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Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
Notas desde la Democracia Imaginaria
La represión del gobierno venezolano sirve a nuestros analistas para defender por igual la democracia y el neoliberalismo; para atacar sin matices a la facción radical de la izquierda latinoamericana: antidemocrática, trasnochada, antiliberal. Hay algo que resulta extraño; no es que se equivoquen en sus diagnósticos, es que parece que los pensaran desde la Democracia Imaginaria.
Por Antonio Martínez
21 de febrero, 2014
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Esta entrada se la iba a dedicar a la infame #LeyAMPROFON que inaugura una nueva batalla por la libertad de Internet, ahora con argumentos más sofisticados por parte de los censores y abogados que pasaron al lado oscuro de esta historia. Sin embargo la dejaré para la semana siguiente, esta semana he estado muy intrigado por la forma en la que desde aquí se habla de lo que sucede en Venezuela.

No son pocos los que se han lanzado presurosos a señalar, calificar y analizar lo que vemos a través de las pantallas sobre la violencia en las calles venezolanas. Violencia a todas luces reprobable. Me interesa pensar en quienes usan los argumentos que reivindican derechos para criticar una posición ideológica. Esto es, aquellos oportunistas que ante el conflicto sacan a relucir sus fobias constantes y sus fugaces filias.

La represión del gobierno venezolano sirve a nuestros analistas para defender por igual la democracia y el neoliberalismo; para atacar sin matices a la facción radical de la izquierda latinoamericana: antidemocrática, trasnochada, antiliberal y un largo etcétera velado o explícito en las netas que se tiran de aquí para allá. Hay algo que resulta extraño, no es que se equivoquen en sus diagnósticos, es que parece que los pensaran desde la Democracia Imaginaria.

No son pocos los que se han pronunciado en contra de la represión en las calles. En palabras de Felipe Calderón, “el único crimen es criminalizar la protesta”. Tiene razón, aunque no se ha llenado de la misma vergüenza que acusa cuando en el cambio de poderes del 1° de diciembre de 2012 reprimieron violentamente a quienes gritaban “imposición” en las calles. No hablo de congruencia sino de la intención con que se defienden las cosas, las consecuencias que se esperan de defender algo en contextos particulares. Leo Zuckerman, por ejemplo, luego de hacer una crítica a la economía venezolana enfatiza el uso de balas “reales” contra los manisfestantes. Parece ignorar que las balas de goma —¿qué tendrán de “falso” estas balas?— también son reales y usadas por la policía mexicana con los mismos fines, la muerte de Kuykendall el pasado 25 de enero es prueba contundente.

En la Democracia Imaginaria protestar es un derecho… pero en Venezuela. Aquí el Estado policial buencostumbrista indica que lo nuestro no es la protesta. La iniciativa Sotomayor en el congreso que será votada (y seguramente aprobada) próximamente es prueba de ello: protestar sí, pero con permiso; sí, pero si se apega a las buenas costumbres. El problema de vivir en la Democracia Imaginaria es que la democracia se idealiza, se pone en un tótem y lo que guía el debate sobre la misma es equivalente al miedo de romper un jarrón chino antiquísimo. La defensa gratuita del consenso y la concordia política es antidemocrática y antiliberal porque se niega a aceptar que la estabilidad siempre está construida con arreglos de poder. Pero la Democracia Imaginaria niega todo lo que se escape de ella.

En pocas palabras, protestar en México es tan legítimo como protestar en Venezuela o en Ucrania. La ceguera de la Democracia Imaginaria es la siguiente: pese a la realidad (cientos de miles de muertos, miles de desaparecidos, total impunidad, desigualdad rampante), aquí los adalides de la Imaginación nos ven como vándalos porque simplemente—realmente lo creen— no encuentran razones contra las cuales protestar.

Otro ejemplo. Arturo Sarukhan, se escandalizaba porque el gobierno de Venezuela “califica a la oposición y a los manifestantes de “terroristas” y “agentes externos””. Me pregunto si al embajador no le sonará conocido el caso de dos tuiteros encarcelados en Veracruz acusados de terrorismo equiparado por el gobierno local. Será que el uso faccioso de la ley sólo es un escándalo enmarcado en el bolivarianismo que representan “los idiotas” (en términos de Mendoza, Montaner y Vargas Llosa) o que en la Democracia Imaginaria sea sólo una pequeña falla de nuestras instituciones. No lo sé.

La nota de Diego Enrique Osorno sobre sobre Allende, en Coahuila, es escalofriante. Pensar que eso sucede multiplicado por no sé cuánto es desolador. Sin embargo, en Democracia Imaginaria esto es una nimiedad frente a los éxitos de nuestras fuerzas armadas —sí, justo las mismas que por omisión son cómplices de esa masacre—, las nuevas instituciones y leyes para proteger víctimas, la retórica estrategia de seguridad (no hay otra) y un largo etcétera de paliativos. Imagino que si la nota describiera lo mismo en una región andina, sería la prueba irrefutable del totalitarismo bolivariano.

Es terrible saber de la censura en Venezuela, de cómo ha retirado la señal de canales y la información no llega a los ciudadanos. Reprobable. Nuestros opinólogos ponen otros matices. Hablan de la libertad de los medios y el pluralismo, pero ni una sola palabra sobre, por ejemplo, que ningún impreso mexicano considerara la nota de ocho columnas las declaraciones de Salil Shettym Secretario General de Amnistía Internacional, que dijo nada menos que en México la tortura sigue siendo práctica común. En Democracia Imaginaria es irrelevante, hay programas de profesionalización de ministerios públicos, penas severas, comités, comisiones, un sistema de ombudsman gigante.

Constantemente escucho la pregunta de por qué en México no se levanta la gente contra el gobierno; siempre que parece que se prendió la chispa, rápidamente se disipa. La respuesta es compleja, pero es que Democracia Imaginaria no tiene rebeliones. Aquí la violencia está normalizada, el sistema de justicia es el origen de la violencia social (vía la impunidad), las protestas son antidemocráticas y próximamente criminalizadas legalmente, la desigualdad económica es una anécdota. Todo tiene cabida, piérdase el derecho, sálvese la Democracia Imaginaria.

Aunque son dominantes, nuestros liberales trasnochados (los que se llenan la boca criticando a Venezuela) son nuestros adversarios. Su victoria se convierte en nuestra peor guerra: al avanzar la agenda del escándalo moral probablemente acabemos pareciéndonos más a aquello que detestan. Cuánto daño nos ha hecho la terrible retórica de que la política y la democracia son consenso y la protesta sólo como espejo de la civilidad, claro, sólo en el México de la Democracia Imaginaria.

 

@antoniomarvel

 

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