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Ruta Crítica
Por Ernesto López Portillo
Secretario Técnico del Foro Mexicano para la Seguridad Democrática de la Ibero, Ciudad de Méxi... Secretario Técnico del Foro Mexicano para la Seguridad Democrática de la Ibero, Ciudad de México. Fundó y dirigió el Instituto para la Seguridad y la Democracia -Insyde- (2003-2016). Ashoka Fellow. (Leer más)
Presidente, le propongo otra vía
Nadie tiene una respuesta clara respecto a las tensiones entre la vía civil y la vía militar de la seguridad, pero si tenemos un buen saldo de información que, por un lado, muestra la crisis de las instituciones policiales y, por el otro, confirma el conflicto creciente de las fuerzas armadas con los derechos humanos cuando realizan tareas policiales.
Por Ernesto López Portillo
10 de diciembre, 2018
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De políticas de seguridad de corto plazo está construido el panteón en el que se ha convertido México. Basta ya.

Presidente Andrés Manuel López Obrador, el 1º de diciembre dijo usted lo siguiente ante el Congreso de la Unión: “El Ejército y la Marina pueden ser, previa preparación y capacitación para el respeto irrestricto a los derechos humanos y mediante la aplicación de protocolos para el uso de la fuerza, las instituciones fundamentales para garantizar la seguridad nacional, la seguridad interior y la seguridad pública”. Asumo entonces que usted ha reconocido que la seguridad en México solo será construida por la vía militar y también asumiré que cree usted en la garantía de los derechos humanos. Desde ahí parto.

En el mismo discurso afirmó que la ciudadanía está indefensa porque la policía no funciona para protegerla. En la inmensa mayoría del país es así. Estoy por cumplir 30 años documentándolo. He promovido la profesionalización y la dignificación policial por décadas casi siempre sin éxito, precisamente por la barrera de resistencia del poder civil representado en todos los partidos. Es de tal tamaño la resistencia a la mejora policial que ni siquiera hemos logrado tener una ley federal de uso de la fuerza, habiendo la ONU emitido desde los noventa los principios universales que orientan hacia la mejor regulación posible del más delicado y peligroso de todos los poderes del Estado.

Justo fue en los noventa cuando comencé a viajar por el mundo para ver en la calle cómo funcionan las mejores y las peores instituciones policiales. Sigo haciéndolo. Es una especie de obsesión personal y conozco desde las condiciones más precarias del quehacer policial, por ejemplo en la montaña de Guerrero, hasta las más sofisticadas, cual es el caso de Holanda.

Gobierna usted un país que destruyó a la policía desde la autoridad política y desde la sociedad misma. La prestigiada investigadora María Eugenia Suárez lo dice bien: abandono institucional y aislamiento social, es la condición de la gran mayoría de la policía en México.

Pero nunca he visto en mis visitas a cuatro continentes que alguien decida entregar el mando operativo de la policía a las fuerzas armadas, esperando que por esa vía mejore el quehacer policial. Jamás. Lo que sí he atestiguado es una tensión compleja y permanente entre la policía y el ejército derivada de las diferencias entre sus misiones, diseños, técnicas y prácticas, a veces agudizada cuando deben coordinar operaciones en escenarios extraordinarios, por ejemplo, frente al terrorismo.

Nadie tiene, en especial en América Latina, una respuesta clara respecto a las tensiones entre la vía civil y la vía militar de la seguridad; pero si tenemos un buen saldo de información que, por un lado, muestra la crisis de las instituciones policiales y, por el otro, confirma el conflicto creciente de las fuerzas armadas con los derechos humanos cuando realizan tareas policiales.

Presidente, el dilema que usted enfrenta para encontrar la manera de proteger a la ciudadanía es brutal y complejo: vía civil o vía militar.

Percibo que es el valor de la disciplina lo que ha inclinado su decisión hacia la segunda opción. No voy a discutir aquí a profundidad el error que supone depositar la confianza en la disciplina para cumplir cualquier mandato institucional. Solo anotaré que en una democracia ni las fuerzas armadas ni institución civil alguna cumple cabalmente su misión sin sistemas sofisticados de control internos y externos. Hay montones de evidencia al respecto. Si usted cree que sus órdenes serán cumplidas como espera montando toda su expectativa en asegurar la disciplina a través de la cadena de mando, está cometiendo un error mayor.

De hecho, justamente la opacidad en la operación de la cadena de mando y la falta de rendición de cuentas respecto a ella parece explicar en buena medida el extendido conflicto entre las instituciones policiales y militares y los derechos humanos, conflicto que ha sido ampliamente documentado, por ejemplo en el reciente informe dado a conocer denominado Huellas Imborrables: Desapariciones, Torturas y Asesinatos por Instituciones de Seguridad en México (2006-2017).

Entonces su dilema es aún peor porque ni los civiles ni los militares le garantizan un desempeño al margen de las violaciones graves a los derechos humanos.

Y déjeme agregar algo más. El país tampoco ha hecho lo necesario para construir una política de Estado que haga lo que se recomienda en el mundo sin discusión alguna: anteponer la prevención de la violencia y la delincuencia sobre las medidas de control.

Es cierto, usted confirma un compromiso de fondo con la reconstrucción del tejido social, buscando parar la fábrica de marginación masiva en la que se ha convertido el país. Incluir en el desarrollo a las poblaciones más marginadas es acaso el sino de su gobierno. Pero no hay en sus palabras una narrativa siquiera mínima que se asome a las metodologías que conectan tal propósito con una política de Estado de prevención de la violencia y la delincuencia.

Entonces no se trata solo de decidir por la vía civil o militar de uso de la fuerza legítima para contener la violencia y el delito, sino de construir una política de Estado de prevención. Es más difícil aún el desafío.

Reitero, decido asumir que usted quiere liderar la construcción de un país seguro y eso no solo incluye reducir el temor, los riesgos y los daños para la población; también implica frenar la crisis crónica y masiva de violaciones graves a los derechos humanos. Es decir, quiero creer que usted no opta por la seguridad o los derechos humanos, sino por la seguridad con derechos humanos.

Si le han dicho que no hay policía profesional alguna en México, le han mentido; si le han dicho que no hay experiencia exitosa o prometedora en prevención, le han mentido; si le han dicho que no hay liderazgos políticos, sociales y técnicos con experiencia en el cambio hacia el camino correcto, le han mentido. Toca a usted, creo, mapear lo que hay a favor del cambio deseado, justo como se hace, por cierto, en un diagnóstico profundo y moderno para la prevención: se investiga todo lo que hay en el terreno disponible para construir la seguridad.

Y si le han dicho que las fuerzas armadas no tienen problemas severos en su desempeño en tareas de seguridad pública, pues también le han mentido. Las evidencias de lo contrario están a la mano, en algunos casos con documentación histórica de desvíos mayores.

Desde hace más de 15 años concluí, tal vez como usted lo hace ahora, que la autoridad política en México en general no tiene la voluntad para refundar a la policía y ponerla al servicio de la gente; pensé entonces –como pienso ahora- en el extraordinario valor estratégico de un contrapeso internacional de largo plazo y por eso publiqué desde el 2002 una propuesta de asistencia multilateral para la reforma policial aquí.

Señor Presidente, tiene en sus manos la posibilidad de reescribir la historia en materia de seguridad. Ahora es cuando, dado el capital social y político que ahora representa la institución a su cargo.

Le sugiero por tanto otra vía: instale la comisión presidencial para la reforma democrática de la seguridad en México, encargada de cumplir los siguientes mandatos:

  1. Diseñar un mecanismo de despliegue militar intensivo en las zonas de mayor violencia, bajo el modelo de la ONU de controles múltiples del uso de la fuerza antes, durante y después de las operaciones.
  2. Diseñar el plan de reforma policial que incluya la reconstrucción del Sistema Nacional de Seguridad Pública en un Sistema Nacional de Evaluación y Certificación de los Servicios de la Seguridad Pública, de manera que todas las instituciones policiales funcionen bajo estándares evaluados por un órgano técnico de Estado y con participación ciudadana, o sean desactivadas.
  3. Revisar y relanzar el programa nacional de prevención del delito, colocándolo en el centro de la política de Estado. Tiene muchas mejores necesarias y extraordinarias oportunidades claras.
  4. Integrar a la comisión presidencial, en colaboración con la ONU, una representación multinacional permanente de expertas y expertos con experiencia en escenarios de conflicto y reforma en el sector de la seguridad. Dijo usted el 8 de mayo pasado que no se oponía a la presencia internacional en México; “el que nada debe, nada teme”, repitió. Hay experiencia bien documentada de mejoras profundas que le deben mucho al acompañamiento internacional (pregunte en Europa del Este, por ejemplo).

Usted quiere pasar la historia como un buen Presidente, declaró el día que triunfó. Lo celebro. En seguridad, para lograrlo, más que un tablero de control diario que ya está construyendo y que tal vez le permite imponer la autoridad del Estado para la contención temporal de la violencia en algunos lugares, en realidad lo que necesita es un tablero de control de una reforma de Estado en seguridad.

La seguridad y la paz sostenidos no llegarán con el puño militar sino con el liderazgo civil. No son la SEDENA y la SEMAR las instituciones fundamentales para la seguridad nacional, la seguridad interior y la seguridad pública, como usted afirmó. Son instituciones fundamentales, pero para auxiliar en la salida de la crisis, estrictamente sometidas al liderazgo civil.

Si le han dicho, por cierto, que las operaciones militares funcionan bajo el control civil por el solo hecho de que están bajo su autoridad, también le han mentido. Cada militar que opera en la calle en tareas policiales ejerce el uso de la fuerza dentro de márgenes de autonomía operativa que la o lo colocan lejos, muy lejos de donde está el Presidente. No se engañe. Hay abundante conocimiento empírico sistematizado al respecto.

Tiene el capital social y político para liderar la refundación de la política de seguridad en México. No lo haga por la vía militar, hágalo por la vía civil y con la asistencia técnica del mundo. No llegará la seguridad por la vía militar. Tal vez se logran resultados efímeros de contención, pero el costo será altísimo. Tampoco habrán los incentivos adecuados para construir lo que se ha denominado el gobierno civil de la seguridad si se le entrega la carga de la solución a los militares.

Hay experiencia internacional documentada y exitosa detrás de mi propuesta. Aquí le dejo esta otra vía.

De políticas de seguridad de corto plazo está construido el panteón en el que se ha convertido México. Basta ya.

 

@ErnestoLPV

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