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Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
Morir todas las noches
Tengo que morir todas las noches es la deslumbrante crónica de Guillermo Osorno y, al mismo tiempo, es el retrato de una época de la ciudad, la recreación de un antro mítico: El Nueve, catalizador de distintos procesos [contra] culturales del D. F. y un testimonio político de la ciudad.
Por Antonio Martínez
28 de mayo, 2014
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O ya no entiendo lo que está pasando, o ya no pasa lo que estaba entendiendo

Carlos Monsiváis

 

Todo comienza cuando un chico de 18 años sale del clóset en Los Ángeles, California. El joven Guillermo pasea por Santa Mónica y mira a los ojos un mundo que es, al mismo tiempo, novedad y destino. Al volver del viaje que emprende con su padre a California —y que termina en el encuentro con un negro que atiende una tienda de ropa— nuestro narrador nos lleva de vuelta a su casa: la angustia de la primera edad adulta (el qué hacer con la vida) y la curiosidad irrefrenable que lo empujan a salir a las calles para buscar en la ciudad aquel aire emancipador.

Tengo que morir todas las noches (Penguin Random House, 2014) es la deslumbrante crónica de Guillermo Osorno —quien se inaugura como autor después de años como generoso editor de plumas hoy consagradas del periodismo— y, al mismo tiempo, es el retrato de una época de la ciudad, la recreación de un antro mítico: El Nueve, catalizador de distintos procesos culturales del D. F. y un testimonio político de la ciudad.

Martín Caparrós acierta al afirmar que “la crónica es una forma de pararse frente a la información y su política del mundo: una manera de decir que el mundo también puede ser otro. La crónica es política”. En cierta medida, Osorno —cuya voz se escucha fresca y original pese a los años de ajustar la voz de los otros— nos enseña un mundo distinto, como él mismo lo ha llamado, el lado B de la historia reciente de la Ciudad de México.

Para adentrarnos en una escena prácticamente extinta, Osorno se basa en un riguroso y vasto trabajo periodístico y una forma narrativa que descansa en el asombro (entre Monsiváis y Poniatowska), en iluminar las zonas olvidadas u oscurecidas por el establishment. El Nueve, que se ubicaba en el corazón de la Zona Rosa, es el personaje e hilo conductor en esta crónica de largo aliento. El propio local y su permanencia son los pretextos ideales para conocer el comportamiento de los políticos de la época y los arreglos que establecieron con el lugar por medio de un travesti, Xóchitl, quien fungía como mediadora y reina todopoderosa que lo mismo llegaba a acuerdos con Enrique Jackson que hacía tratos con el profesor Hank o departía mesa con María Félix. Confrontada con la actualidad, la crónica es vigente: pese al cambio democrático, parece que los acuerdos que funcionaban bien hace 30 años siguen garantizando su éxito en lo oscurito.

Podría decirse que Tengo que morir todas las noches es la crónica de una atmósfera, el reportaje de un sentimiento individual y colectivo. Todos sus personajes son autores y herederos de un glamour y una decadencia, de la incipiente conciencia gay, del mestizaje social y sexual, de los desenfrenados años ochenta, de un movimiento cultural que se gestaba en la base de un régimen autoritario y con tufo censor. El libro de Osorno revive con gran intensidad y fidelidad esas noches salvajes que lo mismo cobijaron a artistas, estrellas de cine y críticos de arte que a socialités, rockeros, punketos y a todo el arcoíris de las distintas preferencias sexuales.

Esta crónica es también la historia del México global antes del TLC, una globalidad casi forzada por los nichos culturales, al filo de la desmesura: ricos empresarios italianos afincados en el D. F., Henri Donnadieu y su fuerza vital —motor central de este libro—, mujeres del jet-set mundial que operaban desde Acapulco o empresarios que se codeaban con Andy Warhol en el vibrante Nueva York. Esto significó, en cierta medida, la semilla de un proyecto cultural que ha ido rindiendo sus frutos en nuestros días. Hoy es imposible imaginarnos una ciudad clandestina; el De-Efe ha salido del clóset y todo lo que estaba en el margen hoy se encuentra en el centro: la capital latinoamericana del arte contemporáneo, una riquísima escena musical y el matrimonio igualitario. Esa misma ciudad donde probablemente El Nueve sería hoy un fracaso comercial y, sin embargo, sin su antecedente prevalecería un rostro más conservador.

La ópera prima de Osorno es una lección generacional por partida doble. Para los veinteañeros que lo fueron durante los años ochenta del siglo pasado es un recuerdo de su oportunidad —a menudo desperdiciada— de cambiarlo todo, de imaginar e inventar un país distinto. Para los veinteañeros de hoy se trata de una reivindicación de los forevers actuales, pero también de la amistad, de los procesos comunitarios de la política y la cultura, de las nuevas y urgentes clandestinidades de una sociedad como la nuestra desencantada de casi todo.

Como toda crónica que se precie de serlo, Tengo que morir todas las noches es la mitad de un relato que el lector, cronista en voz baja, deberá completar de memoria. Estamos frente a un libro importante no sólo por el talento de su autor para construir la historia de una noche generacional desde su particular mirada, sino por su capacidad de promover una conversación aguda sobre la vida en las ciudades, la descentralización de la cultura y los proyectos humanos. Si lo pensamos, la frase que le da título al libro, “Tengo que morir todas las noches” es, sobre todo, un guiño al futuro, a la mañana siguiente en que despertaremos del desmadre para resucitar a mediodía.

 

@antoniomarvel

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