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Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
Piratería: dónde están los verdaderos ladrones
No hay tal cosa como la propiedad intelectual, sino que existen monopolios e instrumentos legales para lucrar con quien realiza ideas más o menos comunes. De ahí que el Estado crea que criminalizar es la opción para acabar con el fenómeno de la piratería.
Por Antonio Martínez
2 de mayo, 2014
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El martes pasado en la sección de opinión del periódico Reforma, el embajador de los Estados Unidos en México, Anthony Wayne, publicó una columna invitada titulada simplemente: “Propiedad Intelectual”. En su alegato, Wayne habla del Día Internacional de los Derechos de Propiedad Intelectual cuyo lema este año es: “Películas: una pasión global”. Los argumentos de Wayne se pueden resumir en: 1) Se debe incrementar la protección a la propiedad intelectual, 2) Los criminales usan internet para “robar” obras y 3) Criminalizar es la opción para acabar con el fenómeno de la piratería.

La discusión pública del tema a nivel global, me parece, se encuentra secuestrada por las corporaciones y sus voceros. Es decir, han aniquilado un debate amplio e informado sobre el tema y lo han sustituido por un monólogo unidireccional: sólo hablamos de cómo proteger más, cómo criminalizar más la piratería y cómo hacer más complicado compartir obras protegidas. Salvo la comunidad académica, cualquiera que trate de debatir en un sentido distinto se encontrará con una barrera insalvable.

Antes de continuar vale la pena decir que “propiedad intelectual” es un término un tanto ambiguo, donde se suelen agrupar (con el fin de confundir) distintas clases de acciones legales y derechos. Se agrupa pues: marcas, patentes, derechos de autor o denominación de origen sin ninguna distinción. No hay tal cosa como la propiedad intelectual, sino que existen monopolios e instrumentos legales para lucrar con quien realiza ideas más o menos comunes. De ahí que el Estado se comporte de manera distinta en comparación con el derecho de propiedad clásico. Cuando se trata de esto último, distintas sentencias de Cortes europeas demuestran que el Estado protege el interés público (ej. Afectar el derecho de propiedad de “X” porque impide el acceso a la playa que es un bien común); en el caso de los monopolios intelectuales, el Estado no pondera de esa manera sino que protege las ganancias del mismo. Esta deformación, con los hechos, nos ha llevado a tener leyes draconianas y a la crisis mundial de la “propiedad intelectual”.

Argumento 1) Se debe incrementar la protección a la propiedad intelectual

Al aumento a la protección suelen oponerse dos argumentos: las pérdidas generadas y la falta de cumplimiento de la ley. En el primer caso suelen usarse cifras de los grandes intermediarios que lucran con los monopolios, por ejemplo, la Bussiness Software Alliance (BSA) o la Motion Picture Association of America (MPAA). Las cifras de los reportes de estas asociaciones hacen una operación francamente insostenible: se calculan las pérdidas comparando el bien visto (cine) o instalado (software) contra la ganancia que eso hubiese significado —como si la voluntad de la persona fuera comprarlo en primer lugar. Además, emplean otro truco que lo explicaré de manera sencilla: si alguien me da 1 peso y yo le compro un chicle a un amigo y éste usa ese peso para comprar una paleta a otro amigo, ¿aumentamos la riqueza nacional en 3 pesos? No, sigue habiendo únicamente 1 peso que no estaba antes. Para el mundo de estos señores serían 3 pesos los perdidos, o ganados.

En el caso de la falta de cumplimiento de la ley, el dogma parece incuestionable. Hace un par de años, la American Assembly de la Universidad de Columbia, junto con el Social Science Research Council, lanzaron un estudio llamado Media Piracy in Emerging Economies, el cual analiza los casos de India, Brasil, Rusia, Bolivia, México y Sudáfrica. El estudio parte de la premisa de que la piratería no es un asunto legal sino de mercado y por ello las economías emergentes (bulleadas por EUA para hacer cumplir leyes restrictivas) son un buen ejemplo. En la mayoría de los casos se encontró que los fenómenos de piratería no estaban asociados con algún tipo de actividad criminal sino que respondían a una ecuación más sencilla: bienes tecnológicos (legales) cada vez más baratos (ej. Copiadora de DVD) + bienes culturales (legales) a precios impagables (ej. Ir al cine) +salarios mínimos bajísimos = país con piratería. El punto ciego de las leyes de las que habla Wayne es que, como consecuencia, tienen más desigualdad, no menos. El capítulo de la India es un ejemplo de solución (que la MPAA detesta): leyes estado por estado, flexibles y que se adapten al contexto local para generar mercados internos dinámicos. Bollywood sustituyó a Hollywood. El modelo contrario es: débiles mercados locales con protección que responde a los intereses de empresas globales.

La estadísiticas recogidas por Michael Masnick en el estudio Sky is rising de hecho nos revelan un panorama distinto: en la última década el mercado del contenido se expandió (incluso a tasas más altas que la economía en general) pese al “daño que ha generado internet”.

Argumento 2) Los criminales usan internet para “robar” obras

Este es probablemente el argumento moral favorito de los defensores del copyright: si castigamos a alguien que roba un auto ¿por qué no castigar a los “criminales” que usan las redes para robar las obras protegidas? No son pocos en los medios y en la política que absorben el argumento sin cuestionarlo. El tipo penal del robo tiene varios elementos: el bien, la existencia previa, la falta posterior y la imposibilidad de goce del bien de su propietario. ¿Se cumplen estas condiciones para llamar “robo” a bajar canciones de alguna red P2P? No. Si “X” compra un CD y tiene una copia de la canción “W” en su computadora y la pone a disposición en una red peer-to-peer para que “A”, “B” o “Z” puedan descargarla, el poseedor sigue pudiendo disfrutar su obra adquirida y otro se beneficia de esa misma obra sin que alguno de los dos sufra una pérdida. Compartir no es robar.

En todo caso, internet puede servir, como lo ha demostrado para tener más opciones, no menos. Por otro lado puede tratarse simplemente de una confusión retórica, para ello recomiendo leer este trabajo de Peter K. Yu, profesor de la Universidad de Drake, quien desmantela los argumentos retóricos más comunes para la defensa de leyes de copyright que son contrarias al interés público.

Argumento 3) Criminalizar es la opción para acabar con la piratería

Dados 1) y 2) esta afirmación no se sostiene. El fin de la piratería no pasa por defender a los monopolios privados otorgados por el Estado, sino por modificar las condiciones estructurales para que sucedan: una mejor redistribución de la riqueza y leyes que no respondan a la idea de Disney sobre el tema ayudarían. También ayudaría que el Estado se pronunciara por la protección y refuerzo del dominio público, un dato escandaloso que obtuve de los trabajos de Paul J. Held (Universidad de Illinois): el copyright ha hecho que desaparezcan cada vez más trabajos, en su versión voraz está generando menos conocimiento, no más (ese era el propósito original). Más aún, el siglo XX está perdido de ser reutilizado sin pagar.

En una cosa tiene razón el Embajador Wayne: las películas son una pasión. Y sufro de ella cuando no puedo encontrar escenas de mis películas favoritas en YouTube, cuando por un momento no puedo recrear ese momento que me transporta a estados inimaginables.

Lo que los defensores de los derechos de autor restrictivos a menudo no reconocen es que el dominio público es lo que hizo la cultura cultura. La cultura es un concepto común, en la que muchas personas están experimentando —todos— lo mismo o cosas similares (y la experiencia individual como parte del todo). Solíamos compartir historias, contar chistes, aprovechar y cambiar las obras de los demás, y era el esfuerzo compartido lo que construye la cultura y la que la ayudó a difundir. Pero la ley de derechos de autor ha cambiado todo eso. En lugar de un verdadero fenómeno cultural, donde la cultura se construye por el público en términos de lo que crean, comparten y construyen, ahora tenemos una situación en la que los intermediarios deciden qué es la cultura, lo empujan a todo el mundo a través de medios de difusión y, a continuación, nos dicen que no podemos hacer nada al respecto… a menos que paguemos sumas exorbitantes de dinero. Eso es un entendimiento perverso de cómo sucede la cultura y uno que no beneficia a los creadores o al público (a menudo simultáneamente los mismos), pero es enormemente beneficioso para unos pocos: los verdaderos ladrones.

 

 

@antoniomarvel

 

 

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