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Por Ernesto López Portillo
Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana. Fundó y dirigi... Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana. Fundó y dirigió el Instituto para la Seguridad y la Democracia -Insyde- (2003-2016). Ashoka Fellow.+Derechos+Seguridad+Derechos. (Leer más)
Seguridad: saber, saber comunicar y saber convencer
Nunca se había construido tanta evidencia y tal vez nunca se le había marginado tanto de la deliberación pública y de las políticas públicas.
Por Ernesto López Portillo
13 de enero, 2020
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¿Usted es de las personas que pone más atención a un problema cuando le ofrecen un diagnóstico numérico o cuando escucha una expresión emotiva sobre el mismo? Por ejemplo, le impacta más si le cuentan que la tasa de homicidios en tal o cual municipio se multiplicó por tres, o más bien si algún habitante del mismo le platica que ahora asiste más a velorios que a fiestas durante los fines de semana.

Sobre las diferentes maneras de pensar hay vasta teoría desde múltiples disciplinas científicas. En un manual de prevención del delito, el prestigiado criminólogo Lawrence W. Sherman se acerca a esto preguntándose cómo surgen las buenas ideas: “Hay quienes sostienen que las buenas ideas provienen de la inspiración, o incluso de la intuición, mientras que otros creen que surgen de un análisis sistemático. Según el premio nobel Daniel Kahneman (2011), ambas opiniones son correctas. La gente piensa de las dos maneras, a menudo al mismo tiempo. Una de estas formas de pensar es rápida y la otra lenta, y están controladas por partes distintas del cerebro: lo que los psicólogos llaman ‘sistema I’ y ‘sistema II’. El sistema I es automático y simple; no se tiene la sensación de estar controlando el proceso de pensamiento. El sistema II es complejo y metódico; requiere concentración y, muchas veces, cálculos. Cuando nos enamoramos, usamos el sistema I; si queremos construir una catedral, usamos el sistema II. Pero el amor también puede inspirar buenas ideas para construir una catedral”.

He dedicado toda mi carrera a trabajar con la evidencia; el protocolo citado explica que la evidencia son “los datos obtenidos mediante métodos científicos para observar y pronosticar cualquier tipo de verdad, lo que incluye hechos sobre salud, educación, delincuencia y justicia”. Uno de los más lejanos recuerdos de mi educación básica es, precisamente, el estudio del método científico hasta la saciedad. Eso fue la base de mi manera de entender el mundo, así que cuando comencé hace varios años a darme cuenta de que mucha gente se puede convencer de algo sin necesidad de evidencia alguna, primero me confundí y luego decidí tratar de entender cómo sucede esto.

Ni de lejos puedo decir que entiendo bien qué implica cuando alguien convence a una o a muchas personas, pero hay algo que me queda muy claro: desde el lente de la seguridad ciudadana, al menos en México, la propuesta de entender el mundo a través de la evidencia parece más limitada que nunca. Vaya paradoja: nunca se había construido tanta evidencia y tal vez nunca se le había marginado tanto de la deliberación pública y de las políticas públicas. ¿Por qué?

Hace varias décadas el conocimiento especializado distinguió la seguridad objetiva -riesgos y daños- y la seguridad subjetiva -percepción de riesgos y daños -. Se ha confirmado una y mil veces que una y la otra pueden o no tener algo que ver; un colega altamente especializado en la teoría y en el ejercicio de gobierno en el sector de la seguridad en Cataluña, España, me comentó hace poco que la dimensión subjetiva requiere ya ser incluso antepuesta respecto a la objetiva, para entender e intervenir mejor el fenómeno. Tal vez, pero, en todo caso, lo que tiene mucho tiempo confirmado es que sentirse segura o seguro puede no tener nada que ver con estarlo.

Miremos ahora esto desde la visión de un afamado lingüista y científico cognitivo, George LaKoff, quien afirma que la ciencia cognitiva ha demostrado que no es cierto que las personas en principio son seres racionales y que siendo informadas de los hechos elaborarán las conclusiones correctas. Y agrega: “Aunque nos presenten datos, para cobrar sentido tendrán que encajar con lo que ya existe en la sinapsis del cerebro. De lo contrario, los hechos entran por un lado y salen por el otro” (No pienses en un elefante, 2017). El mismo autor lleva esto al ámbito político y asevera que, en la competencia por el poder, ganan quienes entienden “cómo piensa y habla la gente”.

Llegamos así al territorio de la comunicación política, donde tal vez todo lo que antes apunté es en extremo obvio para quienes estudian y construyen la comunicación a cielo abierto desde distintas disciplinas científicas y echando mano de sofisticadas herramientas técnicas. Pero ciertamente no lo es en el mundo donde el método científico, la evidencia y la comprobación están en el centro de lo que se entiende como una política pública moderna.

Apenas hace unos días miré un documental donde alguien midió que el presidente Donald Trump miente en promedio veinticinco veces al día, lo cual, según un sector de especialistas tiene el efecto de hacer parecer verdad lo que no es, mientras que otro afirma que las mentiras acumuladas vienen erosionando el apoyo electoral al personaje.

La enorme frustración entre quienes proponen mejoras a las políticas de seguridad ciudadana con base en la evidencia -y en tantas otras funciones públicas, por cierto- debe ser llevada al análisis y la comprensión de todo esto. No es lo mismo saber, saber comunicar y saber convencer.

@ErnestoLPV

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