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Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
Festejos mundialistas: hipócritas callejeros
Pocas quejas había el lunes frente al bloqueo celebratorio. Hasta los policías festejaban con los aficionados; no había a nadie a quien detener o levantarle falsos cargos en su contra. Tampoco había granaderos encapsulando a quienes gritaban desparpajados por la victoria, mucho menos balas de goma para los aficionados trepados en los postes mojando a la gente.
Por Antonio Martínez
25 de junio, 2014
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“¡Viva México!”, “¡A huevo putos!” Estos eran algunos de los gritos en el Ángel de la Independencia tras la victoria de México contra Croacia. La cantidad de goles propinados por la selección del Piojo no era para menos. Festejar era lo mejor que se podía hacer: en La Minerva en Guadalajara, en la mala copia de la Diana Cazadora en Acapulco y en el Ángel en el De-Efe; incluso en los coches a claxonazos y gritos desde las ventanas, no había espacio para una mala cara.

La concentración en el Ángel convocó a decenas de miles al festejo. Previamente, el GDF reportó que por lo menos 50 mil aficionados vieron el partido desde las pantallas gigantes en el Zócalo. En suma, las calles tomadas por los mexicanos. El espacio público lo es no porque “no es de nadie” sino porque es de todos; allí radica su importancia para la construcción de una vida social, colectiva y comunitaria, se puede decir, más democrática: el espacio público nivela ciertas desigualdades materiales y estructurales para ponernos a todos en el mismo nivel.

Pocas quejas había el lunes frente al bloqueo celebratorio. Hasta los policías festejaban con los aficionados; no había a nadie a quien detener o levantarle falsos cargos en su contra. Tampoco había granaderos encapsulando a quienes gritaban desparpajados por la victoria, mucho menos balas de goma para los aficionados trepados en los postes mojando a la gente. Esas prácticas son únicamente contra las protestas, las malditas protestas que todo entorpecen.

Con el festejo queda expuesta la hipocresía de quien aplaude la celebración en la calle y condena la protesta en el mismo espacio. Farsantes. En los últimos meses una andanada conservadora ha puesto el tema en la ciudad y en distintos estados de la República: hay que librarnos de los discursos incómodos en el espacio público, eso parecen sugerir. La estrategia es hacer parecer como indeseables a aquellos preocupados por luchas laborales, reformas estructurales o resultados electorales; no importa, por lo menos para el gobierno de Miguel Ángel Mancera esta ciudad no es para ellos.

Imaginen tener que pedir permiso con 24 horas de antelación a las autoridades para festejar el triunfo de México: parece absurdo (de entrada porque está ligado a un evento azaroso). Sin embargo, es lo mismo que piden para las marchas. Como si no hubiera suficientes razones como para protestar de manera espontánea. El espacio público y la fricción social que propicia ayuda a construir una mejor sociedad, ya sea celebrando o protestando. Reconocernos en un espacio donde se nivele la desigualdad social permite entendernos, observar nuestros puntos en común: ya sea el triunfo de la selección, una reforma de telecomunicaciones que limita derechos, unos doctores que piden comprensión, un sindicato disidente. Confrontarnos con nuestras propias creencias en el espacio público nos coloca en una posición inmejorable para ser una sociedad más democrática.

Quienes critican las protestas usualmente lo hacen pensándolas como factor de desestabilidad social, de oportunismo político o de capricho del caudillo —no erran del todo, el conflicto político es irreductible. Equivocados, no atinan a ver que hay un abismo entre el poder y los ciudadanos (y sus maneras de organizarse); que las decisiones en este país se toman en espacios que privilegian la desigualdad porque el diálogo es entre las élites; que los excluidos de ese sistema, en muchas ocasiones, no tienen manera de zanjar esa asimetría de discurso, y que la calle es el único espacio para hacernos escuchar, para incomodarnos y para dialogar. Si las protestas son incómodas es porque ése es su fin; el festejo no lo es aunque cumpla relativamente con los mismos fines.

Al paso que vamos, acabaremos por salir a las calles sólo cuando “se nos indica”. Los hipócritas ignoran que un día ellos necesitarán del espacio público y lo reclamarán sin saber que su condena actual será la causa de futuros malestares. ¡Viva México!

 

 

@antoniomarvel

 

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