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Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
La apertura de lo abierto
¿A qué nos referimos con gobierno abierto? ¿Qué entendemos por datos gubernamentales abiertos? ¿Qué consecuencias esperamos de la apertura?
Por Antonio Martínez
4 de febrero, 2014
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La era digital marcó nuestro lenguaje, la manera en cómo pensamos ciertas cosas y, sobre todo, una calificación sobre lo que es deseable en distintos terrenos de la vida pública. Tal es el caso del gobierno y la democracia. Los optimistas californianos triunfaron en el conocimiento de la red y de alguna manera impusieron ciertas hegemonías de asociación a “lo digital” como: la colaboración, “lo abierto”, la innovación cívica y demás mantras de los hippies digitales que, opuestos a los pesimistas, lograron convencer a gobiernos y sociedad civil.

Podemos clasificar ambas escuelas de la siguiente forma:

tabla1MARVEL

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Instalados en la postdigitalidad es momento propicio para hacer una revisión y poner en duda aquellos conceptos que se afianzaron en nuestro vocabulario. El caso que me viene a la mente es el de “gobierno abierto”, el “nuevo negro” a la hora de gobernar. Hoy cualquier país que se precie de democrático tendría que promover por fuerza el gobierno abierto (de lo contrario se le castiga excluyéndolo del club de “los buenos”,  presidido por EUA). Así, la conversación pública al respecto se ha tornado un tanto monótona acerca de cuántos datos más abrirá el gobierno y hacia cuánta “abiertitud” aspiramos. No está mal del todo si asumimos que la información es el combustible democrático por excelencia. El problema se encuentra, quizá, en otro lado. ¿A qué nos referimos con gobierno abierto? ¿Qué entendemos por datos gubernamentales abiertos? ¿Qué consecuencias esperamos de la apertura?

Recientemente Harlan Yu (Princeton) y David G. Robinson (Yale) publicaron en el Law Review de la UCLA una investigación llamada The new ambiguity of “Open Government”, en donde analizan el concepto mismo a través del tiempo y plantean que existe una ambigüedad en su uso (y concluyen proponiendo un diagrama para desambiguación), de manera tal que hoy el término por sí mismo no resulta útil para sus fines. Argumentan:

Estas nuevas políticas de “gobierno abierto” han desdibujado la distinción entre las tecnologías de datos abiertos y la política de un gobierno abierto. Un gobierno abierto y datos abiertos pueden existir cada uno sin el otro: un gobierno puede ser abierto, en el sentido de ser transparente, incluso si no abraza la nueva tecnología (la pregunta clave es si los actores saben lo que necesitan saber para mantener el sistema honesto) y un gobierno, incluso,  puede proporcionar datos abiertos sobre temas políticamente neutrales y continuar opaco e irresponsable. Las ciudades húngaras de Budapest y Szeged, por ejemplo, ofrecen en línea datos en formato abierto sobre los horarios de tránsito y  permite que Google Maps encamine a los usuarios en viajes locales. Tales datos son a la vez abiertos y gubernamentales, pero no tienen relación con la preocupante falta de rendición de cuentas del gobierno húngaro. Los datos pueden estar ofreciendo, pero el propio país está “deslizándose hacia el autoritarismo”.

No me sorprendería que la renovada vocación el gobierno federal por los datos abiertos cayera en esta misma ambigüedad: llenar de hackatones y datafests la esfera pública para ser menos sujetos de rendición de cuentas, para inhibir que las personas hagan solicitudes de datos políticamente sensibles al envolverlos en la retórica de la abiertitud. Que estemos tan inmersos en repetir los mantras de apertura que no nos demos cuenta lo que estamos dejando de discutir. Lo único que el gobierno actual ha planteado ha sido, en realidad, la cooptación y subsidios a la industria. O sea datos y gobierno abierto sí, pero no a costa de sus propios fines.

Otra cosa me inquieta en este entuerto. La despolitización del término (o su falta de problematización actual) nos ha hecho creer que no existe un conflicto de intereses entre la cultura cívica y los intereses de las corporaciones —conflicto que excluye, paradójicamente, a los ciudadanos de lo público— quienes desembolsan toneladas de dinero para patrocinar eventos como “codeforamerica” (el modelito que la región 4 ha adoptado) sin pudor alguno, mientras que la consecuencia es la hegemonía de asociación en la que datos abiertos es igual a datos neutrales e inocuos. En suma han hecho deseable el totalitarismo abierto.

Costará muchos años ir desmontando la era digital, la viralidad y la hiperconexión que contagiaron todo el espectro político, despolitizaron muchas batallas y nos sumergió en el sueño del autogobierno en la aldea global (hoy sabemos que vigilada hasta el último rincón).  De ahí que sea necesario comenzar a revisar con cuidado y crítica todos los paradigmas de la digitalidad, que en su mayoría no tienen que ver con fines sino con consecuencias políticas y retórica. Nathaniel Tkacz, profesor de la Universidad de Warwick, al hacer una crítica a las políticas abiertas al retar los argumentos planteados por Popper y Hayek, concluye:

En lugar de utilizar lo abierto de mirar hacia adelante, hay una necesidad de mirar más de cerca los proyectos específicos que operan bajo su nombre —en sus detalles, las relaciones emergentes, consistencias, modos de organización y estabilización, puntos de diferencia, y las formas de exclusión e inclusión. Si queremos comprender las realidades políticas divergentes de las cosas descritas como abiertas, y para hacer visibles la distribución de sus agentes y la organización de las fuerzas, no podemos ‘vivir como un nativo”, como la joven mente antropológica de Bruno Latour escribió una vez, lo que significa que no podemos adoptar el lenguaje utilizado en las prácticas que se pretende estudiar. Describir la organización política de todas las cosas abiertas requiere dejar atrás la retórica de lo abierto.

@antoniomarvel

 

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