Militarización y militarismo: la fuga civil
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Ruta Crítica
Por Ernesto López Portillo
Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana. Fundó y dirigi... Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana. Fundó y dirigió el Instituto para la Seguridad y la Democracia -Insyde- (2003-2016). Ashoka Fellow.+Derechos+Seguridad+Derechos. (Leer más)
Militarización y militarismo: la fuga civil
La ocupación progresiva de funciones civiles de gobierno, más allá de la política de seguridad, confirma la consolidación del militarismo, mismo que configura un relato según el cual las instituciones militares son más competentes que las civiles para resolver cualquiera de los grandes problemas de la sociedad.
Por Ernesto López Portillo
2 de septiembre, 2022
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Ver para creer: cuando el Estado mexicano introduce a la Constitución el perfil civil de las instituciones responsables de la seguridad pública es justamente cuando más avanza la militarización. El discurso político me recuerda siempre a la boligoma con la que jugaba de niño: se estira sin límites y puede tomar cualquier forma. Ahora la iniciativa de ley presentada por López Obrador para entregar la Guardia Nacional a la Sedena sigue diciendo que es y será una institución civil. Lo he pensado siempre, en la política todo se vale, incluso se puede llamar civil a una institución controlada, formada y gestionada por la autoridad militar (no es mentira si el marco cognitivo mayoritario no la puede identificar como tal).

Esta es una reflexión política derivada de esa iniciativa. Asumo que el hecho tiene proporciones precisamente políticas descomunales porque representa una alteración estructural al andamiaje donde están formalizados los acuerdos precisamente políticos fundamentales (en los que se funda nuestra sociedad): la Constitución. En centenas de entrevistas lo he reiterado; la Guardia Nacional militar es una decisión presidencial colocada por encima del acuerdo de Estado que fundó una Guardia Nacional civil. Es una ruta presidencial impuesta sobre la ruta que ganó consenso entre las diversas representaciones políticas. Nada menos que eso.

Dejo a un lado aquí la discusión normativa. El cuestionamiento a propósito de esa iniciativa desde un enfoque de política pública basada en evidencia, lo llevaremos a la mirada pública mediante un comunicado que lanzará en próximos días el Programa de Seguridad Ciudadana de la Ibero CDMX a mi cargo.

En mi esfuerzo por descifrar y reducir a una posible unidad mínima de análisis el tsunami político y social a favor de la vía militar en la política de seguridad, trato de encontrar una explicación que se acerque al incentivo principal detrás de esto. De entrada, el supuesto del que parto es que no estamos ante un cálculo racional político ni social que permita confirmar la eficacia de entregar la seguridad al control militar. Nadie puede concluir, con la evidencia en la mano, que más militarización es igual a más seguridad. Las teorías causales basadas en la evidencia no están en la mesa.

Asumiendo eso, veo la vía militar montada en dos actitudes convergentes, una construida desde la llamada clase política y la otra desde la sociedad. En ambos casos no hablo de consensos absolutos sino de actitudes mayoritarias. En la actitud política a favor de la vía militar hay una ecuación subyacente: el repliegue civil y la expansión militar se retroalimentan. El experto Wolf Grabendorff le llama “escasez de instituciones estatales civiles”. En otros términos, la relación cívico-militar está orientada hacia un reequilibrio empujado por ambas partes, reduciendo la influencia civil sobre la construcción de la gobernabilidad y ampliando la militar (https://library.fes.de/pdf-files/bueros/kolumbien/18384.pdf).

Y es un error analítico mayor creer que la vía militar solo tiene que ver con la seguridad; la ocupación progresiva de funciones civiles de gobierno, más allá de la política de seguridad, confirma la consolidación del militarismo, mismo que configura un relato según el cual las instituciones militares son más competentes que las civiles para resolver cualquiera de los grandes problemas de la sociedad (https://estepais.com/home-slider/de-la-militarizacion-al-militarismo-ciclo-incontenible/).

El militarismo es un relato que sirve de manera extraordinaria a lo que he llamado la capitulación civil. ¿Y por qué sirve de manera extraordinaria? Porque se alinea con el imaginario social mayoritario que deposita la confianza en los militares y la desconfianza en las civiles. La actitud social mayoritaria a favor de la militarización de la seguridad (o bien el silencio de grandes segmentos sociales que termina siendo usado a favor de la vía militar) estaría anclada en una categoría de enorme potencia simbólica: la disciplina. Bajo esta hipótesis, la percepción social positiva mayoritaria hacia las Fuerzas Armadas descansa en una imagen de disciplina, representando exactamente lo contrario las instituciones policiales civiles: la indisciplina.

Hace muchos años construí la categoría de convergencia autoritaria, justamente mirando avanzar la militarización e identificando la disciplina como el punto de encuentro de las preferencias mayoritarias política y social. Los gobiernos civiles encuentran la salida idónea ante su incapacidad de crear instituciones confiables, usando la puerta de escape por la vía militar; y la sociedad encuentra en esa fuga la respuesta que no llega desde el liderazgo político civil.

Por cierto, hay un ángulo contraproducente de la disciplina militar, prácticamente inexistente en la disputa de narrativas políticas, pero importantísimo en la experiencia internacional de la mejora policial: la mejor policía es la más cercana a la gente y esta cercanía pasa por la construcción de un criterio profesional flexible que hace de la policía un servicio de atención comunitaria. Nada más lejano a la rigidez propia del ser y el quehacer militar.

Regreso a mi argumento principal. También hace tiempo nombré esta ruta como una trampa auto impuesta por el Estado mismo, de manera que el debilitamiento crónico de las policías y las fiscalías venía abriendo paso a la preferencia militar, a la manera de una trampa donde por acción y por omisión el Estado construye el debilitamiento civil y hace parecer la vía militar como la única salida posible. Es una trampa porque los gobiernos evaden su incompetencia y evitan rendir cuentas por ella, mientras la mayoría aplaude. Es una trampa que aparenta una salida.

Analizada con cuidado, esta vía militar se sostiene entonces en su potencia simbólica, que a su vez reproduce una expectativa, no un resultado. La potencia principal de la narrativa de la disciplina es que logra apalancar una creencia. Por eso la discusión en San Lázaro de la nueva iniciativa presidencial, si la hubiera, en estricto sentido dejará poco o nulo espacio a la pregunta de cuál es la relación causal, probada con los métodos adecuados, entre la intervención militar y el comportamiento de la delincuencia y las violencias. Alguna o algún legislador acaso exigirá esa comprobación, pero no habrá espacio político para ello, imponiéndose una discusión capturada por las creencias (tanto a favor como en contra de la propuesta).

La narrativa hegemónica explota la rentabilidad del valor simbólico de la disciplina, incluso al punto de crear un mito donde las instituciones militares no tienen problemas en sus filas o si los tienen son aislados, postura que evade la confrontación con la evidencia construida desde los organismos públicos y el circuito internacional de los Derechos Humanos, la academia y la sociedad civil organizada; es lo que ha sido referido como el mito impoluto.

¿Qué sigue? Mientras la discusión se enfoque más en la popularidad de las Fuerzas Armadas y menos en ejercicios auténticos de rendición de cuentas de cara a la delincuencia y las violencias, no habrá nada que hacer y la vía militar entrará en una mucho más potente fase expansiva. Entonces la fuga civil habrá triunfado.

@ErnestoLPV

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