Populismos, polarización y derechos humanos
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Ruta Crítica
Por Ernesto López Portillo
Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana. Fundó y dirigi... Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana. Fundó y dirigió el Instituto para la Seguridad y la Democracia -Insyde- (2003-2016). Ashoka Fellow.+Derechos+Seguridad+Derechos. (Leer más)
Populismos, polarización y derechos humanos
Mientras el régimen constitucional reconoce a los derechos humanos en la más alta jerarquía, las prácticas políticas hegemónicas van exactamente en el sentido contrario, construyendo auditorios cuya identidad se funda precisamente en definir como enemigo a quien piensa diferente.
Por Ernesto López Portillo
7 de noviembre, 2022
Comparte

Se enfila México hacia nuevos procesos electorales de la mayor relevancia en el 2023 y el 2024. No se necesita poner mucha atención para anticipar lo que viene: más y más polarización. Una vez entendidas las implicaciones profundas de los populismos y la posverdad, parece más difícil que nunca esperar que la competencias por auditorios políticos pase por un auténtico compromiso con los derechos humanos. Las plataformas electorales los incluirán en mayor o menor medida como recurso retórico, pero es factible anticipar que no habrá proyectos de poder desde los partidos políticos cuyo fundamento ético esté anclado a ellos.

Reitero, si entendemos bien los resortes de los populismos y cómo éstos construyen narrativas autoritarias disociadas de la realidad, ya no podemos darnos el lujo de caer una vez más en la ingenuidad de esperar algo coherente con los derechos humanos.

Crece el consenso que reconoce la falla estructural de la democracia; la nuestra fue una transición hacia la democracia procedimental, pero no hacia la sustancial. Es decir, se garantizó la credibilidad de los procesos electorales, pero no se regularizó el respeto y la promoción de los parámetros superiores del Estado constitucional: los derechos humanos. Voto regular sin acceso o con acceso marginal al ejercicio de los derechos fundamentales por parte de la gran mayoría de la población.

La promesa incumplida detonó la desacreditación generalizada de la propia democracia y ésta, a su vez, es el motor principal del descontento que los populismos vienen usando para desmontar lo que sí se había ganado (distribuir el poder público -aunque siempre dejando sin acceso a las poblaciones en situación de mayor vulnerabilidad, señaladamente a los pueblos indígenas-). La discusión en los medios y en las redes digitales enseña la marginalidad creciente de la moderación, fenómeno que se agudiza en los procesos electorales. No escandalizar, no insultar, no estigmatizar va quedando “fuera de moda”. Un ejemplo paradigmático: desde todos los colores políticos está a la mano calificar a una persona con ideas políticas diferentes como traidora a la patria.

La traición a la patria es un delito contra la seguridad de la nación, según el Código Penal Federal. A esto hemos llegado: cualquier día, desde cualquier gobierno, cualquier partido político, cualquier tribuna de la llamada clase política está a la mano calificar el pensamiento diferente nada menos que como una conducta orientada a destruir eso que llamamos Nación.

Miremos el tamaño de la contradicción: mientras el régimen constitucional reconoce a los derechos humanos en la más alta jerarquía, lo cual representa una concepción ética y política fundamentalmente inclusiva (todos los derechos para todas, todos y todes), las prácticas políticas hegemónicas van exactamente en el sentido contrario, construyendo auditorios cuya identidad se funda precisamente en definir a quien piensa diferente, no como adversario, sino como enemigo, justo para inflar la polarización (por cierto, enemigo es una palabra destacada en la retórica propia de la ideología del militarismo).

Nos dijeron que la política profesional está para organizar a las sociedades, construir acuerdos y resolver los grandes problemas y en el 2011 una reforma constitucional ancló a los derechos humanos en el pináculo de todas las reglas formales de nuestra convivencia. Las prácticas en cambio van para otro lado.

Solo hay que mirar cualquier día el lenguaje de quienes ocupan los cargos de gobierno o buscan hacerlo para comprobar que está sucediendo justo lo contrario: más y más liderazgos políticos van decidiendo encabezar la construcción del odio, colocándose en las antípodas de un régimen de derechos, en especial en los procesos electorales.

No hay manera de prever hasta dónde la violencia verbal y física asociada a incentivos políticos tomará vuelo, porque los instrumentos de contención y procesamiento del conflicto, formales e informales, en el mejor de los casos, son marginales, agudizándose además el uso de la fuerza fundado en una doctrina militar apalancada por la construcción de enemigos.

En suma, prevalecen los populismos soportados en la polarización con todas las violencias políticas -y otras- crecientes o impera el régimen constitucional de los derechos humanos, pero no pueden dominar ambos proyectos. Son mutuamente excluyentes.

@ErnestoLPV

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.