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Riguroso Remix
Por Antonio Martínez
Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de De... Bloguero. Estudió derecho pero quería ser cocinero, soñaba con ser artista y es defensor de Derechos Humanos, cronista de su época aunque la época se equivoque. Hace todo al mismo tiempo. (Leer más)
Sombra aquí, sombra allá
Las reformas políticas – y quienes las impulsan – están enfocadas en cómo cubrir lo que se ve mal, pero no en resolverlo. La conversación pública está plagada de espejitos, retórica y una buena dosis de arrogancia.
Por Antonio Martínez
5 de noviembre, 2013
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El maquillaje sirve para cubrir imperfecciones en el rostro, tener un tono uniforme en la piel (incluso si es distinto al natural), para ocultar el “brillo” que produce el exceso de grasa en la cara, para aparentar rasgos faciales más acusados, o resaltar características físicas como los ojos o los labios. Dice el diccionario sobre maquillar: “alterar algo para mejorar su apariencia”. La esencia del maquillaje es crear ilusiones: no desaparece las imperfecciones, pero las hace menos visibles.

Antes de la alternancia presidencial del 2000 la política era el espacio donde los asuntos públicos se resolvían en lo oscurito. Con la llegada de la democracia y de los reflectores a la arena pública, la lógica del maquillaje se instaló en la forma de pensar de nuestros políticos, de algunos medios y no pocos ciudadanos. Las reformas políticas – y quienes las impulsan – están enfocadas en cómo cubrir lo que se ve mal, pero no en resolverlo. La conversación pública está plagada de espejitos, retórica y una buena dosis de arrogancia.

Pienso en primer lugar en la discusión por la reforma fiscal. El maquillaje consistió en convertir todo el debate una lucha contra los impuestos, como si éstos fueran malos. La clase alta se disfrazó de clase media y la clase media de indigentes, ese mimetismo impidió la argumentación sobre por qué no se aumentó la base gravable, por qué usar como moneda de cambio en la negociación política las medidas tendientes a una recaudación más progresiva y mucho menos se cuestionó la distribución del gasto. Lo importante fue “quedar bien” ante la opinión pública y defender el pagar menos impuestos y al mismo tiempo cuestionar que esos (no)impuestos no se ven reflejados en nuestra calidad de vida; contradicción maquilladísima. Cosa similar pasó con la discusión sobre el IVA a colegiaturas de escuelas privadas, sin ver que eso era una oportunidad para mejorar el sistema de educación pública. Preferimos enmascarar el problema con el atajo mental de “¡quién pensará en los niños!”.

En el Distrito Federal pienso en el tema de las protestas. La mayoría de los medios y la opinocracia se han dedicado a confundir toda la conversación al respecto. Por un lado, se coloca en una misma categoría  a manifestantes y vándalos; por el otro se trata de generar un falso dilema entre el derecho a la circulación contra el derecho a la libertad de expresión. Esta revoltura ha tenido consecuencias públicas cuando algunos legisladores proponen regular las protestas partiendo del hecho de que son indeseables. Lo que esconde este maquillaje es la necesidad de atender los problemas estructurales detrás de las protestas; la asimetría en el diálogo público que margina a los ciudadanos, a quienes sólo les queda la calle para hacerse escuchar; la falta de protocolos de la autoridad que reprime en vez de proteger a los manifestantes, y la nula aplicación de la ley para castigar a quienes delinquen.

Un ejemplo más reciente es el de la liberación del profesor tzotzil Alberto Patishtán. Después de 13 años en la cárcel (con una condena por 60 años en prisión a cuestas), Patishtán fue indultado por el presidente Enrique Peña Nieto. Para ello, el presidente echó mano de una nueva ley creada exprofeso para habilitar esta modalidad del indulto. Nadie podría estar en contra de la liberación del profesor Patishtán, nadie. Sin embargo, algo huele muy mal cuando en la democracia mexicana se tienen que crear leyes al vapor y a la medida de los intereses y caprichos políticos de algunos legisladores o del presidente. El indulto no resuelve la injusticia del profesor Alberto ni de nadie. Al contrario, permite que el imperfecto sistema judicial que hace posible este tipo de abusos continúe funcionando como si nada. Probablemente el modelo de impartición de justicia, por esa manera de operar, sea motor de violencia social. El indulto es hasta cierto punto un insulto para los miles de inocentes encarcelados, un ejemplo más de la impunidad imperante y los casos donde vez tras vez se viola el debido proceso legal. Este maquillaje, que recibió aplausos y prensa, esconde y quizá sepulta por una temporada la discusión pública sobre nuestro sistema de justicia.

La base, el polvo y el rubor entorpecen nuestra conversación pública. La lógica del maquillaje alentada desde el gobierno y con ayuda de algunos medios, ciertas organizaciones, partidos políticos e intelectuales a modo, nos puede salir cara; en resumen: a la larga nos está saliendo más caro hacer como que hacemos que deliberar y hacer, aunque cueste.

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