular banda criminal, al tiempo, se encuentra presa de la violencia en cuyo engranaje participan enérgicamente. Cada cual tiene un anhelo “cuando todo esto termine”, esperanza de frustración perenne.

El relato de Monge –quizá como ningún esfuerzo en el campo del periodismo— nos sitúa en la piel de los migrantes y sus verdugos. Es difícil no pensar, por ejemplo, en el caso de los 72 de San Fernando, 58 hombres y 14 mujeres, en su mayoría provenientes de Centro y Sudamérica, asesinados por la espalda, para posteriormente ser apilados y puestos a la intemperie. Las palabras de Monge nos recuerdan, como un taladro trocaico, que ellos son: los sinnombre, los sinalma, los sinpatria, los sinDios. Pero Monge eligió darles voz, a lo largo de la novela, aparecen testimonios reales de migrantes que enchinan la piel: “Hacia la espalda… sogas de plástico… grande, vieja, oscura… pinzas afiladas… vendaron nuestros ojos… colgados con candados… frío en la espalda… que nadie grite… quejidos, puros quejidos… cadena y tubos… motor sonando… mecernos… otra vez todo… tenso el cuello”.

La segunda novela es Las Elegidas (Alfaguara) de Jorge Volpi. Una novela sobre la trata de mujeres, inspirada en la historia de Julio, Tomás y Luciano Salazar, padrotes tlaxcaltecas (de Tenancingo) que durante años obligaron a mujeres, todas menores de edad, a prostituirse en Tijuana y San Ysidro, California. Una escena cotidiana: “Una vez que el Gringo se vació en la Salvina, sus varones la arrempujaron con otras veinte o treinta hembras a una covacha de adobes podridos y rejas herrumbrosas, veinte, treinta hembras del meritito Tenancingo subastadas por sus hermanos o sus padres”.

México ocupa el quinto lugar de América Latina en trata de personas y el número 28 a nivel mundial. Se estima que hay 20 mil casos de trata en México cada año, pese a ello, parece que la dimensión de la tragedia es minimizada por el Estado mexicano. Volpi, como a martillazos, al describir a la Estrella y la Rosario, nos trata de poner en sus zapatos, ellas con “sus anémicos cuerpitos lastimosos”, “sus sosos cuerpitos vagabundos”, “sus flacos cuerpitos presurosos”, “sus ateridos cuerpitos sin memoria”, “sus torvos cuerpitos enfangados”. Esos dos cuerpos precarios como muestra de la violación cotidiana vuelta normalidad:

“Así ha sido por los siglos de los siglos,/ los padres lo enseñaron a sus hijos,/ los hijos a sus hijos y éstos a sus nietos,/ una razón tan antigua como el mundo:/ cuando una madre engendra una morrita/ la piedra del tiempo se renueva/ –Tenancingo cumple su ley inexorable–,/ la hembra habrá de servir a los varones,/ aprenderá a ser dulce y abnegada,/ a coser y a desvenar chiles,/ a obedecer a sus hermanos y a sus primos,/ a ofrecerse a sus hermanos y a sus primos,/ a saciar las ansias de su padre,/ a preservar el silencio sacrosanto,/ luego vendrán otros varones,/ vecinos, parientes, turistas, visitantes,/ los que pagan y los que aceptan un regalo,/ así desde el principio de los tiempos”.

En ambas novelas, la autoridad está ausente: es un mero accesorio. El infierno que cruzan sus personajes retrata –víctimas con verdugos confundidos—, desde la ficción, nuestro país real. Otra característica común es que ambas obras comenzaron siendo otra cosa, Las tierras arrasadas una obra de teatro y Las elegidas un guión cinematográfico (en su caso, David Pablos se inspiró en la obra para su película del mismo nombre y la ópera Cuatro corridos corrió la misma suerte). Estas novelas restauran las palabras en el relato de nuestro país desangrado, ya no son números (o no solo) sino mentes reflejando a los otros.

 

@antoniomarvel

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