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Ruta Crítica
Por Ernesto López Portillo
Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana. Fundó y dirigi... Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana. Fundó y dirigió el Instituto para la Seguridad y la Democracia -Insyde- (2003-2016). Ashoka Fellow.+Derechos+Seguridad+Derechos. (Leer más)
Construir y destruir instituciones policiales
Si es posible crear y destruir instituciones policiales sin que importe lo que la gente piensa, y sin justificarlo de manera pública y suficiente, entonces estamos ante una clara representación del patrón autoritario.
Por Ernesto López Portillo
29 de julio, 2019
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Los relevos de gobierno son oportunidades para renovar las promesas y las esperanzas. En materia policial los cambios de gobierno suelen traer ofertas que a veces mejoran, al menos temporalmente, las expectativas sociales, pero casi nunca esos relevos implican ejercicios auténticos de rendición de cuentas. La historia de México incluye una sucesión interminable de creación y destrucción de instituciones policiales sin justificación alguna, propia de una política pública profesional. Un día es un nombre, luego es otro; un uniforme, luego otro; un día es una estrategia, luego es otra; un día es un color de las patrullas, luego es otro. En la Ciudad de México, por ejemplo, el intercambio a favor y en contra del despliegue por cuadrante, según el gobierno en truno, enseña el tamaño del extravío. Un día sí, otro día no y otro más mejor sí.

Un día la AFI es la mejor policía del mundo y otro día sus miembros protestan en la calle en medio del desmantelamiento de la institución. Un día nos dicen que la Policía Federal es “la mejor policía de América Latina” y otro día la institución es también desmantelada y nos dicen que es “criminalidad uniformada”.

Hay muchos modelos policiales, pero una cosa está clara cuando se habla de la policía propia de un Estado democrático y de derechos. Bajo este régimen constitucional, la policía y la ciudadanía construyen un trabajo colaborativo y corresponsable. Se dice fácil, pero en muy pocos lugares en el mundo se logra institucionalizar un vínculo de este tipo. Para decirlo de una manera muy gráfica, si la policía decide qué hacer, actúa y evalúa su actuar sin ponerlo a discusión con el destinatario del servicio, es decir, la ciudadanía, entonces no estamos ante lo que se conoce como la función policial democrática. Donde la policía se abre a la comunidad, las oportunidades crecen para este paradigma. Donde la policía se cierra, se reproduce un patrón autoritario que la coloca “por encima” de la ciudadanía, donde la institución supuestamente tiene la solución y la ciudadanía no. Así se puede sintetizar el contraste entre una policía democrática y otra autoritaria.

Si es posible crear y destruir instituciones policiales sin que importe lo que la gente piensa; si es posible hacerlo sin justificarlo de manera pública y suficiente, entonces estamos ante una clara representación del patrón autoritario. Es el modelo policial donde la cadena de mando operativo funciona como extensión en línea de la cadena de lealtad política. La policía mira hacia arriba –a su mando- o mira de frente –al ciudadano- en palabras de David Bayley. Son dos tipos de policía, la que antepone la lealtad política sobre el mandato institucional o la que hace lo contrario. Todo el diseño y sobre todo las prácticas policiales pueden ir en uno u otro sentido y la verificación empírica puede ser muy sencilla: si un policía no auxilia a un ciudadano o al menos hace todo lo posible por intentarlo y eso es tolerado en cadena de mando, entonces la lealtad va antes que el servicio.

Entre los recursos más utilizados para reproducir el modelo policial autoritario está el fomento de la disciplina militar; es de conocimiento internacional explorado que la función policial democrática promueve parámetros de disciplina coherentes con la descentralización de la toma de decisiones, mediante el desarrollo de criterios profesionales propios de técnicas policiales civiles; al revés lo hace el modelo policial autoritario, cuya expresión más extrema impone la disciplina militar al quehacer policial, centralizando las decisiones en el mando superior e inhabilitando al “policía de a pie” en sus capacidades de usar criterios propios para resolver de inmediato y por sí mismo las necesidades de la ciudadanía.

No habrá seguridad en democracia donde no hay función policial democrática. Y ésta jamás llegará mientras el ciclo de creación y destrucción de instituciones policiales dependa más de la lealtad política que del servicio a la ciudadanía. Es cierto, ya tenemos en México un germen de líderes políticos y policiales que auténticamente promueven el paradigma policial democrático; la pregunta es si el impulso del paradigma autoritario los dejará crecer.

@ErnestoLPV

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