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Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
Las protestas como lobbyng callejero
Si las protestas construyeron durante los siglos XIX y XX, en buena medida, las libertades y el lenguaje de la progresitud que hoy aplaudimos, en el siglo XXI parecen un pésimo negocio para el espectáculo.
Por Antonio Martínez
6 de marzo, 2015
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Me mudé a trabajar al Centro Histórico. Eso de suyo dice mucho: ríos de gente, cilindreros, mucha comida, museos, la alameda, el arrabal y las protestas. Desde el piso 29 de la torre latino veo helicópteros pasar en el horizonte inmediato, escucho el ruido del tráfico en el eje central y ubico lugares desde mi google maps de la vida real. Todos los días me toca escuchar por lo menos una marcha; la última fue del Movimiento de Unificación y Lucha Triqui (MULT) y recorrió desde la calle de López hasta el Zócalo. En promedio pasan 5 manifestaciones diarias en el Centro Histórico y el número parece que no va a decrecer. Probablemente ese sea un buen termómetro de la vida democrática: el número de protestas que se tienen en la ciudad.

Salir a pasear por el centro es una buena terapia. Hace un par de semanas me encontré con una protesta fuera de las oficinas del Gobierno del Distrito Federal. Se trataba del Frente Francisco Villa (FFV), una unidad que apoya la vivienda digna en ciertas zonas rurales de la Ciudad de México. Sus enardecidas consignas se mezclaban con algunas reflexiones en las que pienso que vale la pena detenerse (sobra decir que sus gritos se diluían entre los cláxones, un afilador, los vendedores de joyas y lentes, los turistas y la señora de los chicles y chicharrones).

La reflexión que se oía a través de un megáfono, escuchado por un centenar de personas vestidas con playeras rojas, era la siguiente: “la autoridad quiere restringir nuestro derecho a manifestarnos. Como si quisiéramos estar aquí. El problema es que el gobierno no ha cumplido su compromiso de otorgarnos vivienda digna”. La lógica nos indica que el FFV se dedica a medrar con la necesidad de las personas y se convierten en un grupo de presión social que chantajea al gobierno.

Pensemos que ambas cosas suceden de manera simultánea: el gobierno no cumple con su mandato y estos colectivos coorporativizan el ejercicio de derechos individuales haciéndolos pasar por una mediación política. En este caso, ¿la protesta social sigue siendo válida? O mejor dicho ¿si ese es el contexto, sirve de algo? La respuesta es compleja pero tiene que pasar por un primer filtro, el hecho de que ambas cosas sean ciertas no debe descalificar a la protesta como método de negociación pública ni exime al Estado de cumplir con sus obligaciones.

Decían los Pancho Villa: “como si quisiéramos estar aquí” (manifestándose), es verdad que probablemente nadie protestaría si no tuviera buenas razones para hacerlo, por ejemplo, una vivienda digna. Los medios de comunicación han moldeado la opinión pública en dos direcciones: 1) quien se manifiesta lo hace “por chingar” a los demás y 2) la protesta tiene poco valor como forma de expresión o negociación pública. Lo anterior tiene efectos en dos sentidos: criminalizar por la vía legal la protesta e inhibir al ciudadano de que se asocie para manifestarse (eso aísla, para fines del escarnio público, a quienes se movilizan constantemente, ej. los sindicatos).

Tenemos entonces a tres actores: el Estado, la sociedad y los medios. Si las protestas construyeron durante los siglos XIX y XX, en buena medida, las libertades y el lenguaje de la progresitud que hoy aplaudimos, en el siglo XXI parecen un pésimo negocio para el espectáculo. Los medios ridiculizan las protestas, los individuos son incapaces de pensarse como una comunidad y el Estado reprime cualquier intento de cambiar las cosas. No son pocos quienes defienden este statu quo.

Las quejas del FFV hacen más sentido. Ellos probablemente no quieran estar ahí, pero un sistema de exclusión constante entre gobierno y gobernados, sumado a la rampante desigualdad económica y de clase, agravado por la desigualdad en acceso a derechos y el poco acceso a voz de muchos frente al excesivo de pocos, hacen indispensable el lobbying callejero. Tal vez sea hora de que medios y sociedad dejemos de satanizar la protesta y más bien apuntar al Estado todas aquellas fallas estructurales que impiden una vida más democrática y una democracia donde el disenso no sea trivializado sino prueba de su funcionamiento.

 

@antoniomarvel

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