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Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
La resaca digital
El centro de la tensión política en la era postdigital no es ya el de la lucha Izquierda vs. Derecha o la de Liberales vs. Conservadores. Ahora se trata de una más escalofriante: Estado vs. las personas.
Por Antonio Martínez
21 de enero, 2014
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Tras dos décadas de borrachera digital, el año pasado acudimos a los funerales de Internet ―al menos, tal y como lo conocíamos―: una red libre, neutra, autogobernada, total. Las posibilidades imaginadas por Negroponte y otros autores sobre la digitalización del mundo —y, por qué no decirlo, del ser— son ahora parte del pasado. La era postdigital nos plantea retos en terrenos que van de la política a la estética, pasando por la organización social.

En su último lustro de vida, Internet planteó preguntas tan diversas como trascendentes: fue la última infraestructura en cuestionar al mundo sobre sus propios procesos de funcionamiento. Con lo anterior no intento pasar por una suerte de “tecno-utopista”, sino por realista simple y llano. Me explico: además de ser un protocolo que transporta datos de un punto a otro, Internet también es un acuerdo de confianza entre personas; el desarrollo tecnológico a partir de esa base nos permitió ver que tales acuerdos no coincidían en muchas ocasiones con el así llamado“mundo real”. De esta forma, vimos pasar la crisis de las disqueras y de las distribuidoras cinematográficas, la eterna batalla por perpetuar modelos anquilosados de propiedad intelectual, la crisis del periodismo y, más recientemente, una crisis de la noción misma de Estado. ¿Se lo debemos todo ello a Internet? Sí y no. Sí porque nos permitió ver otra dimensión de la realidad. No porque las circunstancias mencionadas ya existían (como las miles de rupturas originadas en la era predigital). En dado caso, su curso de acción se ha visto muchas veces acelerado gracias a Internet.

De los dilemas expuestos, algunos fueron superados sin grandes conflictos. Prueba de ello es la transformación del modelo de negocios de las disqueras, aunque por otro lado se agravase la cruzada por endurecer los sistemas de propiedad intelectual y ésa se convirtiese en una batalla que, a su vez, plantea cuestiones que, como la noción misma de propiedad, cimbran al mundo contemporáneo. Otros dilemas se encuentran en plena crisis y sin mucha luz sobre su futuro; tal es el caso de los whistleblowersy, de sus numerosas acciones en los últimos años. La cosa parece más o menos sencilla: la función de los “soplones” en un estado democrático es importante para generar contrapesos ante la desmesura del poder. Es justo señalar que, a su alrededor, se ha desatado una conversación más interesante y potencialmente fecunda acerca de la naturaleza y los fines del Estado mismo, donde cada matiz parece conducirnos a conclusiones diametralmente distintas.

Después de un año turbulento gracias a las filtraciones de Edward Snowden acerca de las actividades de espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos (o NSA, por sus siglas en inglés),  empiezan a emerger algunas reflexiones, tanto profundas como superficiales, sobre las motivaciones y consecuencias del Snowdengate. Dichas reflexiones se localizan en registros muy diferentes; por ejemplo, aquellas que se centran en la ética del periodismo frente a las filtraciones, las que analizan el fondo de éstas y voltean a ver al Estado, las que hacen lo mismo pero apuntan a los whistleblowers y, por último, las que tratan de problematizar el tema con mayor amplitud.

Como ejemplo de la última categoría, una de las reflexiones que más han generado polémica es “Would You Feel Differently About Snowden, Greenwald, and Assange If You Knew What They Really Thought?” (¿Te sentirías diferente acerca de Snowden, Greenwald y Assange si supieras lo que piensan realmente?) de Sean Wilentz, profesor de historia en la Universidad de Princeton, y publicada en The New Republic. El título parece sugerir que el autor habrá de revelarnos los pensamientos secretos de una tercia (Assange, Snowden y Greenwald) que configura, según él, el pensamiento político que busca hundir al estado liberal. El problema del artículo no se encuentra en la premisa sino en la ejecución.Wilentz pretende de alguna forma que, a través de un perfil donde se caricaturiza a sus tres protagonistas frente al público liberal, se confirme el desmantelamiento de una filosofía política. A través de un relato más bien sesgado (el supuesto amor por las armas de Snowden, los casos pro bono de Greenwald y una oscura alianza entre Assange y Rusia), Wilentz sugiere que una agenda en contra del Estado policial es, al mismo tiempo, una en contra del Estado liberal.

Desviar la discusión por medio de la personalidad de aquellos tres individuos, no parece ayudar mucho. Uno no tiene por qué estar de acuerdo con los tres y, aun así, puede percatarse del pragmatismo de sus decisiones, de sus tropiezos constantes y de un discurso que, con gran nitidez, contrapone al Estado con las personas. Ése es, probablemente, el centro de la tensión política en la era postdigital, no ya el de la lucha Izquierda vs. Derecha o la de Liberales vs. Conservadores. Ahora se trata de una más escalofriante: Estado vs. las personas. En esta clave podemos pensar mejor un problema político que tiene como sustentos la naturaleza del Estado y de la democracia o la necesidad de renovar la noción de“contrato social”, replantearnos (y suscribo esta agenda con pasión urgente) qué tan público es el Estado. Aunque lo anterior nos parezca utópico, hoy vemos cómo el arreglo y la asunción actuales de dicho contrato no parecen haber rendido los frutos que la mayoría esperaba.

Snowden, Manning, Assange o Greenwald son sólo cuatro síntomas de la ruptura definitiva entre el siglo XX y el XXI. Internet planteaba la posibilidad de una aldea global y sin fronteras, gobernada entre todos; una comunidad trabajando para su propio beneficio. Al morir como idea, Internet nos deja esos dilemas pendientes en plena distopía. Mientras tanto, el discurso del miedo pasa del terrorismo a la ciberseguridad. Bertrand Russell aseguraba que ningún hombre, multitud o nación podía ser digno de confianza o actuar humanamente mientras se encontrara bajo la influencia del miedo. Existe una evidente crisis en la comprensión y el ejercicio de nuestros derechos ―algunos, incluso, sugieren el fin de los derechos humanos como consenso―, en la imagen que nos proyectan nuestras propias construcciones institucionales. La desconfianza viral que los ciudadanos muestran a los modelos de Sociedad y Estado (modelos que ellos mismos ayudaron a construir en un pasado no tan distante), nos asegura que la etapa postdigital estará, junto con nosotros, largamente a la deriva.

 

@antoniomarvel

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