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Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
Inquisición ciudadana
En México hay una nueva élite “ciudadana” que defiende sus privilegios y concepciones sobre los derechos en nombre de “los ciudadanos”. Además, han logrado mucha notoriedad en una conversación pública cada vez más conservadora y hechizada por la idea de una sociedad carente de todo conflicto.
Por Antonio Martínez
23 de marzo, 2014
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Los doctos consejeros del Tribunal del Santo Oficio, nombre que en la colonia adquirió el Consejo de la Suprema Inquisición, gozaban de reconocimiento público además de pertenecer a la élite social y eclesiástica de la Nueva España. Los tribunales instaurados en la colonia eran una versión evolucionada y más poderosa que la antigua inquisición pontificia, pues su mandato provenía de la corona de los reyes católicos y no únicamente de la iglesia. Su fin era acabar con la herejía; mediante investigaciones secretas y métodos de tortura, la inquisición logró durante varios siglos conjurar la unidad religiosa, el debilitamiento político de los adversarios de la corona y la obtención de recursos vía la confiscación de los bienes herejes.

Las Cortes de Cádiz en el siglo XIX pusieron fin a esta institución persecutora de las creencias ajenas, oficio de ciega pertenencia. La idea, sin embargo, no fue sepultada del todo. El siglo XX no estuvo exento de inquisidores cívicos y morales de todo tipo. En nombre de alguna supremacía, las mayorías silenciosas se vieron oprimidas por los nuevos sanedrines. El triunfo de la ruina inquisidora llevó a la sociedad a buscar consensos duraderos y que escaparan a la voluntad del individuo. Pactos económicos y civiles como Bretton Woods y la Declaración Universal de los Derechos Humanos parecían la receta perfecta contra los renovados Oficios, en alguna medida la segunda mitad del siglo pasado logró sostenerse con los alfileres de esos pactos, no sin incontables catástrofes.

En enero pasado Stephen Hopgood publicó un artículo intitulado “El fin de los Derechos Humanos”, en éste acusa al consenso de los derechos humanos de ilusorio frente a las profundas divisiones políticas y sociales de un mundo multipolar. Además, explica, “los derechos humanos tenían sentido para una Europa secular que buscaba una alternativa moral a la fe religiosa. Pero el mundo no ha seguido el camino secular. En todo caso, cada vez es más intenso en su religiosidad”. En un mundo más conectado los dogmas y la costumbre parecen ofrecer mejores respuestas a la sociedad que los derechos, de ahí que su disputa política sea cada vez más importante. Hopgood concluye diciendo que “el nacionalismo, la reacción autoritaria y el chantaje religioso conservador contra el derecho y la práctica de los derechos humanos seculares, abre la necesidad de formas alternativas de movilización, de las cuales los derechos humanos convencionales – es decir, los derechos civiles y políticos difundidos desde el Occidente- serán sólo una parte”.

En un país como México, la defensa y disputa de los derechos humanos seculares tiene la mayor relevancia. La sociedad civil organizada en México se reprodujo y creció con una fascinación genética por el poder; no es raro seguir viendo a mis compañeros de trinchera pelearse por quedar bien con el Secretario de Estado en turno o asentir ante las sugerencias de Los Pinos. Por otro lado, las formas alternativas de movilización que señala Hopgood han pasado por filtros por demás extraños: “la ciudadanía” se ha convertido en un dogma y sus miembros adquieren matices inquisidores.

Esta veta de ciudadanía, purificada a sí misma, es tan peligrosa para la defensa de los derechos fundamentales como los problemas estructurales que ya se han comentado. Lo ciudadano se puede entender como el conjunto de mecanismos individuales contra los abusos de quienes ocupan el aparato estatal y a favor del acceso a lo público. Estos mecanismos deben tener como punto de arranque la capacidad igualitaria en el ejercicio de derechos, por lo tanto, lo ciudadano defiende dentro de sus propios límites estos derechos, no hacerlo resultaría un contrasentido.

Esta novedosa alienación de “lo ciudadano” que transita por una ceguera aparentemente apolítica, se ha convertido en un obstáculo en la sociedad mexicana. El discurso “ciudadano” (entendido como lo que “no es partidista”) no milita ni de los derechos humanos ni de la democracia. Lo hace, en todo caso, de un conjunto de principios morales que hay que defender a toda costa, sus adalides han convertido sus causas más personales en ejemplo universal que justifica cualquier transgresión a los derechos que dicen defender. En otras palabras, la nueva élite “ciudadana” defiende sus privilegios y concepciones sobre los derechos en nombre de “los ciudadanos”. Además, han logrado mucha notoriedad en una conversación pública cada vez más conservadora y hechizada por la idea de una sociedad carente de todo conflicto.

Hace unos días, una inquisidora ciudadana, María Elena Morera, nos dio un ejemplo de un discurso que, al purificarse, arrasa con los derechos que escapan a sus obsesiones conservadoras. Condena por igual a los periodistas que informan sobre el Chapo, a la sociedad en su derecho a manifestarse (auténticamente cree que hay causas más legítimas que otras para hacerlo), de paso aplaude al gobierno en turno y la idea del consenso punitivo contra las drogas. Hace, en sus propias palabras, una apología de la censura vía “lo ciudadano”.

No es menor que un personaje como Morera escriba semejantes diatribas. En su artículo “El señor es un criminal”, exhibe el talante censor de sus ideas. Su apología de la censura criminaliza por igual a la información (hay una mejor que otra) y los métodos de expresión (en la moral “ciudadana” no todo es válido). Para ella no hay más verdad que la del Estado y no hay derecho a la verdad: lo único que debe importarnos es lo positivo para México. Raro pensarlo en un país que no ha bajado la tasa de homicidios pero sí la cobertura de la violencia. Quizá sus palabras sean premonición del papel de “Los Ciudadanos” (con letras capitales y entre comillas) en esta época.

Como en la colonia, estos personajes de las élites conforman el Santo Oficio Ciudadano. Sus pesquisas  son secretas en sus fines, pero públicas en su carrera por instaurar una hegemonía conservadora. Esta suave inquisición adquirió inusitada popularidad frente a un Estado cooptado y corrupto. Aunque laicos, los miembros de estos nuevos tribunales morales defienden la fe ciudadana, la monopolizan con la alquimia que transforma sus muestras en universos. De ganar, el discurso de este nuevo Santo Oficio, terminaría por sepultar la incipiente lucha por el acceso igualitario al ejercicio de derechos.

 

@antoniomarvel

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