Ayotzinapa, ¿todavía te engañan con la “manzana podrida”?
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Ruta Crítica
Por Ernesto López Portillo
Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana. Fundó y dirigi... Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana. Fundó y dirigió el Instituto para la Seguridad y la Democracia -Insyde- (2003-2016). Ashoka Fellow.+Derechos+Seguridad+Derechos. (Leer más)
Ayotzinapa, ¿todavía te engañan con la “manzana podrida”?
Decir que la Sedena o la Semar son instituciones impolutas cuando miembros de ellas cometen delitos o violaciones graves a los derechos humanos es como si nos intentaran convencer de que estas personas no pertenecen a esas instituciones.
Por Ernesto López Portillo
29 de septiembre, 2022
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Es común en el mundo entero: gran parte de las instituciones policiales usan el cuento de la “manzana podrida” para salir del paso ante la necesidad de reformarse a profundidad. Cuando alguna o algunas personas en funciones de policía realizan conductas contrarias a las leyes o violatorias de los derechos humanos, aparece la misma respuesta oficial una y otra vez: son casos aislados. Con las instituciones militares sucede lo mismo, tal como lo hemos escuchado luego de las recientes acusaciones contra algunos de sus representantes por el caso Ayotzinapa. Los militares y el presidente López Obrador responden igual (“son casos aislados”), tratando de reducir el impacto de la narrativa que confirma que, como en cualquier institución, también en las Fuerzas Armadas hay desvíos.

Desde mediados del siglo pasado, ante la repetición de las malas conductas por parte de representantes de la policía en las democracias más consolidadas, en especial la brutalidad policial contra la población negra, la llamada teoría de la manzana podrida entró en crisis, justamente cuando se hizo evidente su uso político para evitar reconocer los problemas profundos en la policía y emprender reformas institucionales de gran calado.

La policía en todo el mundo tiene problemas para controlarse a sí misma y para aceptar los controles externos sobre el ejercicio de sus poderes, en especial el más grave de todos: el uso de la fuerza. Y cuando las instituciones militares son metidas en tareas policiales, sucede lo mismo o peor. Los mecanismos especiales de derechos humanos de la ONU han denunciado el crecimiento de la brutalidad policial en el mundo entero.

Pero no perdamos el foco. La llamada teoría de la manzana podrida intenta demostrar que la mala conducta de una o algunas personas no es lo mismo que la mala conducta de toda la institución a la que representan; pero el argumento, que visto así por supuesto es válido, en realidad es usado como estratagema política para crear la imagen de que las desviaciones no representan lo que es la institución; así intentan convencer a la gente de que, de manera excepciona, algunas malas personas operan en buenas instituciones. Entonces argumentan que si se cortan esas “manzanas podridas” todo irá bien. El argumento cae por tierra todos los días porque se cambia y cambia y cambia a las personas y las desviaciones se repiten.

Nació la moderna teoría de police accountability o rendición de cuentas policial en clave sistémica (traducción mía), justamente para desmontar el engaño. Según este paradigma propio de la reforma policial democrática, nunca una persona en tareas policiales actúa, bien o mal, desvinculada de su contexto institucional: nunca. Por ejemplo, si un agente de la policía usa la fuerza cumpliendo los estándares legales, detrás hay una institución que hace lo necesario para que así suceda; pero lo mismo si el desempeño está por debajo de estos estándares.

Police accountability modificó toda la comprensión de las conductas de las y los policías porque siempre se pregunta el contexto institucional para entender el comportamiento de esas personas. No son malas personas en buenas instituciones; son personas haciendo lo que la institución promueve o tolera.

Quienes conocen las policías modernas saben, por ejemplo, que una mala conducta grave de una persona representante de la policía, muy probablemente se pudo evitar si hubieran estado montados los mecanismos de alerta temprana que detectan desviaciones menos graves, a tiempo para intervenir interrumpiendo la posible progresión hacia conductas más graves.

Ya se sabe que jamás la institución puede no tener responsabilidad alguna cuando alguien que la representa hace las cosas mal o bien. Decir que la Sedena o la Semar son instituciones impolutas cuando miembros de ellas cometen delitos o violaciones graves a los derechos humanos es como si nos intentaran convencer de que estas personas no pertenecen a esas instituciones. Absurdo, ¿cierto? Y con todo, mucha gente compra la argucia.

Tal vez no hay peor daño para la policía y para las instituciones militares en tareas policiales que repetir la falsificación del caso aislado; esa narrativa evita indagar las causas estructurales de esas conductas desviadas y hacer la reingeniería institucional para reducir los riesgos de su repetición. Desde los enfoques penal y de derechos humanos ninguna conducta se investiga sin reconstruir su contexto; es lo mismo desde el enfoque de la rendición de cuentas policial en clave sistémica.

No hay manzanas podridas sin barriles podridos en mayor o menor medida. Ya lo sabes.

@ErnestoLPV

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